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El
desayuno de hoy
Debería
leerse en pantalla.
Es que acabo de enterarme de que el mundo pierde cada
año una superficie de bosque equivalente al tamaño
aproximado de Portugal. O sea, unos 90 mil kilómetros
cuadrados. O sea, 9 millones de hectáreas, debido
fundamentalmente a la industria papelera. En una década
se estima que se pierden cerca de 94 millones de hectáreas.
Y aseguran que cada dos segundos se destruye una superficie
de bosque primario equivalente a un campo de fútbol.
Pero eso ahora mismo no tiene remedio. Si yo dejara
de escribir estas líneas, el diario del Festival
saldría de todas formas. Y poco sería
lo que conjuraríamos.
Ya le escuché decir una vez a Bill Gates en la
loma de Quintero que todo su gigantesco esfuerzo se
reduce a eliminar el libro en papel para imponer el
libro digital, el ganancioso eBooks. Horror, creo yo.
Si ya creíamos desterrado, hasta por el propio
Umberto Eco, aquel equívoco de: una imagen vale
por mil palabras. La palabra está viva. La imagen
también. Ambas conviven. No vale una menos que
la otra.
Volvamos a las palabras, a su sonido de agua y luz.
Retornemos a la imagen y a su prístina errancia.
Imágenes y palabras se vuelcan en la memoria
como el viaje de Marcel Schwob hacia las perdidas islas
del Pacífico. La anécdota es hermosa y
está contada por Roberto Bolaño: Schwob
tenía una salud muy frágil .
Emprendió en 1901 un viaje muy largo y azaroso
en busca de la tumba de Robert Louis Stevenson. Cosas
de genios, no más. El caso es que contrajo una
pulmonía y estuvo a punto de morir. Viajó
en compañía de su asistente, llamémosle
así piadosamente, un chino llamado Ting, que
se mareaba sin misericordia. Una noche Schwob, sintiéndose
pésimo, descubrió que Ting estaba peor
que él, su piel estaba verde como lechuga. Solo
entonces supo la magnitud de su empresa. Al llegar a
Samoa, después de mil vicisitudes, partió
de regreso sin visitar la tumba de Stevenson.
¿Para qué? Stevenson no había muerto.
Stevenson vivía en Schwob y su historia se reiteraba
como espejos contrapuestos.
La memoria es inmortal o no es. Ergo, palabra e imagen
también.
Y de eso se trata.
Buen provecho.
El Caminante
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Soñar
es sostenible
Parece
ser el presupuesto sobre el cual transcurrió
la sesión de la mañana de ayer,
En este tercer encuentro de Gibara, durante
el coloquio consagrado a las diversidades culturales,
el respeto al otro, la protección de las identidades
nacionales, y la creación de redes audiovisuales
regionales y funcionales, que permitan a nuestros pueblos
y comunidades tener su propia voz en el concierto cinematográfico
universal.
No es la primera vez, y tampoco será la última,
que en un evento de esta naturaleza se invita a artistas,
funcionarios, distribuidores, y promotores culturales
a debatir, intercambiar experiencias o buscar soluciones
sobre estos problemas que tanto han golpeado la imagen
de nuestro continente.
Aunque hoy todos parecen ponerse de acuerdo sobre la
protección de las diversidades culturales, empeño
al que organizaciones como la UNESCO viene dedicando,
foros, especialistas y valiosos presupuestos, la realidad
ofrece pocas alternativas funcionales que permitan a
nuestros pueblos encontrar su propia representación
e identidad en la pantalla. Y es que precisamente, en
esa funcionalidad, puede estar el quid del problema
sobre el que los panelistas invitados en la mañana
de ayer, hicieron hincapié.
