Atras ATRÁS CUBACINE

DIARIO DEL FESTIVAL

DÍA 21
> Al caer el telón del Cine Pobre - Rafael Grillo
> Interioridades de Monteros - José Luis Estrada
> Realizado por ellas, las nuevas y emergentes - Joel del Río
> Cine pobre en "Sin Fronteras" - Daniela Sosa Vélez
> Alucina el brillo carioca - Joel del Río
> Oxígeno para el videoarte - Rafael Grillo
> Interpretar es más que actuar - José Luis Estrada





AL CAER EL TELÓN DEL CINE POBRE

Lograr año tras año, y ya van cinco, la reunión del Cine Pobre en Gibara, es una agonía que solo puede alcanzarse, al cabo, porque mucho milagro anda suelto todavía en el ambiente, y porque el entusiasmo y los deseos de sus gestores terminan deshaciendo los más empecinados obstáculos.
Con palabras similares, Humberto Solás hizo el preámbulo en la mañana del sábado 21, en la sala grande del Jibá, donde se juntaron la mayoría de los participantes a la edición del Festival de 2007. Concebida como una conferencia de prensa en que alzaran la voz directores y productores, guionistas y actores, los protagonistas en pleno de la gesta del cine alternativo y de bajos recursos que promueve el evento, se desenvolvió de un modo muy sui generis, con Solás y un par de periodistas delante -y no al revés-, convidando a los presentes a dar cuenta de su quehacer cinematográfico.
Solás hubiera querido una representación más nutrida de la gente de cine que envía sus trabajos al Festival, pero las condiciones de extrema modestia económica en que este se realiza, antípoda de las opulencias de Cannes y Berlín, o de Huelva y Biarritz, impiden que se pueda costear la asistencia de todos ellos.
De entre los que sí estaban, pagando de sus bolsillos el tour a la Isla, Manuel Iglesias quiso disipar las preocupaciones de Solás con un elogio a las virtudes de la cita de Gibara. "Los felicito por la valentía y el atrevimiento hacer este Festival con tan escasos recursos. Además, me impresiona ver al pueblo abocado al Festival, no para tocar a las estrellas, como en los certámenes de Europa, sino para ir al cine y disfrutar las películas", afirmó el director español que tiene dos filmes en concurso (De bares, en largo; y Vecinos, en corto, ambos de ficción). Luego se sintió estimulado a hablar de su película: "De bares es como un libro de relatos, que rompe con la estructura del cine tradicional, son pequeños dramas humanos; y esto la acerca a lo que yo entiendo por Cine Pobre. También por los retos que debimos vencer, tal es el caso de las escenas que requerían efectos especiales".
El cubano Alejandro Gil, realizador de otro de los largos en competencia, La pared, contó sobre la espera de más de cuatro años, guión en mano, hasta que la coyuntura lo favoreció, después de filmar Montañas de luz con el ICAIC. De su película, de tema difícil, coherente con la intención de no hacer concesiones en función de un público mayoritario, Gil desentrañó la esencia: "La pared es metáfora de la rudeza del mundo exterior y de la coraza con que el individuo se protege de esa cruda realidad. Solo cuando emergen los valores esenciales del ser humano puede empezar a caer la pared y solucionarse este drama del hombre contemporáneo".
"Esa búsqueda de eticidad, alejada del pragmatismo de las sociedades de consumo, es justamente lo que debe caracterizar a las producciones del Cine Pobre", enfatizó Solás y a seguidas llamó a Claudia Rojas, actriz cubana que Humberto dirgió en Miel para Oshún. Aclamada en el primer Festival de Gibara, cuando intervino en La novia de Lázaro, ella habló en nombre de los intérpretes que se involucran en proyectos cinematográficos solo por amor, sin recibir un centavo por su actuación.
Terminado el coloquio, Solás introdujo al representante de Swiss Effects, firma patrocinadora por quinta ocasión del premio a maquetas y proyectos en proceso para largos de ficción. Thomas Krempke presentó unos materiales didácticos sobre el proceso de postproducción y el uso de las cámaras digitales disponibles hoy en el mercado.
A pocas horas de caer el telón de la quinta edición del Festival, este encuentro, como otros tantos que ocurrieron por estos días, reveló que Gibara es lugar de ensueño y esperanza para una forma diferente de asumir la concreción del audiovisual. Así que bien vale hagamos un conjuro para que sea posible una Sexta reunión del Cine Pobre.

