Tomado de la Revista Digital Esquife
El Festival Internacional del Cine Pobre, cuya edición de 2004 tuvo
lugar del 23 al 27 de Junio en su sede original de Gibara, una hermosa región
de la costa norte de Cuba, fue una experiencia excepcional para todos los que
en ella participamos.
Y pecaríamos de reduccionistas si nos extendiéramos solamente
en dar cuenta de aquellos rasgos que dotan al evento, conducido por el cineasta
cubano Humberto Solás, de un valor transformador para enfrentar el estancamiento
del cine de la actualidad. Porque, además de impactarnos con su intención
de promover un cine de bajos recursos más rico en alcance estético
y diversidad, asistimos, sobre todo, a una cruzada por las utopías posibles
del intercambio profesional con ribetes humanos, de la fraternidad entre las
culturas, y del arte como recurso, todavía.
DÍA 22: EL DÍA DEL AGUA
Antes
de partir, hubimos de esperar tres horas desde la señalada. No sé
si por culpa de esa lasitud que ya es rasgo inmovible de la identidad criolla,
tan desesperante para ciertos temperamentos ingleses como el mío. O tal
vez estaba previsto así por los organizadores del Festival y la hora
temprana de citación era solo una estratagema para agitar a los perezosos.
Lo cierto es que salimos cuando se acercaba peligrosamente el tenaz mediodía.
Dos guaguas confortables, con aire acondicionado, debían aligerarnos
el largo recorrido hacia el Oriente. El chofer de la que elegí dio un
sinfín de recomendaciones para que le cuidáramos "su ómnibus".
Mas las dificultades que pronto empezamos a afrontar no llegarían por
causa de los ocupantes. "Desperfectos en el radiador", anunció
el piloto, y el viaje por carretera se tornó gangoso, infinito, por las
tantas paradas que haríamos para saciar la sed del motor.
Bien enterados de la sequía terrible que padece Holguín, la peripecia
podía parecernos un anuncio agorero. Por suerte, el líquido no
faltó también a los humanos porque se nos había pertrechado
con suficientes botellas de agua y refresco. Cayendo la tarde, y a la altura
de Camagüey, un amago de aguacero nos pasó por encima y siguió
de largo. ¿Seremos los mensajeros del agua? En aquel momento, la esperanza
de ser portadores de la bienaventuranza nos alivió el desamparo del trayecto
interminable.
Finalmente, tras trece horas de viaje (tres más de las necesarias),
avanzada ya la madrugada, llegamos a nuestro destino en el Hotel Pernik, de
la capital provincial. Engullimos fría la cena que nos habían
guardado, y con ella alcanzamos fuerzas para el registro en carpeta y subir
a las habitaciones donde desharíamos el estropicio.
DÍA 23: FUEGO SOBRE GIBARA
Ardía
yo, a la mañana siguiente, por los deseos de volver a Gibara. Siete años
habían transcurrido desde que visité, por primera y única
vez, ese pueblito de la costa norte, hermoso sobremanera, por su entorno: la
bahía, las playas, la vegetación, y por la calidez de su gente,
con su prístina inocencia y su sabiduría antigua. Era aquel el
teatro de mis sueños, y allí estaría de vuelta. De nuevo
a bordo de un ómnibus, recuperé el paisaje de mis recuerdos. Un
tanto lastimado ahora: la hierba escasa y amarilla, las reses pastando en cuartones
de hambre, el sol hiriendo y sin dejarse abrir para una tromba que remojara
la lengua cuarteada de la tierra.