La llamada democratización de las nuevas tecnologías,
la apertura de escuelas de cine, la gran cantidad de
festivales y muestras alternativas (el Cine Pobre es
uno de ellos) o los discursos socioculturales que desde
los años sesenta vienen produciendo un cambio
sustancial sobre los asuntos de género, raza
y sexualidad, han transformado el audiovisual contemporáneo
y generado todo tipo de expectativas, y posibilidades
creativas, para los hombres y las mujeres de cine en
todo el planeta. Sin embargo, los materiales audiovisuales
producidos bajo estos presupuestos artísticos
o conceptuales, no llegan a los lugares que deberían,
pues para influir o cambiar las maneras de entender
el mundo contemporáneo, para que el llamado de
las minorías encuentre eco en las grandes masas
poblacionales —o influya en las decisiones legales
o estatales que en definitiva marcan el ritmo de la
vida en el planeta— hacen falta todavía
no solo sueños o ideas, sino sentido práctico
y conocimiento real de las respuestas, que a nivel de
conciencia e interpretación se operan en los
espectadores del mundo.
Las
voces de una comunidad indígena sobre los acuciantes
problemas que los acosan, no solo deben encontrar eco
en su propias comunidades o regiones, de hecho es allí
donde menos significación pueden tener, pues
se trata en definitiva de eventos que ellos mismos dominan
y sufren. Con acierto, Stefan Kaspar (Grupo Chasqui)
llamaba la atención sobre “las energías
que los cineastas, de la región latinoamericana,
despliegan en la creación de una obra audiovisual
que más adelante debe rentabilizarse en su adecuada
distribución continental”, es decir en
la medida que esos problemas o interrogantes, esa mirada
otra, ese deseo de integración, encuentre espacio
en las salas y yo diría, no solo en pequeños
locales estos fenómenos podrán ser conocidos
y generarán verdaderos cambios.
“No deben existir jerarquías culturales
en el mundo de hoy”, tal es la opinión
de Frédéric
Vacheron, representante de la UNESCO, quien relató
las experiencias que la organización ha tenido
en la representación de la imagen audiovisual
de los pueblos indígenas, dentro de una visión
muy contemporánea donde el término cultura
parece estar más asociado al discurso antropológico
que a las bellas artes. Humberto Solás en ese
sentido planteó la interrogante sobre “cómo
preservar justamente esa identidad indígena,
si el espectador está contaminado”, en
clara referencia a los mecanismos de recepción
de las obras audiovisuales, cuando son apreciadas por
un receptor identificado con los códigos y modelos
de representación, impuestos por las grandes
productoras y las industrias oficiales. Lisette Vila,
desde su vasta experiencia en diversas comunidades y
grupos sociales de la Isla, insistió en la necesidad
de “respeto por la individualidad dentro de esas
mismas concepciones sobre la diversidad cultural”,
en clara alusión a los peligros que se ciernen
sobre tan importante debate, cuando algunos pretenden
encontrar también bajo ese manto una homogenización
cultural. En ese sentido, la realizadora habló
de su trabajo con los llamados grupos de riesgo, los
seropositivos, los transexuales y homosexuales, hombres
y mujeres que todavía se sienten discriminados
y olvidados por los propios medios, los mismos que abogan
desde un discurso integrador por escuchar sus demandas,
tal vez recordando aquello que reza: de buenas intenciones
está empedrado el camino al infierno.
Gustavo Arcos Fernández-Brito
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Las
películas deben emocionar, hacer memoria
asegura Porfirio Enríquez, director del Festival
de Cine Iberoamericano de Huelva
e
invitado especial a la cita del Cine Pobre. Director
de fotografía de tres filmes cubanos, Gallego,
Yo soy de dónde hay un río y Miel para
Oshún, defiende los postulados del presente festival
y sus logros a partir de claras fronteras entre el cine
comercial y la vertiente llamada pobre.
“En primer lugar existe la frontera del talento.
Nuestra principal discusión se basa en que el
llamado Cine Pobre puede llegar a ser rico, y en algún
momento lo será. Las obras tendrán mayor
difusión y, por supuesto, más público.
