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DE PARADOJAS Y SENTIDO COMÚN
“No voy a hablar de Cine Cubano, sino de paradojas”, dijo Omar
González, presidente del Instituto Cubano de Artes e Industria
Cinematográficos (ICAIC) en la conferencia inaugural de las
sesiones teóricas del Quinto Festival, celebrada en la Casa de
Cultura Raúl Gómez García.
Comenzó luego un inventario de desmesuras sobre la riqueza
aparente que mueve al mundo. Omar hizo lista de ejemplos
irrefutables, desde el actor más caro por estos tiempos, Tom
Cruise; las cinco películas más onerosas, o un desfile
desconcertante de excentricidades bendecidas por la opulencia
“No puede haber lógica en el mundo cuando se habla de cifras
inimaginables invertidas en tan escalofriantes empeños.
Fácilmente, cualquier presupuesto utilizado en alguna de estas
excentricidades es mayor que el producto interno bruto de un
país africano”, aseguró el Presidente del ICAIC
Con tales consideraciones, todo indica que la balanza continuará
inclinándose hacia el fomento y distribución del cine de las
grandes empresas, capaces de ignorar producciones como las
defendidas ahora mismo en Gibara. “La alternativa para nosotros
seguirá siendo este Festival”, confirmó Omar González, quien ha
participado en las cinco ediciones del evento. “Es importante
que este Cine Pobre continúe apropiándose de las nuevas
tecnologías, única forma, junto a la ayuda de los amigos y el
desarrollo de otras alternativas para alcanzar una efectiva red
de distribución”, agregó..
A propósito de otras formas y espacios para este tipo de cine,
Humberto Solás anunció el nacimiento del Festival de Cine
Invisible, en Gandía, ubicado en Valencia, España. Ese será
lugar propicio para desclasificar cientos de obras y
realizadores, desterrados de la circulación en salas de cine y
televisoras, ya sea por razones de experimento artístico o
político-ideológicas
El presidente del Festival del Cine Pobre anunció que los
intelectuales, actores y realizadores que participan en la cita
de Gibara, pueden sumar su firma al documento que condena la
liberación del terrorista Posada Carriles. Hasta ahora, se han
recogido nombres importantes de la cinematografía cubana y la
universal, como Alice Walker, María Rojo, Walter Salles, Danny
Glover…
Casi en los finales del bautizo teórico quedó fundada una
Cátedra Honorífica del Festival del Cine Pobre, bajo el nombre
de Gildo Castro, desaparecido investigador cinematográfico
gibareño. La nueva institución, adjunta a la Universidad de
Holguín Oscar Lucero Moya, tiene como tutela al profesor Ernesto
Mora, y como Presidente de Honor a Humberto Solás.
Martha María Montejo
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MAÑANA ES HOY, TODAVÍA
Habrá un mañana para Alejandro Moya, y que será “de películas”,
no lo duden. Por lo pronto, logró ya su ópera prima, titulada
justamente Mañana; y corrió con la suerte, no siempre propicia a
jóvenes realizadores, de ser estrenada a lo largo del país,
luego de su debut durante el Festival Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano. Su presencia en el Festival de Cine Pobre,
dentro de la competencia de largos de ficción, amerita ahora
verter algunas reflexiones sobre ella.