Ya en la Villa Blanca de los Cangrejos, como la hacen llamar sus habitantes,
comprobé lo que sabía de oídas sobre la significación
del Festival de Cine Pobre para los pobladores. Descubierta su faz al mundo
cuando Humberto Solás filmó allá, en 1968, uno de los cuentos
de Lucía ; rescatada por el mismo director con Miel para Oshún
(2001); definitivamente abierta para los zapatos de pies universales tras la
primera edición del Festival de Cine Pobre, en 2003; Gibara suma a su
generosidad habitual un agradecimiento, rayano en la desmesura, a Solás
y a la tropa excéntrica, de gente de cine, que lo acompaña en
su misión. Ella misma, convertida en cinéfila de primer orden,
se entrega toda, venerando al cineasta devenido en benefactor de la comunidad
(que el cine Jiba posea un proyector de los más avanzados en Cuba es
uno de los muchos gestos que lo demuestran).
Paramos en la Casa de la Cultura, sede principal de este evento, porque acogería
las conferencias y seminarios, plato fuerte en esta ocasión que hacía
énfasis en la búsqueda de propuestas concretas para diseminar
el tipo de cine alternativo, de bajos recursos, artísticamente rico,
que Solás defiende bajo el nombre paradójico de Cine Pobre.
Se nos dan todas las horas de luz para compenetrarnos con el lugar y sus costumbres,
hasta las 9 p.m. en que se realizará la inauguración oficial.
La garganta seca nos conmina a algunos a probar la cerveza dispensada. En la
puerta del establecimiento, como para demostrar, definitivamente, que durante
estas jornadas el Festival y Gibara son uno solo, han colocado un cartel promocional
del encuentro.
Cuando el sol se retiró a dormir sobre el horizonte salado de la Villa
llegó el jolgorio. Hierven las calles con el paso rítmico de los
lugareños, el pueblo entero corre a desbordar su sala de cine. Allí
Solás dará la bienvenida al evento y a sus invitados (entre ellos
actores muy admirados como Coralia Veloz o Jorge Perugorría, que los
gibareños disfrutarán la oportunidad de tener delante de sí).
Luego se exhibe Tres veces dos, película cuyos presupuestos de realización
coinciden con lo que alienta el Festival, debida al talento de tres jóvenes
cineastas (uno de los cuales, Lester Hamlet, hace allí su presencia,
voluminosa y simpática). Detrás, Carlos Varela, otro convidado
de lujo, pulsará los acordes de su guitarra junto al parque del Faro,
asistido en los coros por los eufóricos jóvenes de la Villa: "No
tengo a Supermán, tengo a Elpidio Valdés".
Creímos que hasta ahí llegarían las sorpresas cuando,
de súbito, todo el cielo de Gibara se enciende, se desparrama en mil
estrellas. Mas esos fuegos de artificio, donde nos explotan de verdad es por
dentro: nos queman el alma, nos cuecen en la dulce sazón, con aroma a
mariscos, del placer y la alegría.
DÍA 24: LUCÍA Y EL VIENTO
No
dejarse llevar por los ciclones con nombres promisorios de Hollywood: éxito,
fama, fortuna, "desactivar la tristeza y la indefensión" valiéndose
de esa misma tecnología de punta que pudo hundirnos quizás. Con
pocos recursos y una cámara digital aspirar a decir lo nuestro para salvar
a las culturas del Sur de los vientos del olvido. Propugnar una "nostalgia
activa" de esos tiempos gloriosos del cine cubano en los 60. Crear una
red mundial de cooperación entre todos aquellos que apuestan por la diferencia
y el renacimiento del arte en tiempos de banalización y uniformidad.
"Cine pobre no está inventando nada, queremos recoger el legado
de los que antes se esforzaron como nosotros en tiempos difíciles. El
Festival solo aspira a ser vehículo de comunicación", son
estas las proclamas de Humberto Solás en la mesa que abre el día.
Jorge Perugorría, "Pichy", habla de su experiencia junto a
Arturo Soto (Pon tu pensamiento en mí) en la realización del documental
Habana Abierta. A su lado está Kelvis Ochoa, uno de los músicos
de ese proyecto trascendente que ha agrupado a una generación de talentos
cubanos dispersos más allá de las fronteras del archipiélago.
