De tres, dos. Si no es un récord, al menos es buen
average. Mahmoud Reza Sani se ha convertido en el niño
“prodigio” del Cine Pobre: en la primera edición
del Festival de Gibara el iraní se fue con el Gran
Premio con su historia al estilo de Romeo y Julieta en Afganistán,
y ahora, tres ediciones después, vuelve a conseguir
éxito con Ghaze vahshi (El ganso salvaje).
—Al parecer estás
enamorado de Gibara y su Festival...
—En verdad, soy un enamorado
de la cultura latinoamericana, y más que por carambola
de Gibara y su Festival. Jamás olvidaré que
mi ópera prima, Siyamo, vio la luz por primera vez
aquí, donde fue galardonada. Hasta ese momento dudaba
que yo pudiera ser un realizador de audiovisuales (al menos
uno medianamente bueno), pero tras presentar el filme y que
algunos especialistas, entre ellos Humberto Solás,
me dijeran que mi película tenía calidad, supe
que el camino escogido no estaba tan errado.
“Con el premio de Siyamo decidí rodar mi segundo
documental aquí en Gibara, sobre Ernesto Che Guevara,
que titulé Che, el dulce sueño de la caña.
Más tarde, con la experiencia
acumulada me dispuse a hacer mi primer largometraje de ficción.
Y mírame aquí otra vez en esta bella ciudad,
que cuenta con un Festival que tiene el enorme mérito
de descubrir nuevos talentos... El saber que estoy entre ellos
me incentiva a seguir adelante. De ser posible estaré
aquí todos los años”.
—Según supe,
no te resultó muy fácil llevar adelante este
último proyecto...
—Ghaze vahshi es
la historia de dos soldados (uno iraní y el otro iraquí)
que no se podían comunicar entre sí hasta que
un día, en el límite de la frontera de los dos
territorios, cae un ganso salvaje víctima de un disparo.
Gracias a este incidente empiezan a entenderse. Este suceso
tiene lugar justamente cuando comienza la agresión
norteamericana a Iraq.
“Para materializar este
proyecto tuve que acudir a los militares de mi país,
con quienes estuve cinco meses negociando, pero finalmente
obtuve su ayuda. Pasé dos meses en el desierto conviviendo
con el ejército iraní, lo que significó
ingerir sus comidas, adaptarme a sus hábitos y costumbres,
a su manera de hablar y de actuar... Ellos creían que
yo no sería capaz de hacer solo esta película
para la cual tenía un bajísimo presupuesto.
Pero ya está aquí, compitiendo una vez más,
aunque no estoy seguro de que todo haya salido bien. Por suerte
la aceptaron, lo que dice que mi trabajo gustó”.
—¿Fue la
necesidad de aliarte a los militares para poder rodar tu película
lo que te indujo a contar la historia de El ganso salvaje?
—No. Sucede que nosotros
estuvimos ocho años en guerra, lo que obligó
a todas las familias a luchar, incluso hasta los que, como
yo, todavía estábamos en la escuela. Por tanto,
la guerra ha marcado nuestras vidas y por ende es muy normal
que eso aparezca en mi película. La ayuda militar era
vital para poder realizar El ganso..., porque yo
necesitaba las armas, por ejemplo. Sin su colaboración
hubiera sido imposible porque la película sería
muy costosa. ¿Sabes cuánto vale una bala? Tres
dólares. Y se utilizaron 5 000. Así que por
ahí puedes ir sacando la cuenta.
—¿Pero los
militares tenían interés en que se rodara el
filme?
—Pues claro que no. A
ellos no les gustaba en realidad mi historia, porque mientras
mi obra es un canto a la paz, ellos están a favor de
la guerra; una experiencia que quisiera borrar de mi mente,
pero mi cuerpo lleno de cicatrices me la recuerda. No obstante,
al final me apoyaron, que es lo más importante.
—Al mirar los créditos
de la película uno se percata de que fuiste el hombre
orquesta: director, guionista, fotógrafo, editor...
¿Exceso de celo o no hubo otro remedio?
—De haber tenido presupuesto
suficiente me hubiera encantado contar con muchos de los especialistas
que conozco, pero no fue posible. Yo he tenido que ir aprendiendo
sobre la marcha, con la experiencia que he ido acumulando.