Rafael Grillo

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INTERIORIDADES DE MONTEROS

Fue en 1998 cuando el fotógrafo Raúl Cañibano puso sus pies por primera vez en la Ciénaga de Zapata. Entonces comenzó a hacer sus viajes iniciales al campo de Cuba para tomar instantáneas como las que, un año después, le dieran el Premio Nacional de Fotografía. "Hace un año, mientras digitalizaba algunas fotos de deMoler para Alejandro, le comenté sobre la historia de Victoriano, pensando que eso le podía ser interesante para un documental.
"Una noche, en una de las cacerías, encaramado en una especie de cama que se construye encima de las matas, dormido, se le quedó un pie afuera que, sin duda, llamó poderosamente la atención de un cocodrilo, que lo tiró al suelo. Con la ayuda de un pariente que lo acompañaba pudo liberarse, pero con una herida que empezaba en los glúteos y terminaba en la articulación de la rodilla. Menos mal que había aprendido a coger puntos para auxiliar a sus perros cuando eran presa de los colmillos de los puercos jíbaros".
Esa historia verídica fue el inicio de Monteros, que luego se convirtió en un proyecto más ambicioso, según explica su director, Alejandro Ramírez, graduado en la especialidad de Dirección en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del ISA: "En Santo Tomás, uno de esos parajes contradictoriamente paradisíacos, porque la belleza de la naturaleza coexiste con la dureza de la vida de sus habitantes, un grupo de hombres se dedican a la caza de animales salvajes... En medio de estos pantanos, ellos discurren sobre la amistad, el amor, la confianza, la lealtad, temas universales, que hacen a cada uno de ellos entrañablemente cercanos en criterios, incertidumbres, anhelos y también desesperanzas".
"Más allá del testimonio o el reportaje etnológico, Monteros propone un acercamiento poético, sensible, profundamente humano a estos hombres y mujeres, parte del complejo y variado mundo cubano", agrega Orlando Pérez, editor nuevamente de los documentales de Alejandro, con quien se graduó en el ISA.
Detrás de cada documental de Ramírez (deMoler, Montaña de luz, Rostros de III siglos, Permiso a la tierra) hay una profunda investigación llevada a cabo generalmente por el joven Daniel Álvarez Durán, sociólogo de la Fundación Fernando Ortiz, quien se sumó a Alejandro, Cañibano y Senarega para desarrollar el proceso de prefilmación. "En un principio nos propusimos ver cómo se comportaban la reserva cultural en esa zona, las tradiciones y el folclor. Con toda la información se hizo un análisis sociológico con el que se armó una especie de escaleta. Después vino el rodaje.
"Alejandro tiene un método propio de la antropología visual: con una indagación básica va a la locación y permite, in situ, que los actores sociales improvisen, sean espontáneos, aunque haya actuación, para lograr un retrato más cercano a lo cotidiano", explica Daniel.
"Santo Tomás es una reserva cultural muy específica. Estos son hombres y mujeres que viven en una especie de involución, de olvido, de estancamiento, y siempre están en el límite de la condición humana, aun cuando desarrollen una espiritualidad muy característica. Sin embargo, se resisten, en primer lugar, por una cuestión de identidad, que se establece con el lugar donde se nace, y porque allí están sus herramientas de subsistencia. Pero Santo Tomás está destinado a desaparecer, pues no ha logrado una autonomía económica real que la haga una comunidad próspera. Por tanto quedan enajenados dentro de la estructura social cubana".
¿Lo más difícil a la hora de rodar Monteros? Confiesa Alejandro: "Lo que más me costó fue encontrar las personas que quisieran trabajar en un proyecto como este, sin ninguna comodidad. A veces filmábamos con el agua a la cintura o al pecho, y con mucho riesgo por la cercanía de los cocodrilos. En ocasiones nos quedábamos en las noches en el medio del monte, sin luz eléctrica, con lluvia, durmiendo en el piso pantanoso; caminábamos muchísimo, empujábamos los botes para avanzar, y con una tensión y un estrés muy grandes. Quizá por eso, el equipo de realización, que lo integran además Francisco Álvarez (producción), Yamil Santana (segunda cámara), Abel Omar Pérez (música original), Diego Javier Figueroa (sonido directo) y Jorge Luis Chijona (musicalización y mezcla), fue tan creativo y estuvo tan cohesionado.

