|
¡Bienvenidos!
No
podemos menos que celebrar la apertura de esta tercera
edición del Festival Internacional del Cine Pobre
de Gibara, ya que los frutos de la cosecha anterior
están ahora a la vista: se comienza a incrementar
la producción audiovisual cubana en base a filmes
con bajo costo de producción, y hasta algunos
hablan de un nuevo cine cubano; en todo el planeta se
acometen nuevos proyectos que rescatan la condición
de arte de nuestra profesión y aparecen nuevos
cineastas surgidos en los más disímiles
estratos sociales, muchos de ellos provenientes de comunidades
que hasta ahora estuvieron ajenas a la realización
audiovisual.
Pero falta mucho por hacer, todavía no se ha
consolidado esa Red Internacional del Cine Pobre con
que soñamos, porque la única posibilidad
de consolidación de este movimiento estará
basada en que nos nucleemos, en que nos conozcamos y
pongamos nuestro talento y nuestros medios de producción
(cámaras, sets de montaje, salas de postproducción,
etc.) que han estados aislados aquí y allá,
para que a partir de ahora converjan en una activa agrupación
de cineastas, que intercambien todos estos recursos
tanto espirituales como materiales, en función
del ideal de un cine solidario, alternativo, vanguardista
y desalienador, profundamente comprometido con el objetivo
de paliar la contaminación de la espiritualidad,
esa otra catástrofe ecológica que resulta
de la burda mercantilización de nuestro oficio.
Humberto Solás
subir

El
desayuno de hoy
me está gustando. Tiene de proverbios, de citas
y de lugares no tan comunes. Y también de las
brisas que del mar nos llegan, olorosas, húmedas,
enigmáticas. No hay todavía la sombra
de un reproche, pero nadie se explica por qué,
mientras damos tantas vueltas como Audrey Hepburn en
busca de algo así como Tiffany en pleno Atlántico,
no aparece todavía la primera valla que anuncie
al mundo la celebración de este Festival. Aprende
de las hormigas, dice alguien. Sé feliz y sigue
siempre a los que saben. Lee un poema de Novás,
el Suicida, versado en pérdidas y palíndromos
(con alcuna licenza), que a su vez remite a escenas
de una película memorable sobre la lucidez y
la demencia. Porque demencial pudo parecer en el inicio
la idea de articular energías/criterios/recursos
y situar a esta hermosa villa en el mapa universal de
los festivaleros incorregibles y los viajeros empedernidos.
Gibara ya es un norte posible dentro de nuestro cine,
ya está ahí, al alcance de las manos de
un niño llamado Siglo Nuevo o Nuevo Milenio.
O tal vez Caín caminando a ciegas sobre el filo
del abismo. Hacemos el trayecto y nos rescatamos un
poco a nosotros mismos, reponemos lo que ayer vino a
esfumarse sin apenas notarlo mientras repetíamos
casi imperceptiblemente aquello de Quiéreme mucho/
dulce amor mío… que quiere Fernando Pérez
que recordemos con el mar batiente de La Habana, el
mismo insondable mar batiendo y haciendo estallar los
muros de esta villa espléndida en su fulgor y
su abandono. Se hablará de este Festival siempre
porque siempre habrá motivaciones para coincidir
en torno a los modos de abaratar y democratizar el arte
costoso e inalcanzable. Y sobrevivirá porque
es necesario y con él la hermosa idea de escoger
la quietud, la paz de Gibara, semejante a un domingo
en casa de campo. Qué buena frase para cerrar,
pero acabo de hallar un parrafillo de Susan Sontag que
contiene otras mucho mejores. Dice la Sontag: Lo más
fácil del mundo es decir que el público
es estúpido o que está en decadencia.
No quiero tomar parte en generalizaciones de este tipo.
No entiendo las pruebas que se manejan.
Se trata de simple y barata especulación sociológica
o periodística. Lo que una debe seguir haciendo
es explicar y defender buenos criterios que nos ayuden
a admirar y apreciar lo bueno. Esta es la idea de hoy.
