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LA TRAGEDIA DEL USO
 Omar GonzálezA juzgar por las noticias, pareciera que la modernidad
y sus diversas manifestaciones, al tiempo que reducen las distancias
entre los sueños y la realidad, han hecho de la vida una
agonía. Más allá del espejismo que comporta
la globalización, sobre todo en su dimensión mediática,
la pobreza, las diferencias sociales y el caos, también se
acentúan. Las brechas que dividen al Norte próspero
del Sur paupérrimo, se acrecientan día tras día,
del mismo modo que en los países ricos e industrializados
- o postindustrializados, como parezca mejor- ese Sur también
existe, y en las naciones pobres, por si fuera poco, se da un Norte
aún más lacerante. El mundo, en todo caso, no está
signado por la armonía, sino por el contraste y la exclusión,
y el progreso es de un relativismo tal, que la duda lo envuelve.
De ahí que sean explicables la inconformidad, la resistencia
y la incertidumbre como respuestas o consecuencias mayoritarias.
Vivimos una época signada por una cultura que lo relativiza
todo, y que suscita en el sujeto social una infundada sensación
de libertad.
La producción mundial de largometrajes
de ficción, oficialmente registrados, supera cada año
los cuatro mil 500, sin considerar los 2 mil en video que
genera Nollywood, en Nigeria, y sólo parcialmente los
que se producen en Bollywood, India. Pero si añadiéramos
todos los que se gestan a partir del uso creciente de las
nuevas tecnologías digitales, este dato pudiera duplicarse
con facilidad. De hecho, en el cine actual está ocurriendo
lo que siempre sucede con la irrupción masiva de algunas
tecnologías y medios: la seducción que ejerce
lo nuevo, el mimetismo, la adaptación, el frenesí
de las aficiones y la explosión de las alternativas.
Todo aquel que posee una cámara, una computadora y
los softwares y periféricos imprescindibles
para filmar, editar y exhibir un producto audiovisual (lo
que no significa precisamente cine), se considera un realizador,
al margen de los resultados artísticos. La frontera
entre los géneros también ha sido pulverizada,
sobre todo en lo concerniente al documental y al reportaje,
y los espacios tradicionales de validación pierden
credibilidad aceleradamente.
Preguntarse hoy si un producto u objeto determinado
es arte, equivale a asumir una postura poco menos que reaccionaria
(1). Son de buen ver la ejercitación
ignorante y la complacencia entusiasta. Se trata, como señalara
el escritor español Vicente Verdú, de indiscutibles
"muestras de un extraño auge de la ausencia", cuya
sensación "se relaciona con la huera condición
de la política, la banalización del sexo, la indiferencia
del arte, (y) la trivialización general del saber"(2).
Esta supuesta apertura intelectual, no sería
del todo perniciosa si se propusiera abrir las puertas a lo alternativo
de calidad; sin embargo, generalmente constituye un contrasentido,
pues alimenta la confusión y adultera el proceso de justificación
del arte al condicionarlo al efecto de las coyunturas. Por otra
parte, no son precisamente las alternativas más genuinas
las que el mercado y los medios de comunicación encumbran,
sino aquellas producciones que, de un modo u otro, se inscriben
en la tendencia dominante y no cuestionan radicalmente el status
quo del establishment. "El mercado" ha escrito
Beatriz Sarlo--, experto en equivalentes abstractos, recibe a este
pluralismo estético como a la ideología más
afín a sus necesidades".(3)
Y agrega: "(él) es como la imagen mítica
de la justicia, ciego ante las diferencias".(4)
El cine tampoco es aséptico en estos menesteres de la instrumentalización
de la realidad; siendo justo, afirmaría que fue el primero
de los procedimientos artísticos en generalizar la práctica
del pecado fáustico. Lo prueban las tempranas arremetidas
de las corporaciones en su producción, distribución
y exhibición "sobre todo después que dejara de
ser mudo y se introdujera la maravilla del color", y las múltiples
aplicaciones del merchandising a actores, personajes, escenarios
y a cuanto objeto o subproducto se derive de él. El star-system
fue nuestro system-start, y nada triunfaría si ignoraba
sus leyes. Así, hasta arribar a nuestros días de fusiones
y emporios, y de fabricantes de autos, helicópteros, cervezas
y propietarios de clubes deportivos que son, al mismo tiempo, dueños
de los grandes estudios, las revistas especializadas y las redes
de programación y exhibición cinematográficos.
