El
documental más parece una sinfonía que un documental.
Quiero decir, se parece a una sinfonía escrita por
el mejor de los músicos, escrita sobre el tema que
ha debatido y dividido a la humanidad por siglos: la tierra.
Los jóvenes realizadores españoles Susana Collantes
y Antonio Palomares presentaron en la mañana de este
miércoles en el cine Jibá, de la Villa Blanca
de Gibara, el documental titulada La tierra prometida, un
estudio de esta problemática desde el punto de vista
de los campesinos brasileños que integran el Movimiento
Sin Tierra.
La tierra y todo lo que ella
significa para los hacendados, para los pobres, para los que
producen y no ven que la riqueza social vuelve a ellos, para
los niños que deben jugar con latas y trastos viejos,
para los que han luchado toda la vida por tener sólo
una parcela donde producir y sentirse también dignos,
necesarios.
La tierra prometida, con una
fotografía que escarba en los pliegues más profundos
de los sentimientos de los campesinos, de los luchadores del
Movimiento, se detiene también en una bombilla cercada
por insectos voladores, mientras tres personas se protegen
de la violencia de cada noche – financiada, organizada
por los grandes terratenientes del Brasil.
Pero no es sólo un crudo
testimonio de la dura realidad de los pobres de Nuestra América,
es también un canto de optimismo de los que no cejan,
con humildad, con paciencia, con sabiduría aprendida
en la lucha, pero no cejan. En ellos vive la convicción
de que lo único que pueden dejarle a sus hijos para
que vivan una vida digna es, un pedazo de tierra.
La belleza de la naturaleza
brasileña y por contraste, la desolación de
los inmensos terrenos abandonados a la maleza, a la improductividad,
es otra de las variaciones de esta impactante sinfonía
fílmica.
Según declararon los
autores a los asistentes a la exhibición, “Brasil
es el país con mayores desigualdades en el reparto
de los recursos naturales y los medios de producción.
Casi la mitad del terreno cultivable está en manos
del 1% por ciento de propietarios, dando lugar a extensos
latifundios en su mayoría baldíos o dedicados
a pasto para el ganado. Sólo el 14% está destinado
a la agricultura. Mientras tanto la población rural
emigra a las grandes ciudades y se hacina en cinturones de
miseria y marginalidad. 60 millones de personas pasan hambre
en Brasil”.
Sin dudas, una demostración
de que este tipo de cine pobre, alternativo, de autor, o como
usted quiere llamarle, está destinado a desempeñar
una función muy importante en el trabajo con realidades
que a veces los grandes medios de comunicación desean
obviar o reflejar sólo de pasada.
Josué Martínez
Sánchez
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