Cartel del IV Encuentro Atras ATRÁS CUBACINE

DIARIO DEL FESTIVAL

DÍA 20
> Alessandra Riccion: ¿qué espera del cine latinoamericano?
> A veinticinco kilómetros de la fe - Armando Capó
> La historia antihollywwod. Reflexiones - Juan Antonio Borrero
> Sin apartamento, pero con Karma - José Luis Estrada Betancourt
> Mucho, pero mucho corazón - José Luis Estrada Betancourt
> Uniendo nuestra voces, queremos cero pobreza - Rafael Grillo
> La ciudad del sol - Armando Capó
> Todo el mundo habla de... Hacer Cine Pobre
> Almuerzo No. 3 - El peregrino descalzo

LA HISTORIA ANTIHOLLYWOOD.
REFLEXIONES


A mediados de la década del treinta, cuando Hollywood logró hacer realidad ese período que hoy conocemos como “cine clásico”, ya se habían conocido varias alternativas audiovisuales a ese modelo de representación que, con el tiempo, terminó resultando dominante. De esa época se recuerdan las obras maestras del expresionismo alemán. También los experimentos de Vertov, Eisenstein y Pudovkin. La vanguardia vivió su período dorado.

Todos tenían en común el combate a un lenguaje que intentaba pasar por real lo que es hábil manipulación de emociones primarias y efectos ópticos. Sobre todo intentaban dejar a un lado la artesanía, para aproximar esta expresión audiovisual a un campo que se pareciera un poco más al “arte”. Ya desde entonces Hollywood simbolizó al cine de grandes recursos. El cine de los poderosos. Y ese contrapunteo estético posibilitó que, paralelo al desarrollo triunfante de la industria norteamericana (durante buen tiempo puntera en cuanto a ganancias) surgieran movimientos que, a toda costa, defendieron la identidad nacional. La historia del cine es, sobre todo, la historia de los intentos de desbancar al cine norteamericano del sitial que ocupa.

Creo que a todos nos queda claro que, detrás de Hollywood y sus galardones más aclamados (Oscar, Globos de Oro, etc), se esconde una operación ideológica que pretende legitimar su lenguaje como único, y que de manera subliminal siembra en el imaginario colectivo la sensación de que el orden que describe es eterno. Esta lectura política es legítima, si bien deja un lado la revisión crítica de aquellos momentos en que el propio sistema aprovecha sus oponentes a modo de anticuerpos y los hace suyo.

En otras palabras, olvidamos que Orson Welles hizo El ciudadano Kane en las entrañas del imperio. O lo que es lo mismo, olvidamos que el “cine moderno” (reacción bastante enérgica a lo que estaba proponiendo como intocable el “cine clásico”) fue preparado por el propio sistema hollywoodense. Bergman, Fellini o Visconti superaron ese cine porque lo habían visto. No lo ignoraron, sino que lo rebasaron con su autoría y talento personal.

Hoy que la posibilidad de hacer cine parece al alcance de un mayor número de personas se corre el riesgo de que, en aras de alcanzar una autenticidad estética ya para siempre anulada por los mercaderes del cine (y que no solo viven en Hollywood, valga aclarar), el lenguaje artístico se empobrezca. Porque una cosa es mirar la vida desde el lugar en que vivimos (y no desde ese que “los otros” adinerados han querido fabricarnos), y otra que hagamos de la pobreza expresiva un estilo, una identidad. “Cine pobre”, al igual que en su momento lo fue el “cine imperfecto” ha de ser un llamado a la autenticidad que cada creador lleva en sí, y que en tiempos de “espectadores masas” al por mayor, luce totalmente anestesiada.

En este sentido, lo que más agradezco de un espacio como el Festival de Gibara es la posibilidad de promover un diálogo sobre el audiovisual contemporáneo, un diálogo donde prevalece la mirada que hace de la complejidad el punto de partida para toda reflexión. Me consta que dejar a un lado los enfoques pedestremente binarios, esos que hablan de A (Hollywood) y B (los otros) como opuestos absolutos sin reparar que ambos están en el abecedario, ha sido una premisa de la obra de Humberto Solás, su principal animador.

En tal sentido, es fácil constatar cuánto de devoción cinéfila hay en cada obra de Solás, cuánto de enriquecimiento cultural se esconde detrás de cada una de las imágenes que conforman sus películas. Ese ejemplo que pregona con la obra concreta (y no con el lamento vano), acaso sea el paradigma ideal de un cine, pobre en recursos financieros, pero rico en referentes estéticos, en apropiaciones críticas que van desde lo más excelso de Visconti hasta las relecturas genéricas que del melodrama hizo en su momento Douglas Sirk.

La “pobreza irradiante” del cine latinoamericano debe partir de la conciencia de que, a estas alturas, existe al alcance de todos, un botín universal de imágenes y recursos comunicativos. Con esa conciencia podremos algún día desterrar de nuestros predios la hegemonía de aquel otro cine que siendo tan, pero tan pobre, solo puede mostrar como valor el dinero que ha costado hacerlo.

Juan Antonio Borrero


Atras ATRÁS

 

 



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