José Luis Estrada Betancourt

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REALIZADO POR ELLAS, LAS NUEVAS Y EMERGENTES

Mientras se continúa discutiendo a todos los niveles si existen diferencias sustanciales de estilo y contenido entre el cine de ficción o documental, escrito y realizado por mujeres, y el que conciben y llevan a cabo los hombres, no debe perderse de vista la certeza de que vivimos en una época favorecedora del discurso femenino y de la entronización de la mujer en roles tradicionalmente asignados a los varones. Si bien la historia del cine en todos los países registra por centenares las mujeres actrices, guionistas, productoras, diseñadoras de arte e incluso fotógrafas y editoras, es mucho más raro encontrar a las mujeres en papeles directrices dentro de una producción de mediano o gran presupuesto.
El enorme empuje democratizador y dinámico que aportaron el cine independiente, de bajo presupuesto, alternativo, y las nuevas tecnologías, ha propiciado el arribo por oleadas de las mujeres a los diversos oficios del audiovisual, incluido el de la dirección. Tal es la visibilidad recién conquistada por el cine femenino que, por ejemplo, en esta quinta edición del Festival Internacional de Cine Pobre participan numerosas obras de ficción, entre otras, han destacado las realizadas por Viviane Candas (Francia, Suzanne, largometraje), Carla Valencia (Ecuador, Emilia, cortometraje), Carolina Incola (Cuba, Así de simple, largometraje de ficción en Muestra paralela) y Rosamary Berrios (Puerto Rico, Desfloración, obras experimentales y videoarte).
Las mencionadas no están en solitario ni mucho menos. Sabido es que el documental constituye una de las vías más factibles para garantizar el arribo al cine de una serie de jóvenes y noveles realizadoras, ávidas por demostrar sus capacidades para descubrir grandes personajes, contar una historia que suele estar vinculada al mundo femenino, y decididas a demostrar todo el talento y las capacidades que una mujer puede aportar al mundo de las imágenes y el sonido. Algunos de los mejores documentales vistos este año -y conste que no es sentencia presurosa y promocional, puesto que los he visto todos- están escritos y dirigidos por mujeres. Hay dos joyitas brasileñas que tienen mujeres a cargo de la calidad integral del producto, como Surfeando favela, de Maximiliano Ezzaoui, Tomás Crowder y Natalia Bacalini (quien también se encargó de la espléndida fotografía) y Una odisea a la brasileña, que dirigió, escribió, fotografió y editó la talentosa Mariana Vitarelli Alessi.
Todavía hablando de documental, están las cubanas Isabel Santos (cuyo debut lo marca, en codirección con Rafael Solís, San Ernesto nace en La Higuera), Marina Ochoa (Habanera por Juan Ramón), Lizette Vila (Rasgando velos) y la brasileña Renata Meirelles, quien realizó en Cuba y con una temática tan cubana como el arte de confeccionar puros (Tabaco), y la lista no termina aquí, pero es demasiado extensa como para un censo completo de las decenas de directoras que, no por casualidad, sino por vocación, estrategia, posibilidad y sentido de pertenencia han enviado sus obras a este Festival.
No se trata de un fenómeno aislado ni aleatorio. La emergencia de las mujeres realizadoras está considerada por los teóricos una de las características fundamentales no solo del cine contemporáneo, sino del arte, los medios y la literatura universal durante los últimos veinte años del siglo XX y los primeros cinco de la presente centuria. Tan es así que en esta edición del Festival, además de presentar realizadoras en todas las secciones, competitivas y no, del certamen, se han introducido sendos premios: el de mejor obra de ficción realizada por una mujer y su homólogo en el documental. Ambos premios los otorga la organización no gubernamental Mugarik Gabe, y consiste en mil dólares, en cada una de las dos categorías, a la directora cuya obra sea escogida como la mejor.
Suele ocurrir que sus películas, las de ellas, llevan protagonista femenina y se enfrentan a problemas tan típicamente femeninos como la discriminación sexual, los intercambios de roles, la maternidad, la desigualdad de oportunidades, la iconografía y sensibilidad que distinguen a las mujeres de los varones; pero también, en fechas más recientes, existen filmes, numerosos, que se han propuesto sacar de cualquier ghetto temático a las producciones conducidas por féminas, y entonces no aparece ya ni un atisbo de feminismo, ni se insiste en cultivar los argumentos que separan a uno y otro sexo, ni tampoco se recurre a la protagonista femenina ni al melodrama, ni a los espacios domésticos ni a la estrecha antinomia madre-puta. Las directoras incursionan en cualquier género o empresa, desde las más diversas alturas estéticas o éticas. Ya es imposible no contar con ellas.