Un cine con pocos recursos no tiene porqué tener
una difusión
escasa, para ello es necesario conocer perfectamente
las tecnologías, porque así llegamos a
un número mayor de personas.”
¿Qué piensa del cine pobre que se realiza
en Cuba y otros países de América Latina?
Es fabuloso. Es un cine memoria. Por ejemplo, Gabriel
García Márquez, desde la literatura, se
inventa unas historias que prácticamente podrían
ser vividas. De hecho al llevarlas a las pantallas parecen
reales.
Y esta me parece una de las razones fundamentales por
las que el cine latinoamericano funciona en Europa y
Estados Unidos. Muchos dicen que es diferente, yo mantengo
que el secreto está en contar historias de gentes
normales, ni más altas ni bajas. Se trata de
personajes gordos, delgados, feos… comunes.
Este cine jamás habla de una araña que
se come las personas, los aviones y los coches, porque
no tienen ninguno de estos elementos. Somos los únicos
países de Latinoamérica que estamos trasmitiendo
nuestra historia y cultura en el cine. Cuando los norteamericanos
ruedan lo hacen en las calles, sino en un estudio que
simula una calle, y eso es decoración. No aporta
a la memoria futura.
¿De cuáles vertientes y realizadores anteriores
es deudor el cine pobre?
Sobre todo de la novel vague, del neorrealismo italiano,
por mencionar ejemplos. También de grandes cineastas
como Raoul Coutard, Néstor Almendros, artistas
que han hecho películas sin recursos de ningún
tipo. Todos le han dado a Humberto (Solás) el
valor suficiente para definir este cine como pobre.
Es necesario reconocerlo, porque, por ejemplo, yo pertenezco
al primer mundo y esta expresión me suena muy
fuerte, pero está muy bien.
Y Gibara, ¿qué es para usted?
Tuve la suerte de conocerla en el año 2000, durante
el rodaje de Miel para Oshún, y lo que más
me atrae, a parte de la ciudad que es una belleza, son
sus personas. Me quedé atrapado, hace un rato
le comenté a Humberto (Solás) que la próxima
película tenemos que rodarla aquí. La
prueba está en que he complicado a mi mujer y
a mi hija para que la conocieran.
Siempre estoy dispuesto a hacer cine con realizadores
cubanos, es una vieja deuda de familia. Mi abuelo materno
descansa en Matanzas.
Martha María Montejo
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El
día que filmó deMoler
Alejandro Ramírez ya tenía en su haber
varios trabajos audiovisuales
en los que mostró su talento y vocación
por explorar, desde una perspectiva antropológica,
las relaciones entre los seres y el mundo que los rodea.
No es de extrañar entonces que el joven realizador
dirija su mirada ahora hacia uno de los fenómenos
de mayor dramatismo y relevancia de los ocurridos en
el último decenio en nuestro país: la
reconversión de nuestra principal industria,
la fabricación de azúcar. Cuando uno se
sumerge y se deja llevar por las imágenes y testimonios
que Demoler nos ofrece, percibimos que estamos ante
un fenómeno de gran magnitud para la historia
de Cuba. No viene al caso aquí señalar
lo que ha significado, por espacio de al menos tres
siglos, el cultivo de la caña de azúcar
para la economía y la cultura nacionales.
Bastaría solamente recordar cómo nació
en la isla el concepto de nacionalidad, gracias justamente
a los beneficios que de este producto podían
obtenerse.
Cuba siempre fue un país azucarero y buena parte
de su cultura, especialmente la que se ha desarrollado
en vastas zonas rurales, ha quedado marcada por este
fenómeno.
Las aristas de este hecho son muchas, y variadas son
también las opiniones que sobre este suceso pueden
escucharse, sin embargo Alejandro Ramírez, decidió
concentrarse en recoger los criterios de los más
afectados, la gente que por decenios ha entregado toda
su vida y sueños al trabajo en los centrales
y cañaverales. Justamente ese es uno de los méritos
de este documental, darle voz a los que más tienen
que decir, no a las autoridades, o al funcionario que
toma decisiones en una oficina a cientos de kilómetros
de la tierra. Aquí no escucharemos cifras, ni
estadísticas, ni por cientos de productividad,
no es una obra didáctica, ni un reportaje; es
un sentido material que incita a pensar, sobre los destinos
de nuestra nación, de su gente y de su identidad.
