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EL NUEVO CINE DURANTE LOS AÑOS 60. ¿PARADIGMA PARA EL CINE POBRE?
 Humberto SolásPrólogo
Los años 60 del pasado siglo significaron un
positivo estallido en los órdenes político,
social, filosófico, cultural, etc., etc.
Fueron los años felices en que andábamos
con nuestro último panfleto de Marcuse, o Mc Luhan bajo el
brazo, ávidos por obtener El Siglo de las Luces de
Carpentier, pavoneándonos entre la Cinemateca, donde veíamos
quizás una selección de filmes recientes de África
o el estreno del último Bergman y de allí
nos íbamos a las exposiciones de arte pop, o quizás
op, en una galería recién inaugurada, terminando el
periplo en un teatro, curiosos por conocer la novedad de un estilo
revulsivo llamado de la Crueldad, o de la mano de Vicente Revuelta,
en una brecthiana puesta en escena del teatro de la razón
y el distanciamiento.
En cuanto al cine nacional, ocurrían hechos
irrepetibles, Nicolás Guillén Landrian inventaba el
documental cubano, bajo la cinematequera influencia de un Flaherty
o de un Murnau y también bajo el hechizo de la obra estática
de Henri Cartier Bresson.
Sara Gómez, por su parte, hacía su trilogía
de la Isla de la Juventud, evidentemente marcada por los aires sociológicos
de un Rouch a ritmo de conga y son, mientras Santiago Álvarez,
con sus obras maestras documentales, se perfilaba como el universal
sustituto de Joris Ivens.
Y que decir de Cortázar, y de José Massip,
por citar solo algunos nombres de un movimiento cinematográfico
que nos sorprendía, años tras años, con obras
extraordinarias en la ficción y en el género documental,
donde un Oscar Valdés, un Manuel Octavio Gómez y un
Tomás Gutiérrez Alea, cada uno a su manera, nos hacían
sentir orgullosos de ser cubanos y cineastas.
Este comentario, plagado de nostalgia, no es más
que el acercamiento imprescindible a una etapa cultural que estaba
liderada en el planeta por Los Beatles, Beuys, Warhol, el free cinema
inglés, la nouvelle vague francesa, entre otros. De manera
que hagamos un intento por explicarnos el por qué de este
auge pleno de la espiritualidad del arte y el por qué también
de su efímera vida, más allá de la casual existencia,
en aquel determinado período, de tanto talento artístico
diseminado por doquier en el planeta.
Este breve período histórico, que generalmente
coincide con el marco político-social de la posguerra, significó
una especie de renacimiento cultural, teniendo sus antecedentes
en los ismos artísticos de las entre-guerras anteriores y
seguramente fue el más alto momento de creatividad durante
todo el pasado siglo XX, con el explosivo renacer teatral, pictórico
y literario que supusieron los happenings, fluxus, el teatro pobre
de Grotoski, el arte minimalista, el body art, el teatro social
comunitario, el accionismo vienés, el minimalismo musical,
los Rolling Stones y todo el abanico de posibilidades del rock,
el arte povera, el conceptualista, etc., etc.
El Cine también se transforma
Ya a finales de la década del 40, es el neorrealismo
italiano quien marcará nuevos derroteros y ello tendrá
onda repercusiones con la policromía de renovación
ocurrida 20 años después y que mucho tuvo que ver
con la descolonización en África, la crisis del neocolonialismo
en Asia y América Latina y el agotamiento de los formularios
estéticos vigentes, tanto en Hollywood como en Europa, en
el período anterior a la guerra mundial.
La aparición de las nuevas cinematografías
en el Tercer Mundo y también de las nuevas corrientes en
las industrias ya establecidas, en Europa y Norteamérica,
no tienen una cronológica homogeneidad, aunque en línea
general se aglutinan entre las postrimerías de la década
del 50 y finales de los años 60, salvo la cinematografía
chilena, que surge en los años 70 y tiene una breve vida
de amparo estatal en el período del gobierno de Salvador
Allende.