Joel del Río

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CINE POBRE EN "SIN FRONTERAS"

Una nueva y buena noticia para los gibareños es la creación del espacio televisivo "Sin fronteras". El programa tiene como objetivo poner en pantalla las obras que han estado concursando el primero al cuarto festival.
Hablamos con el periodista y realizador Yuri Sosa, quien está a cargo de la dirección de este equipo:
-¿Cómo surge este proyecto?
-Se cataliza con la propia creación del telecentro gibareño. Desde el inicio pensé que era muy útil. Ocurre que, durante el festival, se exhiben muchas obras a la vez y es imposible ver la mayoría de ellas. "Sin fronteras" asumirá la misión de convertirse en el espacio cinematográfico por excelencia del festival. Así todo el año el gibareño tendrá la oportunidad de ver las obras que han concursado, siempre que los realizadores nos cedan los derechos de reproducción.
Los domingos a partir de las 8 y 30 de la noche, Gibaravisión se convierte en la gran sala cinematográfica del cine de bajo presupuesto. Omar González, presidente del ICAIC, nos comentó la importancia de un espacio como este:
"Es el único de su tipo que tenemos el país. Será muy útil porque dotará a los televidentes de herramientas críticas a la hora de valorar el audiovisual, a ese gibareño que forma parte del gran jurado del festival, al otorgar el Premio de la Popularidad. Así lo más popular se acercará a lo de mayor vuelo estético."
La Premier del programa se realizó con la puesta en pantalla de Soñar en Nablus, película documental, que fue premio Roberto Rosellini del Festival de Cine Pobre del año pasado. Nos comenta su realizador, el español Sergi Sandúa: "Me satisface mucho que hayan tenido la idea de crear un espacio como este. La sala cinematográfica reduce la cantidad de personas que puede ver nuestras obras. Esto del cine pobre en la televisión es un verdadero gesto de altruismo. Mientras más personas vean nuestras películas, mejor."
Quedan pocas horas para la clausura de este quinto festival, la despedida se acerca, y con ella el compromiso de alimentar un cine insurgente y contestatario. Mientras, este pedacito del mundo que es Gibara, continuará todo el año disfrutando de un cine rebelde y "Sin fronteras".

