Presencia simplemente
José
Luis Estrada Betancourt
Pasarán y pasarán
los años, y Adela Legrá, una de las actrices
fetiches del gran Humberto Solás, no podrá olvidar
la tarde en que, cuando se rodaba la última de las
tres historias de un clásico como Lucía
(1968), ella lo «aborreció» por el aparente
descuido del cineasta, sin siquiera imaginar que la imagen
que se tomaría en aquel instante se convertiría
en una de las más queridas y admiradas de la cinematografía
iberoamericana.
«Humberto quería que yo corriera
para que estuviese agitada, recuerda Adela (...) Me quité
los zapatos y comencé a correr y a correr, entre tantos
caracoles y cosas que había en la salina de Nuevitas
(...) La suerte es que el compañero de iluminación
me seguía en un jeep, pues me desmayé.
Caí con los pies en la tierra y la cabeza para el agua.
Me mojé toda. Me secaron el pelo con una toalla y me
pusieron una toalla y un sombrero para protegerme del sol.
Cuando llegué a donde estaba Humberto, a él
le fascino mi apariencia, y dijo que ya no había tiempo
para maquillarme, y que tenía que rodar como yo estaba.
Y de ahí es de donde viene la famosa mirada que yo
le doy a Humberto, porque debo decir que no era para el actor,
sino para el director, a quien me quería comer vivo».
Así de perfeccionista,
minucioso y observador era Humberto Solás. No por casualidad
su reciente pérdida física ha asestado un golpe
contundente al cine nacional y de habla hispana, que tenían
en él a uno de sus grandes maestros.
No es difícil cerrar
los ojos y volver a encontrarse con una inmensa actriz, Raquel
Revuelta, lastimera, destruida, vestida todo de negro que,
abandonada por el apuesto español, solo pide una gardenia.
Todavía duelen y aprietan la garganta esos fotogramas
verdaderamente conmovedores; con total seguridad, los más
entrañables y románticos que se hayan podido
realizar, inspirados en la mujer cubana, en su azaroso camino
hacia la plena emancipación, dentro de nuestro cine.
Y es que en esos primeros tiempos, Humberto
se propuso cuestionar «una moral que sobrevive en amplios
estratos de la población y que la realidad revolucionaria
impugna. Esta idea se desarrolla a lo largo del filme (Lucía),
aunque este se ocupe, en términos narrativos, de hechos
que ocurran en cierta medida durante el pasado».
Con Manuela, donde lleva a cabo una
aproximación documental de la realidad que entonces
vivía la Isla, pero, sobre todo a partir de Lucía,
película mágica, fundacional, Humberto hace
de la temática femenina una constante en su obra. Él
nos presenta lo mismo en Amada que en Cecilia,
mujeres muy cercanas, conocidas, y quizás por ello,
universales; mujeres que se proponen ser independientes, libres,
que desean amar y ser amadas.
«Las mujeres solasianas —apuntaba
en un artículo el reconocido crítico Joel del
Río— tratan de abrirse camino, y ensanchar las
veredas y la perspectiva de «sus» hombres, haciendo
posible el preclaro ejercicio de amar y ser amadas. Pero el
huracán de los tiempos, las veleidades de la historia,
tronchan, devastan, y las empujan a la locura y la venganza,
la desilusión y el desamparo, al ruego y la lágrima
que imploran un futuro menos árido. Porque aunque se
revisen, evalúen y compendien desmanes pretéritos,
se logra aprehender la inmanencia, la sustancia común
pero inasible que distingue el alma de los pobladores del
archipiélago cubano, particularmente de sus mujeres,
atrapadas en inacabable ciclo de oscuridades, frustraciones
e intolerancias, porque incluso la desolación y la
desesperanza pueden ser inspiradoras, tal vez más inspiradoras
que los momentos de calma y equilibrio».
Lo demuestran Amada y la polémica
e irreverente Cecilia, filme que el también
director de Minerva frente al mar consideraba como
su mejor película. «Es la más estudiada
y la que fue hecha con más rigor. Cecilia
significó replantear la libertad del creador. Fue un
ejercicio de libertad para mí», aseguró
alguna vez, mientras Amada, inspirada en La Esfinge,
de Miguel de Carrión, es una historia de amor, fundamentalmente.
A través de ella intentamos dar la temperatura de una
época de frustración, un momento en que las
fuerzas populares no se han recuperado con la envergadura
de los años 20, luego de una guerra de independencia
que la intervención norteamericana mediatiza (...)
Esta experiencia ha sido muy reveladora: nunca antes había
hecho una película tan sencilla, con tal posibilidad
de sosiego en pleno trabajo creador».