Claro, lo ideal hubiera sido lo otro, porque un realizador,
aunque conozca de fotografía, no tiene que ser un especialista
en el manejo de la cámara. Tuve amigos que se ofrecieron
para darme una mano, pero como era un proyecto tan cerrado
tuve que arreglarme solo. Sería magnífico que
los realizadores profesionales colaboraran con los que empiezan
con sus proyectos independientes, si estos valen la pena.
Debería existir una comunicación mayor entre
quienes tienen ya una carrera y aquellos que están
ansiosos por aprender.
—¿Es que la
industria del cine iraní cierra sus puertas a realizadores
como tú?
—Mira, en mi país
hay una industria cinematográfica grande, a la que
solo le interesa las películas comerciales. Por otra
parte, el gobierno te ayuda, si tienes un proyecto, pero si
la película no te da para pagar la deuda que has contraído,
sabes que te espera la cárcel. Tan sencillo como eso.
Por muchos años fui asistente de dirección,
por lo que no pocos productores me conocen, pero, como te
dije, a ellos solo le interesa la línea comercial,
que no a mí. Mis preocupaciones son las preocupaciones
de los seres humanos.
Me gusta hacer películas
sobre la gente, que hable de la gente, como lo evidencia El
ganso salvaje.
“Después que terminé esta última
película los productores empezaron a reaccionar de
otra manera, pero siguen insistiendo en lo mismo y yo quiero
mayor libertad. Y ellos son especialistas en censurar la realidad
de mi país. Mas yo no quiero aliarme a la mentira”.
—He escuchado que
pretendes rodar tu próxima película también
en Cuba...
—En eso estoy. La historia
de amor de Los sueños de la Villa Blanca, como se titulará
la película, se basa en mis memorias y en las de varios
amigos, aunque el drama no se circunscribe únicamente
a Gibara. Sin embargo, lo más importante no son las
locaciones, sino los sueños de la gente común,
de la gente de pueblo. Más que grandes recursos, lo
que necesito es la ayuda de los cubanos. ¿Mi mayor
anhelo? Presentarla aquí.
—No obstante, es
genial haber sido distinguido en el Festival...
—Hace tres años
obtuve 3 000 dólares por Siyamo. Sin embargo,
no regresé a mi país donde también es
mucho dinero, y donde podía comprarme un carro o una
buena cámara. Quería gastarlo en Cuba, como
lo hice con Che, el dulce... Esta vez haré
lo mismo. Ya tengo el dinero para la película. Claro,
ahora es mucho mejor. A mí no me place estar en esos
enredos de presupuestos, prefiero unirme con gente que comparta
mis sueños y tratar de realizarlo con los recursos
que tenga. El premio, que lo agradezco, sobre todo me da energías
para continuar. Para mí el mayor premio es el modo
como la gente recibe mi película. Si les gusta soy
el hombre más feliz sobre esta tierra.
—¿Cómo
surgió ese amor por el cine?
—Cuando la guerra comenzó
en mi ciudad, Abadan, mi padre tomó su cámara
de 8 mm y filmó la muerte, el sufrimiento, el horror
de la guerra. Después que reveló la película
quedaron fijadas en mi mente las imágenes de familias
destruidas. Y me dije: algún día contaré
las historias de estas familias. Estudié en la universidad
Ingeniería Química, pero no me gusta. En cuanto
al cine soy autodidacta, pero ser asistente de dirección
me dio algunas herramientas. Trabajé con grandes profesionales
y leí, vi y estudié mucho. También cuando
niño fui actor de cine —participé en no
pocas películas — y de teatro, labor que mantuve
sistemáticamente hasta hace unos cinco años.
Yo soy un soñador, un romántico, a quien le
encantaría que dentro de cien años sus películas
fueran el fiel testimonio de lo que sucedió.
—Entonces, eres uno
de los defensores del Cine Pobre...
—En mi país hablo
mucho de Cine Pobre, porque los realizadores piensan que solo
se puede hacer una buena película si tienes buena cantidad
de dinero. Se necesitan recursos, por supuesto, pero no tanto
como algunos piensan. Mi interés es que comprendan
que con bajos presupuestos se puede lograr una obra de alto
nivel estético y que le diga algo a la gente. Al menos
eso es lo que añoro, que mis películas logren
transformar o hacer reflexionar a las personas. Siempre que
eso suceda continuaré haciendo películas.
José Luis Estrada
Betancourt
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