En el África negra, lejos de la establecida y comercialísima
cinematografía egipcia, el cine tiene una presencia de envergadura
ya en la década del 60, mas que nada como resultado de los
procesos independentistas que, como en Senegal, posibilita la creación
de la cinematografía nacional y donde aparece una figura
cimera para el audiovisual de la región y del mundo: Sembene
Ousmane.
Por otro lado, en la India, el eminente realizador Sayajil Ray,
se convierte en cabeza de fila de un minúsculo grupo de directores
que pretenden quijotescamente, bajo la influencia del neorrealismo
italiano, desarmar y renovar los repetitivos formularios cinematográficos
de Bombay, Calcuta, Delhi y demás centros de producción
en el país asiático. Acontecimiento que se recicla
a posteriori, ya en los años 60, con la aparición
de los filmes de Mirinal Sen y otro autores de la izquierda intelectual,
quienes patentizan otras preocupaciones, legados y estilos en un
subcontinente dominado audiovisualmente por Bollywood.
América del Sur, por su parte, ostentaba hasta los años
50 del pasado siglo, una vitalísima cinematografía
más que nada en tres países o polos fundamentales.
En Brasil triunfaba la chanchada, tipo de vulgar comedia costumbrista,
sensualoide y saturada sambas. México, por otro lado, tenía
una gran cantidad de títulos que se ocupaban de crear ficciones
alrededor de las rancheras exitosas de turno y en Argentina se imponen
los filmes donde periódicamente se estrenaj tangos amén
de las estereotipadas comedias que hacían furor.
Estas cinematografías tuvieron formidable arraigo
en el público, pero eso sí, al precio de contribuir,
salvo honrosas excepciones, a su lastimosa y precaria existencia
cultural, lo que explica que haya sido sustituida en los años
60 por el ímpetu del Nuevo Cine Latinoamericano, que fue
en su momento capaz de sincronizar a través del Novo Cinema,
el cine cubano, el mexicano y el argentino con los propósitos
de mayor ambición y complejidad cultural que habían
desatado el neorrealismo italiano, así como también
la nouvelle vague.
Y a ello se une, explicando también esta disminución
o fin de las anteriores producciones, el surgimiento de la televisión
en el continente, donde la telenovela, hija de la radionovela cubana
de los años 40, es capaz de recapturar ese público
que había permanecido fiel a su cinematografía anterior
al Nuevo Cine. Fenómeno que ocurrió, según
muchos, debido al alto grado de analfabetos del continente,
incapaces de leer los subtítulos de los filmes en inglés.
Mientras tanto, en Europa, movimientos como
el free cinema inglés y la nouvelle vague francesa, se horneaban
o existían de hecho ya desde la década del 50, aunque
cierto es que la madurez sobrevendrá un poco después,
o sea, a mediados de la década siguiente.
Ambas nuevas cinematografías tenían
como objetivo oxigenar o eliminar las escleróticas cinematografías
tradicionales. Ello ocurrirá sobre todo en Francia, donde
la generación de Truffaut, Chabrol, Malle y Rhomer, entre
otros, amparados dentro del esquema del avance sur recette,
visible resultado de la ley Pinay-Malraux, pretendieron y lo lograron,
al menos durante un lustro, erradicar el novelado estilo del filme
francés clásico tipo Cayate, Duvivier o Becker, de
tan bella factura literaria dentro del esquema de guión de
hierro y lo sustituyeron por una suerte de guión abierto,
que restaba importancia a la bella frase y se basaba en la técnica
de la improvisación durante el rodaje, lo que jerarquizaba
la inventiva de la mise a scène en detrimento de la madurez
literaria de los contenidos.