Demoler
fue la tesis con la que se graduó Alejandro Ramírez
en la facultad de Comunicación Audiovisual del
ISA. Su mirada es asentada, el ritmo, pausado, el tono
no exento de melancolía y deja vu, decisiones
artísticas que no carecen de sentido, pues conducen
el relato por el camino de la observación y la
reflexión, fórmulas comunicativas que
se acercan más a la autoconsciencia que a la
complacencia, y en ese sentido adquiere relevancia el
trabajo de Orlando Pérez, en la edición,
quien recurre al discurso asociativo, relacionando elocuentes
testimonios de los sujetos entrevistados, con dramáticas
escenas donde el central es desmantelado, operación
que por cierto se nos va develando de forma paulatina
en la segunda parte del material.
La secuencia del aula es precisamente una de las más
acertadas. En ella las imágenes hablan por sí
solas: un grupo de trabajadores de la industria intenta
aprender algunas operaciones matemáticas, pero
sus rostros, gestos y miradas no pueden ser más
elocuentes, despertando todo tipo de interrogantes en
el espectador sobre el futuro de estos seres y su “pacífica”
reinserción en otras labores agrícolas
o sociales. El hecho adquiere una connotación
trágica sobre todo cuando, subjetivamente, nos
situamos en el mundo de estos seres, enfrentados de
forma inexorable a su propio destino.
Y es que de eso se trata: de mostrar los conflictos
de la realidad, y no tratar de pasar por mero observador
imparcial. Cuántos documentales vemos cada día
que solo se regodean en lo conocido y lo supuesto, utilizando
formas retóricas y sujetos sin conflictos, palabras
nobles y finales edulcorados, pero a los que nunca se
les ve la fibra, el sentido de provocación o
la voluntad de hurgar en el flujo de la vida, para intentar
develar, siquiera meramente, los conflictos, el lado
oscuro de nuestra existencia.
Gustavo Arcos Fernández-Brito
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Nuevo
espacio interactivo
se abre en el Festival Internacional del Cine
Pobre,
A partir de hoy mismo, siempre a las 6:00 de la tarde,
y en la Casa de la Cultura gibareña. Se trata
de una sección pensada para la navegación
colectiva, o mejor dicho, para que todos los interesados
nos adentremos en el Videoarchivo del Festival, DVD
en el cual se incluye copiosa y completísima
información sobre la primera edición de
este evento.
El DVD cuyos secretos apreciaremos hoy, y en los días
siguientes, contiene el documental completo de Fernando
Carapella sobre los principales momentos de la primera
edición del Festival, amén de seis largas
entrevistas con personalidades como Humberto Solás,
Julio García Espinosa, Omar González y
Thomas Krempke, entre otros, a propósito de los
grandes temas del Festival, es decir, cine de bajos
presupuestos, digital, impacto democratizador de las
nuevas tecnologías, el problema de la distribución
del cine pobre, etc.
Además de exhibirse el documental, y de proporcionarnos
la ocasión de rememorar los principales conceptos
que animaron la primera edición del Festival,
en este espacio interactivo se explicará con
ejemplos qué está haciendo ahora el grupo
de Carapella, encargado de fijar en soporte digital
la memoria de estos encuentros, y se ofrece la irrepetible
oportunidad única de consultar una base de datos
única en su contenido, pues solo aquí
se archiva y se exponen las muchas ideas que nos han
animado durante tres años, así como su
evolución. Con todo este contenido antes se hubiera
preparado un volumen de muchas páginas, con unas
cuantas fotos. Ahora se ha preparado un DVD, que contiene
muchas veces más la cantidad de información
del supuesto libro, que contiene muchas más imágenes,
en fin, una obra que consigue atrapar el espíritu
vivo de estos encuentros. A nuestra disposición
queda.
