Hablo
como espectador. Es obvio que no quiero ni espero del Cine
latinoamericano aquella Hollywood patética de que ha
hablado Humberto Solás recientemente en un Festival
en España. Lo que no quiero está clarísimo:
ni violencia gratuita, ni vulgaridad, ni sexo como excitante,
ni intrigas ficticias. No quiero alienación. Todo lo
contrario. Así como confiesa Rossana Rossanda, quiero
ver cine como cuando era niña, para que me dé
el sentido del mundo y de la vida; no quiero seguir consumiendo
imágenes sobre imágenes de una perfección
formal como pocas veces se ven la realidad. Hace pocos días,
iba por una bella autopista de la costa amalfitana en una
espléndida mañana de primavera, cuando tuvimos
que parar y seguir muy despacio porque acababa de ocurrir
un accidente y, a nuestro lado, en el asfalto yacían
tres jóvenes motociclistas muertos con sus cascos y
sus tutas de colores brillantes. No había sangre en
el pavimento y aquellos cuerpos inanimados no lograban cobrar
realidad. Los observé como se observa la escena de
un film, como una cuota más de los muertos virtuales
cotidianos que nos ofrecen el cine, la televisión y
los periódicos.
Del Cine Latinoamericano espero,
pues, que me devuelva el principio de realidad, que me ayude
a salir de la virtualidad ilusoria para que pueda volver a
tomar conocimiento de la realidad y de la verdad. O por lo
menos de aquella parte de verdad que podemos llegar a conocer.
Quiero que sea un cine que sepa transmitir materialidad, que
ofrezca imágenes que no sean dictadas o impuestas por
el mercado (sexo, violencia, poder), que sean imágenes
del mundo ancho y ajeno, que me acerquen a nuevas fronteras,
que no sean meras tomas perfectas de algo que se parece siempre
más a un lindo escaparate, a una escena inanimada y
siempre menos a la realidad de nuestro mundo globalizado y
sin embargo, reino de las diversidades.
L‘illusion cinematographique,
aquel embrujo que nos hace creer que la realidad es una invención
y la vida un guión, y que los sueños son siempre
mejores que la realidad, nos ha hecho soñar mucho en
nuestras Arcadias, en la oscuridad de los cines d’antan
donde entrábamos para olvidar lo cotidiano y perdernos
en la aventura narrada. Ahora, la multiplicación vertiginosa
del embrujo, a través de la televisión, los
videos, los DVD, nos está robando, por exceso, independencia,
espíritu crítico y capacidad de resistencia.
Saturada, ya, de ilusiones, harta de recordar que la Vía
Veneto que Fellini reconstruyó en Cinecittá
para su Dolce vita, y que es la que nuestro imaginario
reconoce, no era cuesta arriba, como en la realidad, sino
en llano, por lo cual Fellini podía hablar del “inútil
realismo de la realidad”.
Recuerdo todavía una
tarde lejana en que, a falta de mejores programas, me metí
en el cine La Rampa, de La Habana, para ver Roma Cittá
aperta de Roberto Rossellini, absolutamente convencida que,
cuarenta años después, aquella historia patética
y lejana me dejaría por completo indiferente. No fue
así. Anna Magnani que corre detrás del camión
que se está llevando preso a su hombre, el niño
en los brazos del cura Aldo Fabrizi y luego el fusilamiento,
me hundieron en un llanto desesperado, removiendo toda mi
indignación contra la prepotencia nazi.
Todo el poder comunicativo
del Neorrealismo, su carga ética, su denuncia, su mirada
solidaria con los pobres de la tierra, su fuerza en trasmitir
el elemental mensaje, la obvia información de que los
seres humanos somos un inextricable nudo de maravillas y de
miserias —en los años ochenta— se mantenía
intacta. No sólo intacta, sino necesaria, tanto como
lo había sido en la Italia de los últimos años
de guerra y en la posguerra.
Proponer un retorno al Neorrealismo
italiano en el Tercer Milenio sería absurdo. Pero retomar
de aquella lección todo lo que fascinó a tantos
cineastas incipientes, desde Titón a García
Espinosa, a Birri, mantener vivas las lecciones aprendidas
por los maestros latinoamericanos, aprovechar de los nuevos
medios técnicos para estar sobre la imagen con la inmediatez
del documental, recordar siempre que el arte seduce y sugiere
y no debe necesariamente explicar; pienso que puede ser una
contribución a una estética y una ética
latinoamericana al paso con estos tiempos de cambios sorprendentes.
Y por ser Latinoamérica tierra de esperanzas, puede
ser el lugar que origine este cine alternativo, la propuesta
de otra forma de contar, sabiendo que perdura en el mundo
y es real, una condición de pobreza a partir de la
cual es siempre posible la creación artística,
la búsqueda de un lenguaje fílmico libre de
las trampas del mercado y que se oponga a la riqueza predatoria
de la profesión cinematográfica. |