De juzgar solo por el despegue, abundarían loas; pues Moya
alcanza a describirnos, en los diez minutos iniciales, el
interior del círculo familiar donde transcurre la historia y los
caracteres de sus principales personajes. Nos sumerge en la
atmósfera propiciada por la hermosa canción tema de Pedro Luis
Ferrer y nos incita a seguir las pistas de su inusual
estructura, de cortes estilo video clip, ralentis y
antiaristotelismo en el hilo narrativo. Adria Santana y Enrique
Molina, eficiente dúo de veteranos actores, nos conecta de
inmediato con la esencia del dúo marital al que dan vida. Rafael
Ernesto Hernández, de hijo consentido y narcisista, convence, si
bien más por su juvenil apostura que por sutilezas del trabajo
actoral. La hija preterida al hogar, que desempeña una increíble
Violeta Rodríguez y su refunfuñón esposo, interpretado por Hugo
Reyes, se roban todas las simpatías del espectador. Pero…
(Siempre hay un “pero”). Cuando el filme avanza, comenzamos a
preguntarnos si no será gratuita la descomposición narrativa,
tal vez un modo de seguir la onda que destaparon Tarantino,
Nolan o el mexicano Alejandro González. En Mañana, los giros
dramáticos del argumento no llegan a justificar tal desafío a
los estereotipos perceptivos del público. Llegado al clímax y el
desenlace, se reblandece la historia con retoques moralistas, en
extremo evidentes. Aún así…
(Siempre habrá el “aún así”). Hay que conceder a Moya, el mérito
del riesgo, pues se lanzó al proyecto de manera independiente,
con más bagaje personal en la televisión que en el cine, y solo
las ganas de hacerlo lo mejor posible. Como lo calificó una
amiga de estos menesteres críticos: “Mañana no te sacará el aire
hoy, pero sí puede que mañana el director te lo extraiga con su
próxima película”.
Rafael Grillo
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¿GOZAMOS?, ¿COMIMOS?, ¿PARTIMOS?
Por momentos, la Cuba de hoy se ve “re-presentada” en los tres
verbos de Arturo Infante: Gozar, Comer, Partir (compite
entre los cortos de ficción), y el autor de estas líneas,
después de haber degustado un delicioso manjar que llegó como
sueño irrealizable, es decir Utopía; ahora se siente con
el noble derecho de “exigir” un producto más profundo. Sin
embargo, no niego haber asistido a una proyección con ciertos
méritos, entre ellos la actuación de Paula Alí, Esther Cardoso y
la consagrada Herminia Sánchez.
De las tres historias, “Comer” es la de mejor factura, cuento
ingenioso en el que las protagonistas se enfrentan, cada una
abrazada con firmeza a su criterio, realzada por intérpretes que
desempeñan un rol de lujo.
En las otras dos: “Gozar” y “Partir”, la narración pudo haber
explotado muchos más matices y la realización evadir lugares
comunes en la edición y fotografía. En más de una ocasión pensé
que los argumentos constituirían la antítesis de cada verbo,
pero no logro descifrar, a ciencia cierta, si fue esta la tesis.
Por tratarse de un joven realizador de altos quilates, quedan
confianza y deseos de que sus venideras piezas fílmicas sean tan
consistentes como la Utopía de su debut.
José Ramírez Pantoja
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Entrevista a Héctor Cruz Sandoval
KORDA EN HECTORVISIÓN
Cuenta Héctor Cruz Sandoval que llegó a Cuba en 1998, siguiendo
al papa Juan Pablo II. Había venido como cineasta contratado por
la cadena televisiva mexicana Hombre Nuevo, la cual tenía
contrato exclusivo para dar cobertura a este acontecimiento en
Los Ángeles, San Diego y el sur de California. Pero el día en
que el sumo pontífice ofreció su misa en la Plaza de la
Revolución, colmada de miles de cubanos y extranjeros, de
repente, Alberto Díaz Gutiérrez “Korda” ocupó su campo visual.
Nada más y nada menos que el autor de la imagen fotográfica más
importante del siglo XX. Y este publicista de profesión no atinó
a otra cosa que salir corriendo en su búsqueda.
“Me gustaría hacerle una breve entrevista”, le dijo Héctor, con
toda la timidez que conoce, a lo que Korda, con la naturalidad
más grande del mundo, le respondió:
—Chico, claro, ¿por qué no vas a mi casa mañana?
—Es que no sé dónde usted vive...
—Pregúntale a cualquier cubano, todos lo saben... en Playa.
