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Soy
optimista.Se estámoviendo el piso.La globalización
hoy es la guerra,que es elrecurso preferido de los imperios
en su fase extrema de desesperación y odio.La globalización
másdeseada y necesaria en este instante comienza por
lapaz y comporta la justicia social. Pero,
a pesar de todo, o tal vez por eso,un nuevo pensamiento se
abre paso. Vivimos otra realidad y es menester vivirla para
poder interpretarla. Estructurar este nuevo pensamiento social
desde lapraxis, es su imperativo; sin distraerse más
en lautilidad de la catarsis ni en la estrechez axiomáticade
la culpa. La única opción deseable frente a
los muchos males que acechan a la humanidad, es la lograr,
al menos, un método de desarrollo sustentable a nivel
mundial, lo que comportaría la eliminación de
las causas de la pobreza -la desigualdad es la fuente de todos
los desequilibrios sociales- y elmejoramiento de la calidad
de vida de los hombres y mujeres que poblarán la Tierra
en los días por venir.Cabe pensar que predomine la
racionalidad en nuestros actos y que el optimismo se imponga,
respaldado por la conciencia y los hechos de cada ser humano.
La razón y elequilibrio, deben prevalecer a toda costa.
La riqueza delhombre es su ilimitada creatividad.
La gran misión
de los intelectuales y elarte de nuestro tiempo,en su relación
con la vida social, es la de constituirse en parte indisoluble
de las alternativas almodelo socio-económico prevaleciente.
En cualquier caso, el fenómeno de la multiplicación
solidaria, de lacualforman parteestos encuentros de Gibara,
tiene antecedentes de gran relevancia durante losúltimos
años,un período en elque la conciencia de lodigital
se entronizó con las alternativas de la altermundialización.
Diversos foros de índole regional o temática
deben tanto a los beneficios delpensamientointeractivo y alacceso
a las nuevas tecnologías de lainformación, que
sería imposible imaginarlos sin su existencia. La humanidad,cuya
defensa lo precisa todo, necesita con urgencia de la emancipación
mediática. La globalización de las comunicaciones,
al tiempo que ha propiciado eldiálogo, la instantaneidad,
el conocimiento y la identificación de y con elotro,
ha transformado alindividuo en un animalconsumista, dependiente
dela voluntad hegemónica y sin capacidad de extrañamiento
ante su rutina diaria. Rehén de las circunstancias,
su única ambición es formar parte de la manada,
creyéndose diferente y próspero. Los bancos
de imágenes para lapublicidad pueden estar en Sydney,
Tokio, Nueva York oLos Ángeles y,visto desde allí,
el resto del mundo es, acaso, folclore y paisaje.
Cuando se analiza la
circulación internacional delcine, lo primero qie salta
es la marginación de todo lo que no sea norteamericano
en los circuitos de cada país. La globalización
que los pobres de la Tierra precisamos es otra muy diferente
a la que, de un tiempo a esta parte, hemos venido conociendo
día tras día; la misma que nos obliga a luchar
para procurarnos alternativas más dignas y necesariamente
originales. No se trata sólo del tipo de orden que
predomina, sino del fenómeno depredador en su naturaleza,
tal y como se nos ha impuesto, sin derecho a participar en
su diseño y mucho menos en eldespliegue triunfal de
sus modelos. Aquí la pluralidad tampoco fue tomada
en cuenta. Tal apoteosis consumista no repara ni edades ni
fronteras: mucho menos en implicaciones morales o en las graves
consecuencias que pueden acarrear a la humanidad y a su futuro.
Si elsueño de
los hermanos Lumiére era fotografiar ingenuamente la
realidad cotidiana, con la corrupción mercantil delcine
y su público se produjo también el silencio
de la realidad de las cosas. No hablo de las grandes obras
cinematográficas, que salvan y salvarán siempre
a esta manifestación artística de la estulticia
en que han caído todas, incluso ella, sino de la que
con eltiempoha devenido su característica fundamental:
esa función analgésica, embrutecedora y sedante
con que se adormecen las conciencias y se distraen las energías
delpensamiento. Y como del control de la programación
mundial ni siquiera participan lascinematografías más
vigorosas de Europa -por no hablar de las alternativas, pobres
e independientes delSur delmundo- nada más lógico
suponer que sean las transnacionales estadounidenses las que
dicten pautas y prefiguren elgusto. Lo que termina imponiéndose
no es precisamente el arte, sino elefectismo despersonalizado
y la producción en serie.Es, a no dudarlo, el paroxismo
de la homgeneización,laultratiranía delmodelo
de Hollywood.
