No es que los zapaticos me aprieten y las medias me
den calor, sucede en verdad que he visto tanta gente por el
mundo deseando huir de sus zapatos… además, descalzo
llegué hasta aquí y descalzo todavía
andaré buen trecho. Aclaro: es sólo
cuestión de comodidad y elección, no intolerancia
a los pies vestidos, porque alrededor mío estoy viendo
muchas personas de paso calzado que marchan bien, cámara
en mano. “El infierno son los demás”,
clamó Sartre el Existencialista (imagino que en noche
amarga), pero como reza el título de una película
argentina, vamos a salir a mirar “lo bueno de los otros”.
Me topo en el camino con Maese Juan Antonio, quien lleva al
pecho este mensaje: “¡Cuidado no cocinar western
refrito!”. Le pregunto por la sinopsis de ese plató
incomible y patético y me cuenta que: “El
forajido Holly Wood expolia a los pobres vaqueros del pueblo
Cinemá hasta que aparece Humbert, el Llanero a Solas…”.
Le ruego no siga, que a punto estoy de ser vencido por La
Naúsea del filósofo.
El peregrino descalzo
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