Dicen
los números que solo un 5% del espacio global destinado
a la proyección cinematográfica mundial pertenece
a lugares que pueden ser considerados independientes del sistema
de distribución norteamericano, una cifra que metafóricamente
puede ser comparada con una isla en medio del planeta o con
una sola estrella si pensamos un poco más en lo universal.
Para colmo de prepotencia, algunos poderosos neoliberales
aseguran públicamente que esa ínsula también
pretende ser conquistada por el control homogenizador de la
imagen, lo cual implicaría segar la luz libre.
Gibara, desde que acogió
al Festival Internacional de Cine Pobre, pasó a ser
otro de los pueblos que conforman esa pequeña nación
nómada, negada a la mutilación mortal de la
diferencia. Reunidos en su Foro debate, artistas, productores
y espectadores decidieron pensar sobre las posibles maneras
de defender la identidad creadora que representa la imagen
de ese cine de autor, hoy igualmente poetizado aquí
con el concepto de “pobreza”, tan contrario incluso
a la abundancia de imaginería a que obliga la austeridad
económica que lo define.
“Encontrar el otro campo
de batalla” para “entrar en resistencia, porque
de ella nace la invención” fue de una de las
más claras ideas expresadas en los discursos de ese
Foro. El cine pobre no ha de desgastarse en la pretensión
de acceder a las cuentas del 95 %, sino creer y crear más
para hacer crecer en toda extensión ese otro minúsculo
porciento; ser consecuente con esa posición de existencia
necesaria para la salvaguarda del legítimo honor del
autor y su espectador.
No se puede caer en la maquinación
confusa y desenfocar el empeño. No es combatir desde
la isla para provocar una asimilación indiferente dentro
del resto mayoritario. Es pertenecer a ella como la opción
posible y necesaria de encontrar esa otra película
que se desea y disfruta al lograr una relación coherente
entre lo que se tiene y demanda la profundidad de una imagen
que ha de conservar memorias de un tiempo singular o de un
proceso cultural digno de proteger y exaltar.
Hacer bajo esa luz implica
sobrepasar las tecnologías, asumiéndolas en
su pluralidad como complementos de una creatividad conceptual
y espiritual definida, determinante, que pondere al formato,
e incluso, ante la posibilidad del recurso técnico
no abandonar por él las exigencias de la idea, la historia
y la pertinencia estética.
El único deslumbramiento
dable al autor es el demandado por el propio orgullo de la
imagen a perpetuar y lo que ella representa. Para quienes
habitan la ínsula del cine pobre el lamento no es la
actitud ante las opciones solventes de materiales, distribución
y mercado que la globalizada industria deniega a los independientes.
Construir la alternativa propia para esa libertad y propiciar
el acceso a esta zona de resistencia, engrandecen más
la pertenencia a este campo de batalla por la existencia del
arte.
Andrés
D. Abreu
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