Todo, o casi todo, les pertenece a estos magnates generalistas.
Como decimos en Cuba: suyos son el bate, la pelota y los guantes,
y sin su anuencia no hay juego (de béisbol) posible. Y en
esta era del audiovisual, como más de una vez ha sido recordado,
lo que no se ve, sencillamente no existe.
Antes de La guerra de las galaxias, de George
Lucas "considerada la primera película devenida
operación mercantil a escala global", estuvo
la pérdida del liderazgo europeo en esta manifestación
artística, sobre todo a raíz de la Primera Guerra
Mundial y el surgimiento de Estados Unidos como potencia realmente
vencedora. La segunda conflagración iba a representar,
definitivamente, la era de la plenitud de Hollywood, en tanto
ésta se convertiría en la mayor zona industrial
de producción simbólica jamás conocida.
Si a Hollywood debemos el sentido industrial masivo (clónico)
del séptimo arte "previsto por Walter Benjamín(5)
en los años treinta del pasado siglo, y desarrollado
poco más tarde por André Malraux en sus reflexiones
sobre el asunto", también tendríamos que
reconocerle la lectura sesgada de la historia universal y
la segregación del cine de autor hasta su actual marginalidad.
Se acababan así la experimentación consentida
y el apego a la verdad. El “cine de emancipación”
francés y alemán, y el “nuevo cine latinoamericano”,
entre otros movimientos y tendencias que alcanzaron notoriedad
en la década de 1960, y aún después,
han constituido formas de resistencia a la imposición
de lo ajeno en contextos marcados por la diferencia, la diversidad
y, además "como es el caso de los países
de América Latina", por las luchas de soberanía
nacional y el derecho de sus manifestaciones culturales no
sólo a existir, sino a ser expuestas, difundidas y
apreciadas en igualdad de condiciones a las que se originan
en el mundo industrializado.
Europa, cuna del cinematógrafo, y nosotros,
resto del mundo y mercado cautivo, seríamos parte del
paisaje, receptores de una invasión mediática
que, con el tiempo y las angustias, hallaría en Internet,
la televisión y el cine, sus mejores “caballos
de Troya”; hasta implementar el mayor proyecto de dominación
ideológica que la humanidad haya conocido jamás.
Las consecuencias de la implantación
de un modelo de pensamiento único, son ostensibles
en todas las manifestaciones de la vida cotidiana, sean o
no de índole artística, y en cualquier parte
del mundo, especialmente si miramos al interior de los Estados
Unidos, donde pareciera que la sociedad ha perdido su capacidad
de reacción política, para no hablar de ciertos
valores esenciales, hoy en franco repliegue, también
a escala planetaria.
Cada año, el Observatorio Europeo del
Audiovisual da a conocer, durante el Festival de Cannes, su
informe sobre las tendencias del mercado mundial de filmes.
En el correspondiente a 2007, se afirma que un año
antes, en sus 38 mil 852 pantallas, los norteamericanos vieron
92,9 por ciento de películas producidas, total o parcialmente,
por las siete principales corporaciones de Hollywood; 3,3
por ciento propiamente europeas y, léase bien, sólo
3,8 por ciento provenientes del resto del mundo, lo que apenas
deja margen para hablar en términos de diversidad cultural.
Por su parte, en 2006 los veinticinco países miembros
de la Unión Europea, en 29 mil 46 pantallas,
vieron 70,1 por ciento de filmes norteamericanos o coproducidos
(14,2 por ciento) con los majors estadounidenses; 26,3
por ciento de películas de la Unión; 3,7 por
ciento procedentes de otros Estados del Continente, y apenas
2,6 por ciento del resto del mundo, cifra aún menor
que la informada por Estados Unidos en este acápite.
