Esta
es la tercera vez que me siento a escribir de un documental.
Antes dije que soy tendencioso. Ahora lo subrayo. Cualquier
otra cosa que agregue sobre el tema es redundancia.
La Habana, 1961. Un incendio
terrorista derrumba la tienda El Encanto, de sus
ruinas nace un parque: Fe del Valle. Pero un parque
no es un parque. Es el espejo de la ciudad. Un parque es un
microcosmos, un ecosistema que reproduce en pequeña
escala la ciudad. El lugar donde se hacen visibles los procesos
de intercambio y de negociación ciudadana.
En Desvarío
no hay un personaje, apenas el parque. La gente pasa, se sienta,
o transcurre con la misma fugacidad con que la vemos o encontramos
en la calle. Anónimos. Leves. Extraños. Pero
Julia no solo los hace reales al llevarlos ante cámara.
La edición de Danilo Solferini aporta una intencionalidad.
Una evidente codicia de lo morboso. La Habana, como toda urbe
contemporánea no es únicamente la ciudad que
sale por la prensa, la que vislumbran los turistas o la que
soñamos sea alguna vez. Toda ciudad tiene su parte
oscura. El limosnero que nos molesta, el alcohólico,
la puta, el exconvicto. Subproductos de la dinámica
urbana a los que la sociedad desecha. Carroñeros de
la metrópoli.
Julia Mariana construye entonces
un documental molesto. Porque la sinceridad es obscena y es
cruel. Casi escatológica. Desvarío
es una obra contundente, tanto desde los presupuestos estéticos
como por la humanidad que la acompaña. Una obra que
promueve los resortes de la razón y también
del sentimiento. De esas en que se hace el silencio. Porque
el ser humano prefiere, no ver—no oír—
no hablar.
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