El
documental del realizador alemán Stefan Rocker, El
tren de la muerte, con una duración de 45 minutos
y una narración tanto visual como oral que roza en
ocasiones la poesía, y que nos conmueve hasta los tuétanos
desde el primer hasta el último minuto ha dado en Gibara
mucho de qué hablar.
Un estilo que recuerda a los
más audaces corresponsales de guerra. ¿He dicho
de guerra? Pues sí, porque la muerte de la que habla
Rocker, es la lógica consecuencia de una guerra diaria,
de cada minuto y segundo de esta vida, en la que los niños,
hombres y mujeres centroamericanos son los protagonistas.
Un tren que avanza, o se detiene
días enteros; hombres que hacen cientos de kilómetros
de viaje en incómodas posiciones, de pie, o subidos
a los techos de los vagones, a expensas de los accidentes,
las sistemáticas inspecciones de las policías
locales, de la agresividad de los pandilleros, a expensas
también de la corrupción policial. Todo este
rosario de peligros, afrontado con un sueño entre ceja
y ceja: cruzar la frontera de México con los Estados
Unidos -- el american way of life.
Este sueño americano
que los encandila allá en sus míseras chozas,
en los bohíos donde dieciocho o veinte personas viven,
o malviven, esperando algo o alguien que les cambie sus vidas.
Si alguno de los que leen este
artículo se reconoce desconocedor de la realidad latinoamericana,
de la pobreza de este continente dividido en sí mismo,
que vea El tren de la muerte.
Hay que agradecerle a Rocker,
a Thorsten Thiclow, director de fotografía, un relato
que no fatiga y en el que cada “receso” de la
tensión, se constituye en un elemento más para
comprender las terribles consecuencias de este suicidio en
forma de viaje.
Al final, después que
han quedado atrás cuerpos destrozados, inválidos
para siempre, desaparecidos, mujeres presas o violados, después
que hemos llegado a tener certeza de que estamos en presencia
del lado mortal de estos sueños, unos pocos hombres
se quitan las ropas, deciden nadar en un río violento,
igualmente letal. El objetivo: un trabajo por poco remunerado
que sea. El anhelo que sólo tres o cuatro podrán
lograr: el de la dignidad humana. Para ellos no hay vuelta
a atrás, de lo que se trata es de una guerra contra
la miseria en la que te puede sorprender a cada paso la inesperada
muerte.
Josué Martínez
Sánchez
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