Como se aprecia, en el caso de Europa tampoco
puede presumirse de que se cumpla una política que
privilegie la diversidad, ni siquiera en Francia, que es el
país mejor dotado de instrumentos jurídicos
y conceptuales en esta materia, y el de resultados más
alentadores en lo que se refiere al cine: 44,2 por ciento
de filmes norteamericanos, 44,7 por ciento nacionales y 11,1
por ciento procedente de otros países.(6)
De España, en particular, cuya cinematografía
mantiene estrechos vínculos con la que se (co)produce
en América Latina, cabe retomar lo que Román
Gubern nos recordara en un artículo publicado recientemente
en el diario El País: “Una encuesta de 2004 indicaba
que las preferencias del público español eran,
por este orden: acción/aventuras, intriga, ciencia-ficción
y comedia romántica. Este esquema, muy acorde con la
oferta norteamericana, presiona hacia la producción
de géneros cosmopolitas estandarizados e impersonales,
un terreno en el que Hollywood casi siempre derrotará
a España por sus medios y su start-systam”.
Y al evaluar el fenómeno en el contexto del Viejo Continente,
concluye: “En la última década, el cine
ha declinado en Europa como signo de identidad cultural nacional,
frente a otras actividades de masas, como el deporte. Y a
la vez se ha producido un rápido declive de su centralidad
en las salas públicas. Con la proliferación
de soportes y de pantallas (…), se ha pasado del cine
en butaca aL cine en sofá. Y se está generalizando
la práctica de bajar (…) películas
a través de Internet. Y esta mutación está
afectando profundamente, como no podría ser de otro
modo, a la industria del cine español”.(7)
Y de toda Europa y el resto del mundo, añadiríamos.
En la mayoría de los países de
América Latina y el Caribe, la presencia del cine facturado
en Hollywood puede llegar, en términos absolutos, hasta
99 por ciento de la programación --Brasil, Argentina
y Venezuela, serían excepciones relativas--; mientras
que en el caso específico de Cuba (excepción
en progreso), luego de varios años por encima de 70
por ciento, las instituciones cinematográficas han
logrado revertir esta tendencia en el ámbito de los
espacios a su cargo, hasta situar la programación de
filmes estadounidenses por debajo de 40 por ciento durante
2007. En tal contexto, que se agrava en otras naciones del
área, preocupan sobremanera las jóvenes generaciones,
aturdidas por el marasmo de mediocridad y estulticia en que
viven y se (de)forman, desprovistas de paradigmas que representen
una verdadera cultura cinematográfica, sustentada en
la calidad y la diversidad. De ahí que diseñar
y aplicar estrategias de soberanía cultural, sea la
única alternativa posible si nos proponemos seriamente
salvar el futuro, y en este empeño debemos valernos
de todas las tecnologías a nuestro alcance, incluso
de las consideradas menos “profesionales”.
Estar al día, tecnológicamente
hablando, no siempre ha sido lo más práctico
o eficaz, y quedarse rezagado, tampoco. El camino de los países
pobres es lograr un equilibrio basado en las necesidades,
intereses y posibilidades de cada sociedad, sin renunciar
a la experiencia histórica ni a las invenciones e innovaciones
derivadas de su precariedad consustancial.
¿Y qué pueden hacer, digamos,
los diseñadores gráficos, los cineastas,
los publicistas y los difusores ante tal amalgama de disturbios
y derrumbes? Mucho, si nos atenemos a las posibilidades de
influencia que les son consustanciales. Desde luego, sé
del poder del encargo, de los deberes asfixiantes del contrato,
de las perversidades que entraña la publicidad en aras
de exaltar a toda costa el consumo; y del engaño, la
ilusión y la triste imagen de un nuevo ilota atado
a su laptop. Pero sé también de la decisiva
contribución de los procedimientos artísticos
menos reconocidos a las campañas de bien público,
a la lucha por una cultura visual sustentable, independiente,
y de su papel en la defensa de la justicia desde las alternativas
mediáticas. Sé, en resumen, de lo imprescindible
que resulta “diseñar” un mundo mejor, un
ser humano más solidario, inteligente y libre.
Todo cineasta-autor, publicista, diseñador,
o difusor es, o debería ser, un creador comprometido
con la utopía de la comunicación universal efectiva.