Buen provecho.
El Caminante
subir

Gibara
es un país
El Festival Internacional de Cine Pobre es
un laboratorio, un foro interactivo que suscita renovado
interés entre quienes asumen las nuevas tecnologías
y los bajos presupuestos financieros como la opción
no sólo más viable, sino imprescindible
para que el audiovisual contemporáneo no sucumba
definitivamente ante la hegemonía de la trivialidad
corporativa. Es un espacio privilegiado para la confrontación
artística, un escenario que no soslaya el compromiso
social ni los rigores definitorios de la calidad.
Desde la perspectiva de quienes trabajamos en una institución
como el ICAIC abocada a un cambio que la sitúe
en otra dimensión organizativa, tecnológica
e incluso, estética, este evento se corresponde
con nuestras expectativas, ocupaciones y desafíos
más apremiantes y estratégicos. Aún
más, los complementa.
El cine será digital o no será, y, a juzgar
por la exclusión globalizada, las alternativas
estarían obligadas a definirse como heroicamente
pobres y, desde luego, marginales. Otra cosa no dicen
festilos números, otra conducta no aconsejan
los hechos. De ahí nuestra identificación
con las tesis fundamentales que sustenta el Festival
y nuestro apoyo a sus organizadores, de los cuales nos
sentimos cómplices.
Desde mi perspectiva, cine pobre sería mucho
más que un concepto, equivaldría a una
poética, y más que a una poética,
a una estética concebida desde y para la resistencia
cultural. Esto pareciera tautológico si no partiéramos
en nuestro análisis de la dramática circunstancia
en que se produce el hecho artístico soberano
en nuestros días.
Si la opción no es Hollywood que nos segrega
y al mismo tiempo descartamos de nuestros paradigmas,
cuál ha de ser la alternativa que mejor exprese
nuestros desvelos y realidades. Ni más ni menos
que un arte que, partiendo de la dificultad (y la pobreza
lo es, y la exclusión la simboliza), nos defina
enriqueciéndonos. Y como de modismos y etiquecine
tas venimos de regreso, pobre no puede ser sino la manifestación
de nuestras inquietudes genuinamente revolucionarias,
entendidas éstas como la necesidad de cambiar
la realidad de las cosas. Una realidad que, en la mayor
parte del mundo, arrasa con las diferencias y, por lo
mismo, disocia las identidades. Ante tal absolutismo,
aboguemos por nuestra libertad sin eludir nuestra responsabilidad.
Ahora bien, sabido es que el empleo de las nuevas tecnologías
no constituye una garantía de éxito ni
la adhesión consciente a principios que, en lo
esencial, clasificarían como de renovación
y ruptura.
El arte que necesitamos deberá menos a los beneficios
de la máquina que a las cualidades de quienes
la han humanizado porque ya consiguieron dominarla.
Tal vez sea éste el más difícil
de los conflictos a que se enfrenta el intelectual en
la era de la postmodernidad asimétrica.
Filmar y pensar en digital, como hemos dicho
antes, no significaría automáticamente
adscribirse a la estética del cine pobre. En
la cultura artística, no obstante McLuhan, el
medio jamás será el fin. Otra angustia
sería la de los propios medios, obnubilados como
están por el narcisismo inquisitorial que los
embriaga y condena. Nuestra Galaxia Gutemberg ha de
incluir la tradición si no quiere vegetar en
el limbo de las abstracciones inútiles.
En su soledad, algún que otro zombi pudiera lograr
que el artificio se convirtiera en la gruta de sus días,
pero no habría conseguido el misterio inasible
de la creación. Y aunque llene sus arcas, pagaría
el precio de la muerte en vida. Como tantos en este
mundo.