Algo similar ocurre en Inglaterra, donde un movimiento
cinematográfico, el ya mencionado free cinema, se propuso
dar soltura a la cámara y verismo a la escena y ello tuvo
hondas repercusiones dentro del documental e incidió
mas tarde en el cine de ficción, con obras donde aparece
una conceptualización muy diversa a la propuesta por el cine
inglés tradicional. Sin embargo, la nueva generación
de Lindsay Anderson, Karel Reiz, Tony Richardson y John Schlesinger,
supo convivir pacíficamente con cineastas del pasado,
pero aún en plena forma, como fueron los casos de un David
Lean o de un Mackendrich.
Por otro lado, el surgimiento del nuevo cine alemán
coincide y es el resultado de la descalabrada desaparición
del antiguo emporio cinematográfico, o sea la UFA, y del
surgimiento, poco después, del KDIF, creado por los jóvenes
cineastas del momento, llámense Alexander Kluge, Peter Schamon
o Volker Schlondorff, quienes con una obra de poca ascendencia en
el público, pero de radiante complejidad estética-filosófica
pretenden (y lo logran) establecer la supremacía en Alemania
del cine que se hace en la orilla occidental.
Mención aparte merece dentro del contexto español
el renacer de la cinematografía que tuvo que ver, tanto en
Madrid como en Barcelona, con la parición de las Nuevas Normas
para el desarrollo audiovisual que favorecía a los egresados
de la Escuela Oficial del Cine, maquinaria política que aspiraba
a mejorar la imagen del régimen franquista ante el mundo
y que después de haber permitido a Luís Buñuel
filmar Viridiana en 1962, proseguía este objetivo de ofrecer
un pulso más liberal a través de la aprobación
y financiación de filmes inquietantes en su espíritu
político, pero eso sí, de carácter metafórico
y alegórico.
Ello tuvo un memorable antecedente con el surgimiento del tandem
Berlanga-Bardem durante la década de los años 50,
en que también Pere Portabella o una empresa como Ecofilmes
propician el debut o dan continuidad, igualmente durante los inicios
de los 60, a cineastas como Saura, Patiño, Picazo,
Eceiza, Diamante y Borau entre otros.
Este contagio de renovación llega también al campo
socialista europeo, donde tanto en las repúblicas de la antigua
Unión Soviética así como en las ya establecidas
industrias de su periferia europea, vienen ocurriendo cambios que
se perfilan alrededor de esta década de los años 60.
Es así que nuevas generaciones de cineastas en la URSS, Polonia,
Checoslovaquia, Hungría, etc.; logran acaparar la atención
de la prensa y los festivales cinematográficos mundiales,
con obras firmadas por Tarkovsky, Wadja, Kawarelowicz, Chytilova,
Menzel o Schorm, las que comienzan a cuestionar tanto lo valores
sociales fundacionales de su status, así como también
los postulados estéticos hasta el momento polémicamente
sustentados. Este mosaico de filmes, de muy disímil estilo,
contribuyeron decisivamente al legado audiovisual mundial
El excepcional caso italiano. Su ascenso y decadencia.
En Italia ocurre un fenómeno único e
irrepetible. El Neorrealismo, surgido a fines de la década
del 40 en plena posguerra, se había perfilado como el paradigma
de lo Nuevo en el campo cinematográfico europeo y también
mundial, anticipándose décadas a la eclosión
de las nuevas cinematografías que ayudaba, con su ejemplo,
a conformar, sobre todo en América Latina y en el resto del
Tercer Mundo, donde su prédica humanística convalidaba
las aspiraciones de justicia y equidad de las traumatizadas naciones
de la periferia. Sin embargo, la secuela del neorrealismo
en Francia tenía otro carácter. Si bien es cierto
que de no haber existido el neorrealismo difícilmente hubiera
surgido la nouvelle vague, fueron los postulados técnicos
(cine de modestos recursos, ejecutado en localizaciones naturales,
guiones abiertos, sincopados, no previsibles, actores de nueva generación
o no actores) y no los esencialmente conceptuales, los que sedimentaron
una nueva expresión en el panorama francés que tuvo
un carácter nihilista-existencialista (recordemos a Simone
de Beauvoir y su severa caracterización de este movimiento
como de anarquismo de derecha) que poco tenía que ver con
la prédica de amor-solidaridad hacia el prójimo
que enarbolaba la escuela neorrealista.