Daniela Sosa Vélez

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ALUCINA EL BRILLO CARIOCA

Probablemente no sean demasiadas las películas de este Festival que trasmitan tanta energía, evidencien tamaña amplitud de miras, y transparenten similar comprensión de idiosincrasias y sicología social que los documentales de largometraje Una odisea a la brasileña, dirigido, escrito y fotografiado por Mariana Vitarelli, y Surfeando Favela, coproducción norteamericano-argentina, codirigida por Maximiliano Ezzaoui, Natalia Bacalani y Tomas Crowder, quienes se distribuyeron también diversas funciones en cuanto a la fotografía y la edición. Ambos filmes se ambientan en Río, preferentemente en barrios muy humildes, o favelas, y los dos se parecen no más que en el intencionado uso de las entrevistas, en el primero muy cortas, y a propósito de la opinión que tiene mucha gente sobre lo que es Brasil y será el futuro del gigantesco país, mientras que el segundo documental se acerca más bien al relato de una historia en torno a una serie de hombres cuya consagración al surfing, y a la fabricación de utensilios para esta actividad marítima, ha conseguido hasta cierto punto vulnerar las fronteras de la exclusión, la miseria y la marginalidad.

Una odisea a la brasileña es el clásico documental pensado y realizado con técnicas de collage y amplio espectro temático. Mariana Vitarelli se apoyó en un acontecimiento histórico: el arribo y traspaso del 2001, año de inicio del nuevo siglo y del tercer milenio, para explorar el parecer de muchísima gente, hombres y mujeres, de clase baja y media, sobre todo obreros, gente humilde, sencilla, pero también intelectuales con un discurso muy bien articulado, sobre qué significa Brasil y cuál será el futuro del país habida cuenta de que se está pasando por encima de una fecha que promueve la reflexión en torno a lo quiénes son y a qué aspiran los brasileños. Con este pretexto instrumental, la realizadora explora, busca respuestas, las contrapone, las manipula con vivacidad, participa de modo cómplice y lúcido del discurso autodenigratorio y desencantado, tan propio de todos nuestros países latinoamericanos, y al mismo tiempo entrega una acuarela de rostros y pensamientos con características de mural desbondado y polícromo.
Si bien a veces se inclina demasiado a la planicie didáctica, el filme consigue sostener muy alto la fibra dramática, el interés argumental y la ética humanística. Una odisea a la brasileña juega con los enunciados de la distopía y la desesperanza, pero su balance no consigue (ni tampoco intenta) contagiar el desaliento o ganar prosélitos para el nihilismo, simplemente pone en evidencia, con una locuacidad -que este cronista quisiera a veces menos atenta al didactismo y a las estadísticas- y muy apreciable capacidad de síntesis, ese espíritu barroco y resentido, carnavalesco y gracioso que forma parte del "Brasil brasileiro, de samba y pandeiro" como dice la célebre canción. El fondo, los superobjetivos, los personajes y los subtextos parecen similares a obras maestras recientemente llegadas de aquel país como Edificio Máster, La isla de la flores o Ciudad de Dios, pero Una odisea a la brasileña adquiere entidad propia desde el momento en punto en que se decide a parafrasear el título del célebre filme de Stanley Kubrick, para regalarle al espectador una de las más terrenales, escaldadas y dialógicas incursiones, siempre pensadas con la voluntad de indagar y reafirmar.

Por su parte Surfeando favela sí se adentra definitivamente en el mundo de la marginalidad y la exclusión, de las favelas y su violencia diaria. Pero en lugar de exaltar el marginalismo, la desintegración y la crítica plagada de obviedades fácilmente sociologistas, Surfeando favela es fresca y veraniega sin ceder a la frivolidad ni mucho menos al autoerotismo. Aquí se exalta un proyecto de vida, se teje una historia que le permite a la gente mejorarse como seres humanos, sobrevivir en comunidad, aspirar al progreso, y sentirse persona. Además de todo lo noble que exuda la divulgación de este empeño surgido espontáneamente y apoyado por varias personas que se decidieron a contraponer el deporte y el arte a la miseria y la disgregación, el documental potencia un lenguaje audiovisual convincentemente postmoderno, apoyado en recursos de la publicidad, el video clip, y en la voluntad de recrear lo positivo, lo hermoso, lo que aporta brillo, color y mejoramiento dentro de ese universo de las favelas que el cine brasileño ha convertido en una suerte de símbolo de la identidad nacional.
Una odisea a la brasileña y Surfeando favela puede enseñarle más a cualquier extranjero sobre el alma, y la realidad concreta de Río de Janeiro, y de Brasil, que la más completa y objetiva guía turística. No menos puede solicitarse a los mejores documentales que nos han llegado últimamente de aquel país.