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Lisette
Vila está apasionada
con el tema de la diversidad cultural y sexual; su pasión
comporta una actitud pacífica
pero de inclaudicable defensa de sagrados valores, como
lo demuestra en una de sus más recientes obras:
Sexualidad, derecho a la vida, que ahora concursa en
el Festival Internacional del Cine Pobre y que podremos
ver en las pantallas dedicadas a este efecto.
El documental está resuelto desde la técnica
expositiva de la entrevista, que se torna acuciosa,
reveladora de los mínimos gestos, cuando se acerca
a cada uno de sus protagonistas: un grupo de travestis
de distintas razas, que han encontrado el respeto y
la aceptación tan necesarios para todos los seres
humanos en el Centro Nacional de Educación Sexual,
un plan de acción del fondo global de la ONU
contra enfermedades de
transmisión sexual y SIDA.
Además
de ese testimonio veraz, y recogido con efusión
y de primera mano, el documental incluye otras muchas
secuencias en las cuales se torna más observacional,
“objetivo”, y propone a sus protagonistas
(gente lastimada, hiperestésica, acostumbrados
al fracaso y la derrota) prestos a crecerse y a empezar
de nuevo, a cambiar de vida, a mirarse sin petulancia
ni autoconmiseración. Tenemos a Lisette Vila
en Gibara, y por ello me pareció mejor que ella
hablara directamente con los lectores de Cine Pobre
Hoy.
Conversar con Lisette, sobre cualquier tema es un placer,
por lo menos para mí siempre lo ha sido. Aunque
no siempre estamos de acuerdo ni mucho menos, el caso
es que ella es de esas personas a quien uno termina
agradeciéndole su afecto sin amnesias de ocasión,
su canto al porvenir, su telúrica entrega a las
causas que ha defendido con sudor, alegría y
hasta sangre si fuera menester.
Dicho en pocas palabras: Yo me declaro fanático
de la gente apasionada y sincera, y por eso me gusta
tanto Lisette, porque es de verdad desde los pies a
la cabeza, y ella es la primera que no va a permitir
que nadie se equivoque a ese respecto. No interferiré
en el diálogo de esta importante realizadora
cubana con su potencial público del Festival,
como tampoco me gusta que nadie interrumpa cuando Lisette
me cuenta de los temas que de veras la atañen,
y que siempre terminan siendo, gracias a su calor y
elocuencia, medulares también para mí.
“Estoy convencida que mi documental está
profunda y orgánicamente vinculado al tema de
la diversidad cultural y al espíritu que anima
este evento, porque en este nuevo siglo uno de los desafíos
que se nos presenta es comprender con precisión
la profunda coherencia que existe entre las opciones
sexuales individuales, y la diversidad cultural entendida
desde los grandes colectivos humanos, es decir, la comunidad
en que se habita, el país, el mundo.
La UNESCO ha venido promocionando un discurso de fomento
a una cultura de la paz, pero tiene que existir también
el convencimiento de que ese concepto se construye de
manera personal, individual e intransferible”.
“Mientras las personas vean la diversidad, y hablen
de ella, como algo ajeno, para los otros, sin incluirse,
sin comprometerse, no habrá armonía y
seguirá existiendo la exclusión.
Todos somos parte de la diversidad cultural, todos,
absolutamente todos, y por lo tanto más que seguir
hablando de ella desde los estrados y los eventos, tiene
que formar parte de la vida diaria de la gente, y del
modo en que todos nos vemos a nosotros mismos”.