Sin embargo, el cine italiano, ya desde el fin de
la guerra, sufría la presión de Hollywood y ello ocurría
en su mismo patio (Godofredo Lombardo tenía compromisos con
la Metro Goldwyn Mayer) y ello, unido sobre todo a la recuperación
económica de las secuelas de la guerra y el surgimiento de
un público reticente a ver en pantalla los problemas de una
Italia devastada por el conflicto y sí ávida de fantasía
y entretenimiento*, ayuda a explicar, que este movimiento, el neorrealismo,
de visible orientación progresista, fuera desapareciendo
y sus cineastas más aventajados (Fellini, Visconti, Antonioni
y a los que se le unían jóvenes como Pasolini o Bertolucci)
consolidaran la política de autor en un nivel individualmente
superior en la bien llamada etapa de los Maestros, que era en realidad
un pequeño puñado de filmes flotando en el océano
de una producción prolífera y perfectamente mercantilizada
cuyos paradigmas de ejecución se consagran en el período
de los spaghetti western.
Este cine de autor o de los Maestros, se comienza
a desvanecer aun antes del fin de la guerra fría y perdura
frágilmente siempre en virtud de la presencia biológica
de sus autores, quienes, como ocurrió con un Federico Fellini,
son acogidos sanatorialmente por la RAI como tabla de salvación
a la existencia de sus últimos títulos. Y no se podía
hablar de un relevo generacional porque a excepción de un
Morretti, o de un Benigni, podría decirse que el cine italiano
desparece de la palestra internacional como conjunto artístico
de vida coherente y progresiva.
Otros preclives...
En España las Nuevas Normas, que habían
sido aprobadas en 1964, pierden vigencia y desaparecen ya en 1969,
significando ello un reto enorme para la supervivencia a un movimiento
cinematográfico aún en estadío germinal. Este
gregario auge* evolucionará, ya en los años 70,
con el gradual fin del franquismo, en una cinematografía
que continuará la escritura de guiones de carácter
metafórico y donde se consolidará la obra, entre otros,
de un Víctor Erice y un Carlos Saura, que darán paso,
años después, a un Almodóvar o un Amenábar,
líderes de una prolífica producción* que lucha
arduamente por distribuir sus obras y a duras penas lo logra, a
pesar de contar con los apoyos institucionales gubernamentales.
Un ejemplo insólito lo constituye Inglaterra,
donde el nuevo cine prácticamente desaparece a causa de la
abducción, por parte de Hollywood, de directores, fotógrafos
y actores en una no clásica manifestación de robo
de cerebros que ya se venía practicando con éxito
en el sector científico. En Alemania, por otra parte, la
legislación vigente se orienta a favorecer al cine comercial,
lo que genera que surjan, intentando con ello la sobrevivencia de
un cine de calidad, de gran cantidad de alternativas de producción
y distribución en instituciones en Munich y Colonia, donde
debutan o continúan en la profesión autores como Lilienthal,
Herzog, Winkelman, Wenders y sobre todo Fassbinder, quienes alargan
la vida de un nuevo cine alemán que languidece aún
antes del fin de la bipolaridad que supuso la caída del campo
socialista, entre otras cosas, como parte de otra manifestación
de fuga de talentos que es absorbida y generalmente expulsada (recordemos
el caso Win Wenders) por la llamada Meca del Cine.
Sin embargo, el preclive en Latinoamérica no
ocurre institucional o económicamente. Es el surgimienTo
de las dictaduras militares en Brasil, en Argentina y los procesos
de sangrienta represión en el marco del poder civil en México
lo que explica la desaparición, durante un cierto período,
de títulos importantes, al menos en comparación
con la pujanza y la creatividad de los filmes realizados durante
los años 60.