Joel del Río
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Samuel Riera, en Cine Pobre
OXÍGENO PARA EL VIDEOARTE

Para Samuel Riera, el hecho de que un festival de cine ofreciera plazas para las obras experimentales y de videoarte fue una gran sorpresa. Profesor de grabado en la escuela de San Alejandro, él tiene esta visión sobre la inusual especialidad en que se inscribe Oxígeno: "El videoarte proviene de las artes plásticas. Y aunque usa maneras del arte cinematográfico, no es propiamente cine. En el contexto contemporáneo, donde están tratando de redefinirse los conceptos del arte, ha irrumpido el videoarte para destruir las barreras que separan las distintas manifestaciones artísticas. Toma elementos de la plástica, de la literatura y el cine, pero no hay nada específico que lo pueda definir, inclusive ni el tiempo, ni una narrativa, ni conceptos."
Cuando presentó su obra a la competencia, Riera tenía en mente la utilidad de de la convocatoria: "Es un espacio más que se abre para el videoarte, en un momento cuando ni siquiera las galerías y museos han adecuado sus espacios ni aclarado todavía los criterios curatoriales para exhibir el video arte". Ya estando dentro del Festival del Cine Pobre, se le aclaró otra perspectiva: "Las obras presentadas a este festival tienen la peculiaridad de haberse realizado con pocos recursos, una experiencia que es muy afín con la de los videoartistas, quienes tenemos que trabajar no solo con materiales escasos, sino también con pocos recursos técnicos, además de la falta de preparación sobre el uso de las nuevas tecnologías". Relata que "en la filmación de Oxígeno preparé el set en la bañadera de mi propia casa, y como buscaba provocar una sensación de frialdad, laminé las paredes del baño con planchas de las que se usan para el grabado".
Esta fue su primera obra como videoartista, un trabajo de clase, de apenas 2 minutos 15 de duración. Ahora trabaja en un proyecto de Arte Latinoamericano, Centroamericano y el Caribe, junto con Alexis de la O (autor de Cuba baila, otro videoarte que compite en el Festival), donde acude a las video instalaciones, en que la obra se concibe para el contexto de exhibición de la galería de arte.
Como las piezas de videoarte suelen ser recibidas con perplejidad por el público profano, que suele buscar en el audiovisual una línea narrativa, dejamos que Samuel Riera nos explique sus intenciones con Oxígeno: "Partí de la idea del arte efímero. Reflejo un estado de ánimo, un instante crítico, donde la situación de asfixia, de encerramiento, impulsa al individuo a dejar un legado, una huella, para las futuras generaciones".

Rafael Grillo

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Entrevista a Manuel Porto
INTERPRETAR ES MÁS QUE ACTUAR