“Pienso a pie juntillas que la heterosexualidad
no es un valor en sí misma, y por tanto no confiere
derechos para que alguien juzgue o menosprecie a los
que no son como él o ella. Solo fortaleciendo
los espacios de la espiritualidad, y rindiéndole
tributo a lo bueno que todos llevamos dentro, tendremos
la posibilidad de fomentar un cambio necesario de estilo
de vida, de modo que logremos entrelazar conciencia
y sentimiento, y así instaurar en nuestras existencia
el respeto inalienable al otro y a la otra, la mejor
manera de alcanzar el progresivo mejoramiento humano.
Si no hay respeto a los demás, a los que son
distintos de uno, todo lo que digamos sobre diversidad
y aceptación quedará en el plano de la
retórica.”
El documental Sexualidad, derecho a la vida ha participado
en el Foro Social de Porto Alegre (Brasil), donde fue
elegido en el taller de clausura del Foro, y también
ha sido exhibido en un microcircuito en Nueva York,
consagrado a estos temas de la diversidad sexual y racial,
y en el Congreso Mundial de Sexualidad, en Toronto,
Canadá. Lisette Vila me dijo que no fuera a dejar
de decir que este Festival le parece un lugar idóneo
para exhibir su documental, y para hablar de diversidad,
que vienen a ser dos operaciones conectadas profundamente,
pues el hecho de que ocurra en un pueblo del interior
del país, donde participan tantos cineastas preocupados
por democratizar la profesión sin dejar de tocar
grandes temas humanos, resulta una seducción
a la cual ella no quiso ni pudo resistirse.
“Gibara es el escenario por excelencia de la diversidad”,
me dijo profundamente convencida, como dice todas las
cosas.
Joel del Río
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Como
libro vital
para la creación y distribución del Cine
Pobre
puede definirse el texto Cine, cultura y nuevas tecnologías,
editado por la Oficina Regional de Cultura para América
Latina de la UNESCO, y el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.
Presentado durante las sesiones del Festival de Cine
Pobre, el manual propone un compendio de conferencias
de varios críticos y especialistas impartidas
durante el Seminario de reflexión sobre los medios
audiovisuales, diversidad cultural e identidad ante
los retos de las nuevas tecnologías, que sesionó
en La Habana en diciembre del 2002.
En sus páginas, resaltan disertaciones dedicadas
a Nuevas tecnologías, fuente de libertad, de
Alfredo Guevara; Revolución digital, globalización
y ética, de Ignacio Ramonet; Impacto político
de las nuevas tecnologías, de Enrique González
Manet, entre otras.
Cada tema tratado deviene esencial para los procesos
de creación y distribución del llamado
Cine Pobre, necesitado con urgencia de la debida apropiación
de los novedo- sos avances tecnológicos. Lo anterior,
no desestima poner en tela de juicio los fenómenos
“desidiologizantes” y la pérdida
de auténticos valores culturales y éticos
que suelen ocurrir en varias ocasiones en el trepidante
mundo digital.
Sobre esta última idea, Ignacio Ramonet, director
de Diplomatique , reflexiona ingeniosadad al decir:
“La revolución digital ha favorecido la
globalización de los mercados, de los circuitos
financieros y del conjunto de redes inmateriales, así
como la desregulación radical”.
Desde un punto de vista más cercano al cine,
el realizador cubano Daniel Díaz Torres en su
conferencia Reflexión agnóstica de un
usuario lego de las nuevas tecnologías, alude
a la necesidad impostergable de que siempre sea un artista
el involucrado en las creaciones vinculadas con las
nuevas tecnologías.
El director de Alicia en el pueblo de las maravillas,
Quiéreme y verás, Kleines Tropicana y
Hacerse el sueco, refiere: “Podrán ser
técnicos calificados, ingeniosos operadores de
equipos electrónicos (y digitales), hacedores
de curiosas y elegantes imágenes, constructores
de calidoscopios de efímera fascinación,
pero no verdaderos artistas (…) poco aptos para
la compleja defensa de identidades culturales propias”.
Martha María Montejo
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Participantes
Opinan
A Cargo de Sayonara Tamayo
La importancia
de este festival está en todo lo que puedo aprender.