"Hay que cargarse a la industria; aprovechar a Internet, convertirte en
la propia disquera y la propia distribuidora", dice el cantante asumiendo
en la música una situación análoga a la del cine actual.
Lester Hamlet introduce una bella idea: "proyectos de alma", al hablar
de su película, donde el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos
(ICAIC) apoyó en el financiamiento, pero una parte importante de los
gastos salió de los bolsillos de los propios miembros del equipo de realización.
Amalgamar las distintas manifestaciones artísticas, recuperar el aliento
de los primeros años del ICAIC en que el cine funcionó como un
gran gestor cultural. Se insuflaba aire a la esperanza, revoloteaban anhelos
en las ramas, más también se estaban desplegando en la tierra
las raíces nutricias de un movimiento.
A la tarde se daría un recorrido por distintos CDR (Comités de
Defensa de la Revolución) de la comunidad. Tal vez "insólito",
pero no hay un adjetivo justo que alcance para explicar lo que sentimos en esa
vasta marcha de casi cuatro horas. En todos lados nos recibían con mesas
servidas (las jaibitas rellenas, plato típico, bastarían para
seducirnos), arranques de humor, coreografías infantiles, guitarras,
y el orgulloso himno de Gibara. Nada de aquello fue formalismo, ni impostura:
de alguna manera, para mí misteriosa, la cálida corriente de aquella
gente nos atravesaba las vestiduras y no podía escapársenos ya.
Y entonces, el milagro mayor, la niña convertida en mujer madura, el
rostro que el tiempo y la brisa salitrosa transformó sin deformar la
memoria: Delante de una de las moradas humildes está la misma chica que
posó, más de treinta años atrás, para una de las
historias de Lucía. Humberto la abraza, accionamos las cámaras,
todos queremos retratarnos junto a ella y acepta condescendiente: con la misma
arraigada paciencia con que nunca dejaría que el viento se la llevara
de Gibara.
DÍA 25: TIERRA Y SANGRE
"Vocación de mártir", "voluntad perversa",
define líricamente el colombiano Ihosvani Quintero la obstinación
sin límites de ese cineasta en germen, que quiere brotar por todas partes,
en medio de la aridez contemporánea, para expresar su savia interior
o contar los anillos verdaderos de la realidad que le circunda.
"Cuando vine al Festival, me di cuenta que Cine Pobre es lo que hacíamos
en Irán", asegura Mahmoud Reza Sani, quien ganó el concurso
de documentales en la I edición, y con el premio en metálico pudo
quedarse en la isla para filmar Che, el dulce sueño de la caña,
que presentaría en esta ocasión. Carlos Barba, un jovencito de
Santiago de Cuba, hizo "cine pobrísimo" (con un equipo de solo
dos personas: el fotógrafo y él) en Ecos para un final, mención
del año pasado, y el Festival le facilit&oacuTe; los recursos para concluir
su secunda obra: Memorias de Lucía, que veríamos por esos días.
"Cuba puede llegar a ser un paradigma para América Latina de las
producciones elaboradas desde los presupuestos del cine pobre", afirmó
Humberto Solás, otorgándole tierra de asiento y promisión
a un proyecto añorado por muchos.
En la tarde, Yves Billon, representante de Francia, justificaría por
qué se le concedió a la opulenta nación europea el título
de invitado de honor: "Hay un Tercer Mundo dentro del Primer Mundo. El
dinero del Occidente rico no es para los pobres artistas" . En nombre de
Films du Village, narró la evolución de esa empresa independiente,
empeñada en hacer y distribuir un cine que refleje las angustias del
Sur del planeta, desangrado por guerras y penurias que son herencia de su pasado
colonial. Con los pobres de toda la tierra debe alinearse el cine, fue como
traduje su reclamo.
Si el via crucis del cineasta de hoy inició la jornada, también,
casualmente, la culminó, amparado en la metáfora del calvario
de Jesús de Nazareth. A la noche pudo contemplarse El evangelio según
San Mateo del italiano Pier Paolo Passolini, también mártir --y
hereje-- del cine.
