Confieso
que tengo una marcada preferencia por el documental. Pero
no por cualquier tipo de documental. Soy tendencioso en mi
selección y eso se nota.
Prefiero aquellos en que el
realizador no violenta los espacios físicos y personales.
En los que existe una complicidad entre ambos. Un intercambio
feliz y mutuo. El realizador se convierte entonces en un ente
invisible, en parte de la decoración habitual del contorno:
no perturba, no compromete, no condiciona el orden natural
en busca de nociones predeterminadas.
En 25 Kilómetros,
documental de 19 minutos, realizado por Producciones Delirio
y la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior
de Arte se cumple esta fórmula. Su director, Jeffrey
Puentes, vislumbra el largo camino que recorren dos mujeres
todos los domingos para asistir a misa y llevar la hostia
a la madre que queda en casa. La narración cinematográfica
sigue el curso del día, cuando inician su recorrido
al amanecer hasta el regreso en la noche. Claro, el camino
no es más que el motivo que nos permite asomarnos al
universo de los protagonistas, y al espectador el ser otro
viajero que los acompaña en este viaje primigenio.
Es un aprendizaje del otro.
La fotografía está
impregnada de un suave respeto, de un ritmo lento apuntalado
por los cortes de la edición. De una humildad latente
en lo religioso.
El documental incorpora imágenes
de la vida cotidiana de estas tres mujeres, de cómo
tuestan el café, atienden un horno de carbón,
sirven la mesa, dan de comer a los animales o lavan. Pero
estos no son más que hechos mecánicos que se
reproducen con la entereza de las obligaciones. Que contrastan
con el fervor y el amor con que realizan sus obligaciones
religiosas. Las clases de catecismo que imparten, rezar, oír
Radio Católica Mundial y… caminar 25
kilómetros. Todo es una cuestión de fe, de “cómo
necesitan buscar en su vida, y de dónde tienen que
buscar”, y se reafirma con los carteles que ilustran
el recorrido, cuidadosamente elegidos en función del
discurso: “solo vencen los que luchan y resisten”;
“la patria necesita sacrificios”.
Jeffrey reconoce (y lo hace
con sensibilidad y mesura) el equilibrio existente en la savia
de estos personajes, y cómo la fe es tan fuerte para
nuclear toda la vida de una familia alrededor de esta.
El documental es entonces un
canto de reconocimiento a la identidad. A la diferencia y
el respeto.
Armando Capó
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