A mediados de la década del treinta, cuando Hollywood
logró hacer realidad ese período que hoy conocemos
como “cine clásico”, ya se habían
conocido varias alternativas audiovisuales a ese modelo de
representación que, con el tiempo, terminó resultando
dominante. De esa época se recuerdan las obras maestras
del expresionismo alemán. También los experimentos
de Vertov, Eisenstein y Pudovkin. La vanguardia vivió
su período dorado.
Todos tenían en común
el combate a un lenguaje que intentaba pasar por real lo que
es hábil manipulación de emociones primarias
y efectos ópticos. Sobre todo intentaban dejar a un
lado la artesanía, para aproximar esta expresión
audiovisual a un campo que se pareciera un poco más
al “arte”. Ya desde entonces Hollywood simbolizó
al cine de grandes recursos. El cine de los poderosos. Y ese
contrapunteo estético posibilitó que, paralelo
al desarrollo triunfante de la industria norteamericana (durante
buen tiempo puntera en cuanto a ganancias) surgieran movimientos
que, a toda costa, defendieron la identidad nacional. La historia
del cine es, sobre todo, la historia de los intentos de desbancar
al cine norteamericano del sitial que ocupa.
Creo que a todos nos queda
claro que, detrás de Hollywood y sus galardones más
aclamados (Oscar, Globos de Oro, etc), se esconde una operación
ideológica que pretende legitimar su lenguaje como
único, y que de manera subliminal siembra en el imaginario
colectivo la sensación de que el orden que describe
es eterno. Esta lectura política es legítima,
si bien deja un lado la revisión crítica de
aquellos momentos en que el propio sistema aprovecha sus oponentes
a modo de anticuerpos y los hace suyo.
En otras palabras, olvidamos
que Orson Welles hizo El ciudadano Kane en las entrañas
del imperio. O lo que es lo mismo, olvidamos que el “cine
moderno” (reacción bastante enérgica a
lo que estaba proponiendo como intocable el “cine clásico”)
fue preparado por el propio sistema hollywoodense. Bergman,
Fellini o Visconti superaron ese cine porque lo habían
visto. No lo ignoraron, sino que lo rebasaron con su autoría
y talento personal.
Hoy que la posibilidad de hacer
cine parece al alcance de un mayor número de personas
se corre el riesgo de que, en aras de alcanzar una autenticidad
estética ya para siempre anulada por los mercaderes
del cine (y que no solo viven en Hollywood, valga aclarar),
el lenguaje artístico se empobrezca. Porque una cosa
es mirar la vida desde el lugar en que vivimos (y no desde
ese que “los otros” adinerados han querido fabricarnos),
y otra que hagamos de la pobreza expresiva un estilo, una
identidad. “Cine pobre”, al igual que en su momento
lo fue el “cine imperfecto” ha de ser un llamado
a la autenticidad que cada creador lleva en sí, y que
en tiempos de “espectadores masas” al por mayor,
luce totalmente anestesiada.
En este sentido, lo que más
agradezco de un espacio como el Festival de Gibara es la posibilidad
de promover un diálogo sobre el audiovisual contemporáneo,
un diálogo donde prevalece la mirada que hace de la
complejidad el punto de partida para toda reflexión.
Me consta que dejar a un lado los enfoques pedestremente binarios,
esos que hablan de A (Hollywood) y B (los otros) como opuestos
absolutos sin reparar que ambos están en el abecedario,
ha sido una premisa de la obra de Humberto Solás, su
principal animador.
En tal sentido, es fácil
constatar cuánto de devoción cinéfila
hay en cada obra de Solás, cuánto de enriquecimiento
cultural se esconde detrás de cada una de las imágenes
que conforman sus películas. Ese ejemplo que pregona
con la obra concreta (y no con el lamento vano), acaso sea
el paradigma ideal de un cine, pobre en recursos financieros,
pero rico en referentes estéticos, en apropiaciones
críticas que van desde lo más excelso de Visconti
hasta las relecturas genéricas que del melodrama hizo
en su momento Douglas Sirk.
La “pobreza irradiante”
del cine latinoamericano debe partir de la conciencia de que,
a estas alturas, existe al alcance de todos, un botín
universal de imágenes y recursos comunicativos. Con
esa conciencia podremos algún día desterrar
de nuestros predios la hegemonía de aquel otro cine
que siendo tan, pero tan pobre, solo puede mostrar como valor
el dinero que ha costado hacerlo.
Juan Antonio Borrero
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