En la raíz de sus intenciones, estarían las
claves de un arte que se eleva mientras se consagra a su misión
cívica, y que se hunde cuanto más se aferra
a su vocación mecánica, menesterosa e impersonal.
No se puede ser Dr. Jeckill en los congresos y Mr. Hyde en
las empresas corporativas. La eficacia comunicativa debería
permitirnos enfatizar mucho más en las contradicciones
de nuestra época, independientemente de que los medios
más poderosos "o precisamente por ello--, no
pertenezcan a los principales cineastas, ni a los diseñadores,
y mucho menos a los difusores sin participación gerencial.
Es impostergable la creación y el desarrollo de un
mayor número de redes de resistencia en este campo,
ciertamente permeado por la indiferencia y el clientelismo
en muchos de sus estamentos más célebres y,
obviamente, mejor remunerados.
Por aleatorio que parezca, lo que hemos repasado
hasta aquí, no constituye un fenómeno ajeno
a la intelectualidad más participativa de nuestros
días; muchas son las indagaciones y pronunciamientos
que se suscitan al respecto en diferentes foros de discusión
y en los más sobresalientes espacios de resistencia.
Tampoco es extraño, por supuesto, para numerosos cineastas,
diseñadores gráficos, publicistas y difusores,
buena parte de los cuales --sobre todo los que actúan
en y desde la periferia-- participa de esta respuesta colectiva,
cada vez más radical.
Se trataría, entonces, de acentuar nuestra
función crítica, de estar atentos al perjuicio
que representa la instrumentalización de los deberes
como ciudadanos y artistas, y al daño que hacen la
novelería y la tecnocracia a nuestro trabajo diario.
Porque, de no actuar con absoluta conciencia de nuestra responsabilidad,
estaríamos ante una suerte de narcisismo fatalista,
o seríamos cómplices y, desde luego, víctimas
"consciente o inconscientemente, poco importa a estas
horas" de la irreversible destrucción de los
pilares que siempre han inspirado al mundo en su manifestación
más trascendente y amenazada: la de los valores humanos.
Y si algo nos pudiera salvar, pensémoslo bien, difícilmente
serían el silencio y nuestra complacencia.
*Omar González es escritor y preside
el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos
(ICAIC). El texto que publicamos es una versión muy
fragmentada y resumida de su intervención en el Congreso
Mundial de ICOGRADA, efectuado en La Habana, en octubre de
2007.
(1) En indudable similitud
con lo que acontece en el arte y en otras esferas, considérese
lo expresado por el historiador David Edgerton acerca de las
tecnologías cuando afirma: “De la asunción
de que lo nuevo es muy superior a lo que lo precedió
se desprende un corolario relevante: a quien no abandone éste
a favor de aquél se le tachará de conservador,
cuando no de estúpido o ignorante sin más. (Edgerton,
David, Innovación y tradición. Historia de
la tecnología moderna, Editorial Crítica,
Barcelona, España, 2007, p. 30).
(2)
Verdú, Vicente, El País, España,
26 de noviembre de 2007.
(3)
Sarlo, Beatriz, Escenas de la vida postmoderna, Editora
Ariel, Buenos Aires, Argentina, 1994, p. 158.
(5)
Véase: Benjamín, Walter, La obra de arte
en la época de su reproductibilidad técnica,
Editorial Ítaca, México, 2003.
(6)
En la industria del libro, por ejemplo, donde Francia
también exhibe los mejores resultados de Europa,
las traducciones representaron 14 por ciento de la producción
editorial en 2006, pero tres de cada cuatro novelas extranjeras
publicadas tuvieron su punto de partida en el idioma inglés,
con predominio de las norteamericanas; a tal punto, que
de los diez autores más leídos, seis fueron
estadounidenses, siendo Dan Brown el más solicitado
(828 mil ejemplares vendidos, de los cuales 476 mil correspondieron
a El código Da Vinci). En general, dos tercios
de todas las traducciones fueron de originales en inglés.
(Label France, No. 69, primer trimestre
de 2008, Ministerio de Asuntos Exteriores y Europeos,
pp. 16 y 26).
(7) Gubern,
Román, ¿Por qué no gusta el cine español,
El País, 2 de febrero de 2008. |
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