DÍA 26: SOL DEL MUNDO MORAL
Brillar
por su calidad, por su imaginación y solidez estética en contrapunto
a la frivolidad imperante, a la repetición de fórmulas comerciales,
así tiene que ser la obra cinematográfica que hoy se defienda,
según demandó en su conferencia el presidente del ICAIC, Omar
González. Y sin olvidar que la innovación tecnológica no
garantiza la posteridad, si no --otra vez, y desde siempre-- el hombre que la
conduce, su ligazón a lo social y lo ético.
Omar González se refirió a las tres catástrofes que ensombrecieron
la producción cinematográfica de la isla: el derrumbe del campo
socialista europeo, el endurecimiento del bloqueo norteamericano y el recambio
tecnológico para el cual no se estaba preparado. Una verdadera "alfabetización
digital" ha tenido que producirse dentro del ICAIC para afrontar este momento
actual, y una aceptación institucional de la pujanza de una nueva generación
de realizadores, que se concreta en proyectos como Tres veces dos y otros en
camino.
Gente de pueblo, el más reciente filme de Humberto Solás, todavía
pendiente de la postproducción, es un buen ejemplo de este "cine
pobre". Varios de los actores que participaron en la película, su
director y Rafael Solís, el responsable de la fotografía, adelantaron
detalles de una producción que se exhibirá en el marco del II
Festival Internacional, convocado para abril del año próximo.
Humberto quisiera --es su aspiración-- que al menos tres películas
cubanas, hechas bajo los presupuestos del movimiento, se estrenaran cada año
en el evento; y, además, que el cine nuestro se convierta en un fenómeno
territorial, que de cada región del país salgan sus propias películas,
reflejando sus realidades particulares.
Si el sol rotundo de Gibara no cesaba de mostrarnos su cara de muerte: el calor
que solivianta, el rayo de plomo hirviente que enferma a personas, plantas y
animales; tampoco se olvidó de compensarnos con su faz risueña:
ampliaba la luz para descubrir los caminos futuros, prendía la chispa
de la inteligencia, nos iluminaba en el espíritu la zona de las bondades.
DÍA 27: ALREDEDOR DE...
Lunáticos, tal vez, pretendió llamar a los críticos de
cine Joel del Río --precisamente uno de ellos, que quiso desmarcarse
del resto--, si no se unieran a esta nueva cruzada "romántica".
Como los tuvo, acompañándole, la Nouvelle Vague, el Neorrealismo
o el Nuevo Cine Latinoamericano, así los precisa el Cine Pobre. Sin condescendencias
simplonas a la hora de juzgar sus productos, pero atentos y cercanos, dejando
a un lado elitismos y encandilamientos solo para lo que ponderan los grandes
festivales y las revistas del main stream.
Me llegó el turno de apoyar a mi colega ciento y uno por ciento. Y abundé
con mis vivencias durante la filmación de Gente de Pueblo, en la que
participé con el propósito de dedicarle un reportaje.
Subrayé el aspecto que más me había impresionado de ese
rodaje: el espíritu de camaradería dentro del equipo, el compromiso
de todos con el resultado por encima de egos e intereses de lucro. El artista
contemporáneo padece de una acentuada neurosis por complacer públicos
y mercados, y por los dividendos comerciales del producto, sin reparar en el
goce implícito a la creación misma. La nueva cinta de Humberto
puede llegar a convertirse en el paradigma opuesto, donde el placer de la gestación
pese más que --o tanto como-- la aceptación final del resultado.
Pero, de cualquier manera, predecir un destino favorable para la película
es también un espaldarazo importante para este Cine Pobre.
Otros buenos augurios arribaron a los debates con la presentación de
algunas soluciones concretas. Isabel Viera, de la UNESCO, menciona la convocatoria
de Plataforma Audiovisual, un espacio en Internet, abierto por la prestigiosa
institución internacional, para alojar creaciones y proyectos que pudieran
atraer a productoras y distribuidoras de cine.
