Humberto
camina con su tropa de “locos soñadores”
por las calles de Gibara. Pero ya no encuentra los ojos tímidos
y curiosos que en los años 60 lo “espiaban”
cuando eligiera a esta tierra como escenario para una de las
historias de su inolvidable Lucía. Cuentan las “malas
lenguas” que al dejar grabada en el celuloide la belleza
de estos parajes y mostrarla por todo el mundo, los pobladores
decidieron premiarlo como su hijo adoptivo e ilustre. Sucedió
entonces que en Miel para Oshún también
quedó plasmado para la posteridad el robo de una bicicleta,
y eso ya era imperdonable. Claro, la bravura duró hasta
que el importante cineasta se propuso convertir a la Villa
Blanca en el centro de atención de los amantes del
séptimo arte. Ahora Humberto camina por las calles
de Gibara, y la gente lo besa y saluda, y ofrece sus casas
a la tropa de “locos soñadores” que lo
acompañan para celebrar el cine con lo mucho, lo poco
y la felicidad de cada cuadra.
José Luis Estrada
Betancourt
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