De más está decir que el mexicano-norteamericano se quedó en un
tacón. “Me sorprendió porque no pensaba que un hombre de su
talla pudiera ser tan asequible”, reconoce Héctor. Pero no tuvo
que desandar el municipio capitalino para hallar al también
publicista, pues ese mismo año Korda tuvo que ir a Estados
Unidos para participar, en octubre, en la primera exposición en
ese país de fotos realizadas después del triunfo de la
Revolución. La muestra se presentó en Los Ángeles, la ciudad
donde justamente nació hace 43 años, Héctor Cruz Sandoval, el
director del aplaudido documental KordaVisión.
“Nos volvimos a encontrar en un restaurante argentino, porque a
él le encantaban los tangos, y hablamos sobre la posibilidad de
hacer un documental sobre su vida. Estaba feliz. Ese mismo año
empezamos y me tomó cinco terminarlo, porque vivo de la
industria de la publicidad que, a fin de cuentas, era lo que me
permitiría obtener los recursos necesarios para afrontar la
película, financiada en un 90 por ciento con mis propios fondos.
Mi situación era, en verdad, muy, muy difícil.
“Lo logré, pero me costó. Solamente poder conseguir los otros
tres gigantes de la fotografía clásica cubana: Raúl Corrales,
Roberto Salas y Liborio Noval, así como conversar con Fidel, fue
un gran problema.
“Fue Fidel quien me dio la posibilidad de juntar a los cuatro
para hablar sobre el poder de la fotografía, sobre el poder del
arte. Para mí era algo surrealista. En primer lugar, porque
nunca había asumido una obra de esta envergadura, estaba
acostumbrado a los 30 segundos de los comerciales. Fue aquí que
aprendí a hacer documentales, a escuchar a la gente, a
preguntar, a ver más allá de las simples palabras, a observar en
lugar de mirar”.
El día que Héctor se encontró con Fidel en la Mesa Redonda, fue
cuando se autoimpuso el mayor compromiso que como creador se
había asignado en toda su existencia. El Comandante le aseguró
que le daría la entrevista, pero le puso la mano en el hombro y
le dijo: “Hazlo bien, pero no para que complazcas mi gusto.
Hazlo bien porque estos artistas lo merecen”.
Héctor recuerda: “No te puedes imaginar la presión que me cayó
encima, porque nunca alguien tan importante, un gigante, me
había establecido una meta creativa tan alta”.
—¿Cómo acogió Korda al documental?
—Lo vio en mi estudio la última vez que estuvo Los Ángeles. Se
emocionó mucho. Sintió que era un trabajo transparente y sabía
que había quedado para la posteridad su testimonio, que su gran
obra podía llegar a muchas más personas. El documental muestra
al gran hombre que había detrás del artista, su humanidad, su
sencillez, sus conocimientos sobre la fotografía en general y la
cubana en particular. Korda me dio las gracias de una manera muy
humilde. Aunque era evidente que no estaba bien de salud, tenía
el pulso del momento. Korda era un tipazo.
—¿Qué parte de la vida de este notable fotógrafo es la que se
refleja en el documental?
—Dura una hora y media, pues había mucha gente que quería
participar, como Leo Brouwer quien deseaba componer la música.
El documental me permitió aprender más sobre la fotografía para
publicidad, me explicó lo que sucedió con el uso de la imagen
del Che por la marca de vodka Smirnoff, en Inglaterra,
celebramos su cumpleaños, muchas cosas. Claro, como en principio
sería un cortometraje, gasté mucho dinero, lo cual me puso en
una situación económica muy complicada. Pero valió la pena. Por
supuesto, nunca imaginé que luego KordaVisión me
permitiría viajar por medio mundo, ni que estaría en 28
festivales internacionales. Con este documental crecí como
nunca.
—¿Y cómo ha sido recibido en los festivales internacionales?