El controvertido Andy Warhol, que supo de estas cosas
porque las sufrió en carne propia, sintetizaba
el drama del siguiente modo:
Es que la vida duele… Si pudiéramos
convertirnos en máquina, todo nos dolería
menos. Seríamos más felices si estuviéramos
programados para ser felices”. Pero antes había
sido capaz de advertirnos: “Comprar es más
norteamericano que pensar”, lo que explicaría
no sólo su condición de víctima,
sino su angustia intelectual ante la degradación
de una sociedad cosificada como pocas. Y Warhol, por
efecto de la mano no precisamente invisible del mercado,
ha devenido fetiche, y las más iconoclastas de
sus obras se rematan exactamente igual que las más
inocuas y con- formistas. Todas, probablemente, recalen
en las mismas bodegas, donde alguna vez estará
el último de los bisontes americanos, aquella
rara flor de la memoria.
La historia del mundo, particularmente la de los pueblos
sin imagen, ha sido la de la lucha contra el saqueo
y el genocidio cultural interminable. Luego del exterminio
físico y el robo de las cosas tangibles, sobrevino
el vaciamiento de los símbolos y su suplantación
por otros que, al ser ajenos, sólo han servido
para alimentar la ira o exacerbar nuestra nostalgia.
Nadie mejor que el arzobispo sudafricano Desmond Tutu
para describirnos tales efectos: “Vinieron. Ellos
comprotenían la Biblia y nosotros teníamos
la tierra. Y nos dijeron: 'Cierren los ojos y recen'.
Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra
y nosotros teníamos la Biblia”.
Ahora, valiéndose de otras y las mismas formas
de engaño, pretenden dejarnos también
sin la Biblia. Y en su afán, la sustituyen por
el catecismo de su nueva tiranía: la del pensamiento
único y el actuar mecánico.
En este sentido y en otros que doy por obvios, el Festival
Internacional de Cine Pobre de Gibara sería un
proyecto emancipatorio. Lo preside Humberto Solás,
recién proclamado Premio Nacional de Cine, cuya
obra y vida son ejemplos de eticidad y pasión
por el arte. Y alegra saber que, cuando muchos en su
caso optarían por el sosiego, él haya
decidido entregarse a la tarea fundanuevas cional de
un movimiento, y que lo haga desde la humildad, aquí
en Gibara, donde la gloria es tal porque se prodiga
desde la escala humana.
Algo que, justo es decirlo, resulta inherente a otros
grandes cineastas cubanos, quienes, si fundadores, jamás
reposan. Por eso, en nada es fortuito que ahora en el
ICAIC pervivan diferentes generaciones de cineastas,
aun cuando sabemos que a los jóvenes corresponderá
el futuro, eso sí, sin la mácula bochornosa
del olvido. Ahí estarían los resultados
de la Muestra (anual) de Nuevos Realizadores para corroborarlo.
Cine Pobre es también un acto de justicia que
defiende la especificidad del arte en un contexto internacional
viciado por la mentira, la disolución de las
jerarquías y la instrumentalización de
la cultura. Duele ver cómo la fama decreta el
referente, y hasta qué punto gobierna la estulticia.
Este modesto e íntimo festilos val debería
trascender mucho más la pequeña y acogedora
ciudad que lo cobija. Gibara pudiera ser, si nos lo
propusiéramos, el Porto Alegre del audiovisual
contemporáneo. Bastaría estructurar eficazmente
las redes de sustentación, los ámbitos
de pertenencia, la calidad de los auspicios, la logística
interna, el comprotenían miso institucional y
el apoyo práctico de otros organismos nacionales
e internacionales; bastaría no conformarnos con
lo que hemos logrado y tomar conciencia de la importancia
que tiene este proyecto en el contexto actual de la
altermundialización. Esta es una aspiración
posible, sobre todo porque nace de Cuba, donde lo que
hoy es realidad, alguna vez fue sueño, y donde
lo que ahora pareciera utopía, mañana
será, inobjetablemente, fortuna social. Y aquí
termino. Gibara es nuestro aliento.
Omar González
Presidente del ICAIC |