Aprendo permanentemente de ustedes. Son dificultades
muy parecidas a las que tenemos nosotros, pero a nosotros
nos falta probablemente lo que más seduce: la
poesía. Este festival permite transmitir lo que
se hace: transmitir, contar, comunicar. Yo soy comunicadora.
Me causa mucha curiosidad esta reunión. Me alienta
mucho eso de llevar lo que hacemos más allá
de donde estamos. El año pasado cuando vi el
término del encuentro me dije: “esto hay
que moverlo”. Moverlo quiere decir, por ejemplo,
el hecho de realizar una muestra del Festival Internacional
de Cine Pobre en otras partes. Eso, por supuesto, revierte
una importancia grandísima para el cine indígena
porque probablemente va a haber material relacionado
con el cine andino. Mariella Stuart
(Miembro del jurado en la categoría de guiones
inéditos y proyectos en progreso)
No tengo
otra forma de hacer cine. Esa es mi identificación
con el Festival. Si tuviera mucho dinero haria “cine
de ricos”. Es un problema de contexto. Por eso
creo que mucha gente en Cuba hace películas de
este tipo. Una parte importante del cine de bajo presupuesto
radica en la independencia que te permite, ya sea la
independencia del acto de filmar, de escribir un guión,
de hacer lo que tú quieras y no tener que pasar
por las instituciones. El gran premio para Waldo Capote
y para mí está en que nuestra película
fue escogida para abrir el Festival. Lo importante es
que hicimos una historia y la pudimos contar. Tuvimos
también la oportunidad de que la gente la viera.
Esa es la razón de ser de nosotros como realizadores:
comunicar, contar una historia. Todos tenemos una historia
para contar. Armando Guerra (Realizador
cubano, en competencia con el filme Für María)
Para
los jóvenes esta es una experiencia muy buena.
Este Festival con sus muestras, con las personas que
aquí se conocen, te da la posibilidad de que
te empiece el “cosquilleo” ese de tú
también hacer, de tú también comunicar.
De hecho demuestra que con poco se puede hacer mucho
y con calidad. Siempre sin perder la perspectiva, con
mucho o poco, de que hay que hacer arte. Fuera de todo,
eso es lo que debe primar. Para todos es una gran experiencia.
La gente puede escoger a Gibara como una especie de
paraíso, no solo para el trabajo, sino para el
disfrute y eso no se debe perder de vista. Este lugar
me encanta. Ojalá que viva muchos años
y que crezca. Y que nosotros lo hagamos crecer.
Jorge Herrera (Estudiante del Facultad
de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior
de Arte)
Este
tercer encuentro solidifica el espíritu que se
persigue con la idea del Festival. La convocatoria es
mayor. Mi relación con el cine pobre ya es “crónica”
en el sentido de que es una plaza fuerte para poder
irradiar todas las inquietudes de los realizadores que
pasamos muchas “odiseas” para poder llegar
a terminar la obra. Este año el festival ha traído
un verdor, no solo el de la lluvia, sino el de lo interesante
del intercambio con los realizadores, que estamos como
atrapados en esta hermosa ciudad y eso es lo que hace
al Festival más íntimo, más personal.
Podemos intercambiar mucho sobre lo que se está
haciendo, sobre los grandes problemas de estas producciones
que se tornan difíciles en cuanto a la distribución.
Mi documental Mujer que espera se hizo con mucho trabajo,
pero con muchos deseos. Agradezco la participación
de personas muy profesionales del medio como el director
de fotografía Carlos Rafael Solís e Isabel
Santos. En eso también radica el carácter
humanista del Festival: en que personas que están
acostumbradas a trabajar con la impecable factura del
celuloide se sumen a estos proyectos por pasión
y amor al cine. En sentido general, se está revolucionando,
en el cambio de visión de personalidades grandes
que están apostando por apoyar a realizadores
jóvenes y a proyectos humildes, pero con contenido.
Carlos Barba (Realizador cubano, en
competencia con el documental Mujer que espera)
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