—Bueno, el documental ha estado en la Sección Oficial de
certámenes de países como Brasil, España, Australia, México,
China, Bélgica, Italia, Colombia y Cuba. Al mismo tiempo, fue
seleccionado como Mejor Documental en el Festival Internacional
de Cine de Santo Domingo, República Dominicana; en el Latin
American Film Festival de Utrecht, Holanda; y en el de
Monterrey, México, mientras que en mi país obtuvo el máximo
galardón en el New York International Latin Film Festival, en el
Beverly Hills International Film Festival, en el San Francisco
International Latin Film Festival Bay Area; y en el Sin
Fronteras Film Festival, de Albuquerque, Nuevo México. Pero creo
que el éxito más grande que tuvo en Estados Unidos fue estar
entre los diez mejores documentales del pasado año, elegidos por
el Academy Award. No obstante, por más que me haya podido subir
la autoestima, lo más importante, en primer lugar, es que Cuba
llegó a ese nivel en Norteamérica a través del documental. Eso
para mí era fantástico. En segundo lugar, que quedó en los
corazones de quienes lo vieron.
—¿Por qué, después de ese recorrido, decides traerlo a Cine
Pobre?
—Porque el Cine Pobre pone su mirada en el pueblo, que es donde
debe comenzar el cine; porque pienso que un creador no se debe
guardar para sí los momentos especiales de los cuales ha sido
testigo en este mundo. Por el contrario, los debe comunicar. Y
Cuba me dio este gran privilegio, por lo tanto mi deuda es
grande. No me ha sido fácil estar aquí, pero ya había hecho el
compromiso con Humberto Solás en Ultrecht, Holanda; y me dije:
Tengo que llegar, a cualquier precio. Por otra parte, quiero que
todo el mundo conozca la obra de Korda, el valor innegable de su
fotografía.
—Kordavisión fue tu primer largometraje documental
(antes había rodado La doctora y Sueños delvatinos), pero
sé que estás enfrascado en tu primera película de ficción, El
gusano.
—Pues sí. La historia nació de mis propias preguntas. Mis padres
llegaron a Estados Unidos procedentes de México, en los años 50,
y aunque nací en Los Ángeles, en mi país no soy norteamericano,
sino mexicano; si voy a México soy “pocho”, del norte. Con
frecuencia me estoy preguntando quién soy: ¿Más indígena, más
europeo, más mexicano o más norteamericano?
“Ya empezamos a rodar, y ojalá esté lista para el próximo año,
depende del financiamiento. Será como 'mis Amores perros'.
Creo que tendrá un gran impacto porque toca un tema universal:
cuando alguien se va vivir a un país, hasta qué punto pertenece
a él, cuando lo más importante debería ser que todos somos seres
humanos.
José Luis Estrada Betancourt |
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LAS DIVERGENCIAS DE ESTE CARNAVAL
La Plaza Da Silva revienta en estos días de fuegos artificiales,
ruido, timbiriches, parque de diversiones, ponys, aparatos de
feria, rock y rap, helados, bocaditos, chicharrones, tríos y
boleros, venduta de productos artesanales, de collares y pulsos,
juguetes de plástico y peces tropicales, Macondo con balcón al
Atlántico, lo real vuelto circo y milagro, un mundo de bisutería
delirante achicharrado por el sol de abril, y las hileras de
transeúntes se mueven en todas direcciones —entre la batería
Fernando VII y el restaurante Villa Blanca, y alrededor de las
cinco o siete cuadras colindantes— en busca de no se sabe qué..,
tal parece que se hubiera improvisado una suerte de paseo
carnavalesco, verbena dominguera, donde la gente pareciera estar
tomando parte de cualquier cosa menos de un Festival
cinematográfico de carácter internacional, y con propósitos tan
nobles, trascendentales y reflexivos como estos que alentamos
todos los comprometidos con el éxito de Gibara.