En Cuba, extrapolada de esa situación, pero
demasiada vinculada a los procesos de purga ideológica que
se venían efectuando en Europa Oriental y en China, el cine
sufre la parálisis de un lustro en el marco comúnmente
conocido como quinquenio gris.
Estos avatares tienen mayores consecuencias en la
Europa del Este, con la paulatina desintegración y desaparición
de las cinematografías que habían enarbolado las ideas
de vanguardia dentro de la cultura socialista y que finalmente colapsan
definitivamente a la caída del Muro de Berlín.
Resistencia y recuperación
A mas de 20 años de estos acontecimientos,
podría decirse que el panorama comienza a recuperarse, y
ello tiene mucho que ver con la aparición, durante los años
90, del grupo Dogma y sus propuestas de un cine contestatario tanto
estética como conceptualmente. Pero ello afectó, sobre
todo, al panorama europeo y norteamericano, porque debemos reconocer
que el cine de vanguardia en Latinoamérica* nunca desapareció
del todo, teniendo momentos de ascenso que, aunque efímeros
y no periódicos, le han dado perdurabilidad a
la noción de nuevo cine acuñada cuatro décadas
atrás.
Estudio especial amerita el cine africano en general, ya que a simple
vista y desde el punto de vista cronológico, solo su nacimiento
coincide con el resto de las cinematografías emergentes o
recicladas y es, paradójicamente en la década del
90, que alcanza, según algunos analistas, su edad de oro,
en abierta discronía con lo que sucedió en el resto
del panorama mundial.
Mención aparte merece la cinematografía francesa,
la que durante este largo período nunca ha perdido el apoyo
gubernamental y a ello se ha unido un público fiel a sus
autores.
Igualmente loable ha sido, durante estos años, la acción
del Fondo Sur y su apoyo al cine francófono por doquier y
especialmente en África.
Y no podemos olvidar la perseverante existencia de cineastas europeos,
que como David Lynn, Ken Loach o Peter Greenaway han mantenido una
tozuda fe en la capacidad cultural de la cinematografía y
se las han ingeniado para hacer una obra sin concesiones en un período
posterior a los años ochenta, cuando ya prácticamente
no sobrevivía la contienda de metarrelatos que caracterizó
y auspició la llamada Guerra Fría*.
Epílogo
Si llegamos a la conclusión de que el cine
que apareció en los años 60 del pasado siglo está
considerado unánimemente como una proeza intelectual y cultural
y quizás también como el momento culminante a nivel
mundial de la cinematografía, estaremos de acuerdo en apreciarlo
como excelso paradigma para el Cine Pobre contemporáneo y
ello se explica, sobre todo, porque los postulados de los
sesenta, a través de la lección preliminar del neorrealismo
y su extensión en la nouvelle vague, se caracterizaron por
exhortar a la ejecución de un cine de modestos o exiguos
recursos y todo ello como garante de la libertad autoral y
de la artisticidad sin cortapisas, al no tener los autores
que rendir pleitesía a las envilecedoras leyes del mercado
- Tal como lo proponía los ecos hollywodenses del Plan
Marshall made in USA, que alentaba filmes al estilo de Tres
monedas en la fuente o Canción de Septiembre.
- El Nuevo Cine Español estaba constituido por mas
de medio centenar de cineasta, que no sólo eran directores,
sino que incluía guionistas, editores, directores de
fotografía, etc., la casi totalidad de ellos egresados
de la Escuela Oficial de Cine, instaurada por el franquismo.
- Más de cien filmes por año.
- A despecho de las dictaduras se continuó precariamente
haciendo cine, aunque la casi totalidad de los autores mas
polémicos y brillantes, generalmente emigraron y continuaron
su obra en el exilio. Este es el caso de Rocha, Littin y Solanas,
entre otros muchos.
- Nota: Ver artículo Cine Pobre: antecedentes históricos
y contemporaneidad, aparecido en el catálogo de la
segunda muestra del Festival Internacional del Cine Pobre
(Seminario).
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