El
cronista andarín que me precediera en trajines de Cine
Pobre, puso a esta sección “El Desayuno de Hoy”
y se autodesignó “El Caminante”; más
yo, reconociéndome apenas un continuador, y por las
razones que expongo enseguida, opto por colgarle nombre nuevo
y cambiar pie de firma. Hay una, de ética elemental:
no quiero robarme nada ni apropiarme de reputaciones y famas.
Que juzguen desaciertos míos y virtudes propias. Que
no hay cuatro pies de hombre que se asemejen, aunque recorran
las mismas calles. Tampoco evento que se clone intacto de
año en año, y el Festival de entonces no será
nunca el mismo de hoy. Otra: que ni cayendo ante sus
ojos en la primera hora, el lector probable hará más
caso a estas letras que al pan de la mañana. Ni me
lo imagino un monsieur que engulle calmo el grueso
periódico entre sorbos de café, bajo un toldo
de la rue de Montmartre. Sino inquieto, como la gente
de Cuba, leyendo su diario de cintura estrecha en los tiempos
de espera, o mientras se acerca el duro mediodía y
se busca urgente un pasatiempo para desoír lamentos
de tripas.
Y una tercera, cuñada
de la anterior: ¿acaso encontrarse la palabra “almuerzo”
no provoca gustativas sensaciones, recuerdos de menús
topados y premoniciones de siestas? Buen estímulo tal
vez así fuera para continuar la jornada entre tardes
de cine y noches de concierto. Y el número detrás,
que marcaría la entrega de estas crónicas, presumo
será acicate para los espíritus coleccionistas.
Todavía me resta una cuarta: Que a mi predecesor
las aguas que rodean a Gibara, le traía reminiscencias
del Mar Egeo y el espíritu inmortal de los griegos.
Pero a mí, si bien gustador de Iliadas y Eneidas,
confieso que “la fermesura de estas terras” me
deja impávido, y apenas atino a citar al humilde Sócrates:
“Sólo sé que no sé nada.”
El peregrino descalzo
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