Una situación
como la descrita, obliga a consideraciones de fondo. Sería
un buen comienzo empezar preguntándonos: ¿En
quémedida elcine latinoamericano de hoy se atiende
a los postulados esenciales del nuevocine latinoamericano
de siempre? Pero nobastaría, habría que tensar
elarco y seguir interrogándonos sobre todos los temas
posibles,sin fatiga, sin temor a la duda y alerror, entre
otrasd cosas porque, ahora mismo, lo que más necesitamos
en el cine y en nuestra cultura latinoamericana en general
-toda cultura lo requiere-, es de un pensamiento crítico
y de la crítica frontal a un tipo de pensamiento light
que, aunque iconoclasista, resulta paralizante. Para lograr
esa revolución de y en la conciencia de nuestras realidades,
resultará imprescindible abrir mayor espacio a los
jóvenes, en quienes recae no sólo elpeso de
la tradición, sino eldeber de la continuidad y la ruptura.
De ellos también es y será,mejor si conscientemente,
elsanto y seña de nuestras identidades, la cartografía
espiritual de una imagen que nopuede ser lahuella delconsuelo
ni la pragmática de un conductismo neoliberal. La globalización
del capitalismo ha hecho estragos irreparables en el cine
latinoamericano, y la entrega directa o indirecta de determinados
intereses foráneos, en general mediante la fórmula
de las coproducciones, no es inocente, sino parte del juego
que prepara el terreno a mayores depredaciones.
En general, para los
genuinos realizadores cinematográficos de los países
subdesarrollados, la alternativa no puede ser ni imitar ni
postrarse a los pies de Hollywood, sino encontrarse a sí
mismos en la turbulencia de sus identidades y en la apropiación
crítica de los nuevos soportes y lenguajes estéticos,
a riesgo, incluso, de morir en elintento o de las consabidas
contracciones curriculares. Sin voluntad política,
tampoco habrá continuidad del cine nacional.Apostemos
por lasnuevas tecnologías, ciertamente más viables
y democráticas, pero es imprescindible que
tengamos con qué y sepamos cómo utilizarlas.
Los gobiernos de lascinematografías nacionales. Un
cine es otra barrera frente a la seudocultura del pensamiento
único, un escudo, un verdadero problema de seguridad
nacional.
Hay que encausar la rebeldía
con másinteligencia que entusiasmo o, talcomo ha señalado
Noham Chomsky: Hay que dotar de conceptos a la ira.
El desequilibrio que provoca en la cultura la globalización
del capitalismo es francamente aniquilador para las identidades
nacionales y eldesarrollo de la capacidadcrítica de
los pueblos; de ahí la reacción que provoca
no sólo en laintelectualidad más avanzada, sino
a escala social. Paradójicamente, la resistencia crece,y
en ella radica la esperanza de una definitiva redención.
En elcine,esa respuesta se advierte en lamultiplicación
de las alternativas y en una gradual reestructuración
de su vanguardia artística. Por lo mismo,no es casual
que en los Estados Unidos se manifieste uno de los principales
movimientos de cine independiente con que contamos en laactualidad,
y me refiero a las decenas de nuevos realizadores del audiovisual
que pueden localizarse a través de la Red oen circuitos
periféricos de distribución o exhibición.
Hoy, con la accesibilidad que propician los soportes digitales,
es virtual y objetivamente posible,producir y editar una obra
audiovisual con medios propios y liuego difundirla a través
de internet. Pero éste no sería el problema,
la misión verdadera estriba en laurgente necesidad
de estructurar redes capaces de garantizar su circulación.
Para lograr trascender, llegar,rescatar oformar un público
avezado y avisado, hay que saber utilizar las brechas y oportunidades
que aún permite laglobalización totalitaria.
Hagamos de lalucha nuestra
obsesión. Desde el ángulo de los que luchan
porlaigualdad y lajusticia, lodigital no es un mero soporte,
sino, teóricamente, el escenario ideal para manifestar
un tipo de pensamiento social basado en la solidaridad y el
diálogo. Otra cosa sería cómo se comporta
en la realidad ese ideal de participación y pertenencia,
y hasta qué punto el dominio de las transnacionales
impide su materialización. Por eso, es menester interactuar,
vincularse,compartir experiencias y conocimientos.
A la altura de su cuarta
edición, el Festival Internacional del Cine Pobre sigue
siendo una plataforma donde alternan, en régimen de
absoluto respeto e igualdad de oportunidades, los proyectos
de filmes, las ficciones, los documentales y obras experimentales
de aquellos realizadores que seproponen la salvaguarda de
la esencia cultural de los pueblos, se rebelan contra la abulia
conformista de lainmensa mayoría del cine contemporáneo,
y comulgan artísticamente con proyectos emancipadores,
en primer lugar de la conciencia y de la propia cultura, que
es la única salvación posible en nuestro mundo.
Frente a lo global uniformador, Cine Pobre y sus promotores,
levantan las banderas de nuestras identidades. Los ingredientes
esenciales de este Festival no difieren en mucho de los que
hoy movilizan almundo contra la guerra o a favor de la justicia:
cooperación, responsabilidad, audacia, transparaneic
y devoción. Sostener que la cultura nos protegerá
de tanta irracionalidad insultante, y de losincontables desvaríos
que asolan a lahumanidad, no es ilusorio.
Omar González
Presidente del ICAIC |