No pocas veces se asoma la ironía cuando
algunos hacen notar la aparente contradicción del artista
al decidirse a defender la existencia de un cine pobre, cuando
él mismo dirigió, quizá, las producciones
más costosas que en su momento se filmaron en la Isla,
como fueron el caso de la propia Cecilia y de El
siglo de las luces. Jamás entendieron que la suya
no era una batalla caprichosa en contra de aquellas películas
que gozan del privilegio de tener a su alcance abundancia
de dinero, pero que terminan siendo productos chatos, vacíos,
fácilmente olvidables. Al erigirse como abanderado
del cine pobre y de su festival, Humberto solo proclamaba
y exigía el derecho que le asiste a cualquier cineasta
de «bolsillos rotos», pero de arte puro en las
arterias, de hacerse visible a través de una obra de
alta calidad estética, capaz de comunicarse con cualquier
tipo de público.
«Somos cineastas pobres, excluidos de
las redes de mercadeo, así que necesitamos cohesionarnos,
organizarnos, ayudarnos entre todos».
«Mi cuota de inmodestia se muestra como
cineasta. Mi temblor de piernas aparece cuando estreno una
película, pues no sé si he cometido un error,
y mi vanidad me exige reconocimiento. Pero en esto las piernas
no me tiemblan. Estoy muy contento, porque en este tiempo
hemos recogido el legado de un cine alternativo que se rodaba
en Cuba desde finales de los 70, la experiencia del grupo
Dogma y de algunos cineastas del mundo entero. Toda esa inventiva
que han tenido los demás la hemos convertido en legado,
en patrimonio del Festival Internacional de Cine Pobre de
Gibara, que no inventa nada, sino que intenta cohesionar fuerzas
de todas las personas que quieren, a través del audiovisual,
dejar una obra del más alto nivel estético».
Los detractores tampoco comprendieron que
Humberto era un hombre de cine, de esos que en cada película
se le iba la vida; de esos que están conscientes de
que sus contemporáneos nunca le perdonarían
el retiro, el silencio. Por ello se convirtió en el
pionero en Cuba en el empleo óptimo de la tecnología
digital, cuando en el año 2001 filmara su Miel
para Oshún, la cual daría luego paso, en
2005, justo el año en que fuera reconocido con el Premio
Nacional de Cine, a la inspirada Barrio Cuba.
«Con Miel para Oshún
quise regresar de cierto modo al cine que solía hacer
en la década del 60, cuyos dos títulos más
emblemáticos son Manuela y Lucía,
dos películas que realicé prácticamente
cámara en mano, utilizando el guión como una
pauta que después se consolida desde el punto de vista
literario y conceptual durante la puesta en escena. Se ha
divulgado mucho que soy un cineasta perfeccionista en la reconstrucción
epocal, que sobrestimo el valor de los encuadres y doy énfasis
a la dirección artística de un proyecto. Este
caso es bien diferente en el sentido conceptual y pretende,
sencillamente, dar fe de los últimos años de
nuestra vida nacional».
«El hombre tiene que adaptarse a sus
circunstancias y extraer de ellas la máxima posibilidad
creativa», explicó en una ocasión, al
ser interrogando sobre todo este asunto, y, sin embargo, sus
palabras no denotaron la resignación del hombre vencido,
porque Solás supo ser siempre un creador coherente,
fiel a sus principios y su estética. Si en la recordada
Manuela, en Lucía o en Un día
de noviembre nos reflejaba con autenticidad nuestra idiosincrasia,
si ellas nos conducían hacia un largo viaje desde el
ayer hasta el hoy de los hijos de esta tierra, no hacían
menos Amada y Un hombre de éxito,
ni tampoco Miel para Oshún y Barrio Cuba.
Humberto fue todo un maestro en captar el espíritu
de una época y un cazador perenne de la belleza. Creador
de pies a cabeza, Solás, el poeta del cine cubano,
no dejó de ser jamás un artista absoluto: inquietante,
arriesgado, sincero.
Tranquiliza saber que Gibara, la Villa Blanca,
con la llegada del mes de la primavera el próximo año,
volverá a transformarse en la meca de un cine de escasos
recursos financieros, pero abundante, millonario, en su propuesta
estética y ética. Allí estará
Humberto, como ahora se paseará por Cienfuegos atento
a todo, celoso velador de su legado.
La Perla del Sur abre su bahía y ofrece
su malecón, por vez primera, para que tenga lugar la
1ra Muestra Temática del Cine Pobre de Humberto Solás,
en que se dedicará un gran panel a valorar la importante
presencia de la mujer en las películas de Solás;
continuación de otras de esas «quimeras»
que el realizador supo pensar con esa inmensa visión
de futuro que siempre lo distinguió.
Y aquí estamos, conscientes de que
abandonar sus proyectos sería como traicionarlo a él
y a su magnífica obra; ingratitud que resultaría,
a la larga, inevitablemente perjudicial para la cultura cubana.
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