Existen varias actitudes posibles ante el jolgorio que acompaña
estos Festivales, y este cronista, en verdad, se ha deslizado
entre unas y otras, hasta llegar a ese lugar apacible que se
llama equilibrio, donde uno arriba a las conclusiones aptas para
mejorar su comprensión del mundo: primeramente, tuve que, de una
vez y por todas, entender y acatar que este Festival es mucho
más que ejercicio del pensamiento, la deliberación y el
criterio. Se trata de un “fiestón” (con perdón de Guillén, dicho
sea) azul, abierto y democrático donde cada cual disfruta a su
modo, y la convergencia es bueno que siga siendo frente a la
pantalla. Por ello creo que nos amenaza el pecado de la
intolerancia, inconcebible en este foro, cuando los unos tratan
de tildar de impropias las diversiones de los otros, siempre y
cuando estas diversiones no perjudiquen al prójimo ni dañen,
reitero, los objetivos esenciales de esta celebración.
También, debo confesarlo, con más frecuencia de la debida,
quienes nos dedicamos a sistematizar el pensamiento en torno al
mundo audiovisual nos trazamos como tarea de vida la infinita
pedantería de juzgar, y prejuzgar, sobre los esparcimientos
ajenos, y como dioses rencorosos y castigadores decidimos, o
creemos decidir, lo que es pequeño, vulgar y adocenado, con el
índice acusatorio siempre en ristre. En Gibara “la cosa” no
funciona como en otros festivales. En los otros, suelen andar
por un camino, encarrilados en estratos y determinados
acompañamientos, los jurados, los especialistas, los creadores,
las decenas de periodistas, críticos y comunicadores; y en otros
ambientes, bien distintos, están las “actividades colaterales”,
entiéndase fiestas y gozaderas más o menos multitudinarias.
Hoy mismo, vine en una guagua de donación, de las amarillas,
dando brincos por la carretera de Holguín, junto a una
realizadora iraní. Delante, una productora brasileña se
comunicaba de maravillas con un francés y una española, y al
lado uno de los mejores actores de Cuba, todos enredados en una
charla gibareña, el antónimo de lo babélico. Se trataban como
amigos de toda la vida, mientras nos dirigíamos a ver cine, las
obras de unos y otros, a escuchar la exposición de Omar
González, presidente del ICAIC, sobre los riesgos de la
globalización y el pensamiento único. Y después, en una esquina,
uno escucha a los argentinos, o de cualquier otro país con
cierto desarrollo fílmico, hablando de cómo se arman las
estrategias resistenciales de un cine alternativo y no
industrial, y ese mismo conferencista improvisado pasa la calle
y se compra un suculento pan con lechón, o un cóctel de
camarones, sin que le tiemblen los discernimientos.
Entonces, no estamos hablando de un festival de cine devenido
candonga y romería, estamos hablando de un espacio donde la
gente cavila y goza, cada quien a su manera, además de ver mucho
cine, de pensarlo a fondo y con cada neurona. Porque el crítico
abajo firmante ha llegado de una vez y por todas a la conclusión
(que a muchos lectores podrá parecerles tonta por obvia) de que,
por los menos en el Festival Internacional de Cine Pobre, la
gente puede cometer los gustosos pecados de gula, lujuria,
bailoteo, ron y otros desafueros, sin que se afecte, en un
ápice, su capacidad para reflexionar sobre el cine y el mundo
contemporáneo, para tratar de abrir pequeñas brechas de
diferencia, y salvaguardar el propósito noble, trascendental y
reflexivo que aquí nos trae, año tras año. Y entonces, para qué
hacerse el complejo y el estirado. Que sigan los fuegos en la
Plaza da Silva, el fiestón, el carnaval, que siempre y cuando el
audiovisual y los destinos del cine sigan siendo el meollo y el
sentido de estos encuentros. Nadie deberá acusar de ligeros y
hedonistas a quienes gocen con lo que les gusta, pues cada cosa
tiene distinto sabor. Conste que este cronista están ensanchando
las jerarquías de su paladar, y les recomiendo a todos similar
amplitud de papilas.
Joel Del Río
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