“Va sin zapatos, el pobre”, dice alguna gente
cuando paso al lado suyo. Y pienso: “¿Por qué
me miran solo los pies? ¿Por qué no a mi rostro?”.
Si lo hicieran se percatarían de que llevo la barbilla
alzada y conservo la vista pegada a los ojos de los demás,
no los escondo. A esos me gustaría explicarles
que la dignidad no se mide en tallas de pies o en calidades
de cuero. No es malo el sentimiento suyo. Acepto la humana
compasión. Y aún más aprecio a los que
incluso me proponen: “Toma, toma los míos, yo
tengo más en mi casa”. A esos les explico
que no me gusta andar con el empeine ahorcado ni sufrir pesadillas
de Ceniciento al llegar la medianoche. De paso les cuento
que antes de llegar los pies arropados con cintas y lazos,
ya a pata limpia se había desandado de punta Bravo
a cabo Patagonia. Que hay tantos tipos de pies como
personas en el mundo y algunos tienen fobia de cordones y
filia al aire fresco que despeina los dedos. A esos los invito
y conduzco de la mano hasta la sala de cine para que vean
cuánto hay de “cine rico” que si de “cine
pobre” se tilda es para su suerte echar. Hay
por ahí quien me confunde con un loco. O confundidos
que creen que hago “elogio de la miseria”. A tales
no contradigo. Si acaso, me les presento como: Erasmo de Cuba.
El Peregrino descalzo
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