Ana Domb, de Costa Rica, describe el panorama azaroso del séptimo arte
en la región centroamericana: sin subsidios estatales, industria o laboratorios,
ni disposiciones legales o cuotas de pantalla; pero un grupo de creadores, varios
de ellos graduados de la Escuela de Cine y TV de San Antonio de los Baños
(en Cuba), han generado un impulso en los últimos cuatro años
que se ha traducido en la realización de catorce largometrajes; algunos
de los cuales lograron incluso a amortizarse en los mercados locales. La muchacha
menciona además a CINERGIA, organización a la cual representa,
que es gestora de un Fondo de Fomento al Audiovisual en Centroamérica
y Cuba para empujar a nuevas realizaciones por la vía de concurso, talleres
de guión y becas formativas. Otra propuesta que trae es CINECA, red en
formación para atraer el intercambio entre creadores del audiovisual
en el área.
Hasta se escuchó la voz de los pueblos indígenas del subcontinente,
en una alianza interesante con el video que explicó el boliviano Abel
Ticona. Para recoger mitos y tradiciones, preservar su historia para las nuevas
generaciones, mostrar su vida al mundo contada por ellos mismos, quechuas y
aymarás han dejado entrar la tecnología digital a sus comunidades,
convirtiéndose ellos mismos en los actores y realizadores. Desde 1996,
surgió un grupo de comunicación que los representa, donde el audiovisual
es entendido como un medio de reconocimiento mutuo entre los pueblos, de autodesarrollo,
y un eficaz instrumento de lucha contra los que pretenden desconocer el derecho
a la supervivencia de esas culturas autóctonas.
Bajo una luna plena, de las que abren raras puertas de la mente y arrancan
aullidos, aclarando con su tinta de leche el cielo nocturno de Gibara, tuvo
lugar la despedida al evento. Se leyó una declaración final donde
los presentes se comprometieron bajo firma a contribuir con la fundación
de una red de intercambio, y se anunció oficialmente la convocatoria
para la edición de abril del 2005.
Detrás regresó la fiesta: se paseó a ritmo de conga por
las calles del pueblo y el parque fue escenario de otro concierto en el que
Francis (vocal de Interactivo) se unió a músicos de la provincia
holguinera.
De regreso al hotel, los que no aceptábamos que la noche concluyera
nos quedamos junto a la piscina compartiendo bajo el amparo del ron cubano y
las historias personales de cada cual, que nos trasladaban hacia todos los puntos
del planeta. Aunque a la mañana siguiente sería la partida, no
flotaba en el aire el olor acre de las despedidas si no el perfume de los encuentros
definitivos.
A pesar de la trasnochada, confiaba en mi reloj biológico, que ni un
solo día había fallado en desatascarme del sueño a las
siete en punto de la mañana. Pero por esta vez me engañó.
Y cuando bajé al lobby la guagua había arrancado veinte minutos
antes, llevándose consigo a casi todos. Me descorazoné, sobre
todo porque había dejado para el último momento recoger las señas
de los nuevos amigos.
Tras saber que la fortuna deparaba la salida de un ómnibus, rumbo a
La Habana, después del mediodía, me acomodé en un sofá
del vestíbulo a meditar sobre la extraña traición de mi
siempre ajustado organismo. No tuve que pensar mucho: era Gibara y la provincia
de Holguín toda, esta tierra que se ataba alrededor de algún sitio
recóndito de mí, tal vez con dos caras, como la luna.
Ya sobre la guagua --antes no me atreví por superstición-- me
colgué unos collares de semillas y caracoles, con los que un avispado
vendedor ambulante de la Villa había "hecho el pan", como se
dice en buen cubano, con los invitados. Fue mi último homenaje, antes
de decirle un adiós a Gibara y el Festival, emocionado y a medias, confiado
en regresar el próximo año.