"El cenaguero no es guajiro, que es el hombre que cultiva la tierra. El cenaguero es colector, pescador, carbonero. Él no puede explotar la tierra porque esta no produce". Tanto tiempo lleva entre ellos el gran actor Manuel Porto (17 años), que los ha calado hasta el mismísimo tuétano, y es que su vida, desde finales de 1989, ha estado muy vinculada al mayor humedal de Cuba y su gente.
"Llegué a la Ciénaga de Zapata el 7 de diciembre de 1989, pues en enero del siguiente año comenzaríamos a filmar la telenovela Cuando el agua regresa a la tierra. Pero resultó que el proceso de producción se atrasó un poco, así que hablé para que me dejaran marchar a un poblado de la zona con el objetivo de preparar mi personaje, porque ningún cenaguero vivía en Villa Girón, con aquellas comodidades.
"Estaba convencido de que debía convivir con esas personas, conocer su psicología, así que me trasladé hacia Santo Tomás, en el mismo corazón de la Ciénaga, donde permanecí ocho meses. Pero un buen día, mientras se grababa en Los Hondones Cuando el agua regresa a la tierra, me anunciaron que me andaba buscando el Comandante. Era Faustino Pérez, que por ese entonces comenzaba a dirigir el Plan de Desarrollo Victoria de Girón".
Lo que sucedió después en la carrera de Manuel Porto, homenajeado en este V Festival del Cine Pobre, es más conocido: de las entrevistas con el Comandante Faustino Pérez surgió el Proyecto Artístico Experimental Ciénaga de Zapata, que con el tiempo se convertiría en el Conjunto Artístico Comunitario Korimacao, único de su clase en el país. En pleno período especial aquel proyecto era una quimera, pero tanto Faustino como Porto estaban convencidos de que "si bien había que llenarle el estómago a la gente, había también que llenarle la mente, el espíritu. Faustino estaba seguro de que para desarrollar económica y socialmente a un territorio, a un país, había que desarrollar la creación artística.
"Korimacao es una obra pura de la Revolución. Por él han pasado centenares de jóvenes que han sido salvados por nuestra institución. Quizá ya no estén con nosotros y ni siquiera toquen la guitarra, pero tienen otra posición ante la vida. En nuestro Conjunto los niños han aprendido a bailar, a cantar, actuar o, al menos, disfrutar de un espectáculo de calidad. Y eso la gente lo agradece muchísimo, ya no le preguntan por la pipa de ron, ni por la orquesta que va a tocar, ahora nos interrogan por lo que vamos a estrenar, si traemos alguna puesta para los pequeños. Es una guerra a largo plazo; una guerra del pensamiento, de la cultura y la educación, cuya victoria no es inmediata, pero sí posible".

-En casi dos décadas que has estado alejado de la capital, ¿no extrañas las cámaras?
-Mucho. No hay un solo instante en que no sienta añoranza por eso. A veces digo: "caballero, si viniera algún actor amigo mío y se diera una vuelta por aquí para conversar un rato, porque yo los extraño mucho, a ellos y al ICRT, la institución que me formó, primero como joven -entré con 21 años-, y luego como actor. Por tanto, la mayor parte de mi vida transcurrió allí. Así que siento nostalgia por mis compañeros, por las cámaras, por la actuación... Es cierto que he hecho algunas cosas en los medios estando en la Ciénaga, pero quizá pude haber hecho muchas más en dependencia de las veces que se acordaran o no de que yo existía en ese lugar tan apartado... Veo los programas, las novelas, y me digo: si yo no estuviera allí es posible que me tocara un personaje en esa telenovela o en esa serie o en esa película. Es una añoranza constate, tanta, que hay veces que las lágrimas se me acercan a los ojos.

-¿Te arrepientes de haber perdido esas cosas?
-Jamás, me parece que estoy haciendo algo muy importante, necesario para esa gente y mi país, y no me arrepiento. Es verdad que añoro, que extraño, pero Korimacao se ha convertido en la obra de mi vida como creador, como artista, como revolucionario, como ser humano, porque sé que es algo que va a quedar para los que vienen después, y en un territorio donde hace mucha falta.

-Antes de esa etapa, Manuel Porto se hallaba entre los tres actores cubanos más demandados de la televisión...
-Eso era lo que decían las estadísticas que me informaron entonces, lo que significaba que estaba entre los tres, cuatro o cinco mejor pagados. Claro, eso no quería decir que fuera de los primerísimos...

-Sin embargo, en todos estos años has demostrado que eres un actor que calas a tus personajes. ¿Cuál es el secreto?

-Creer en lo que haces, creer y creer. También el guión te ayuda, la manera como están escritos los personajes... A veces el actor tiene que esforzarse más para buscarle una verdad, porque no está en los textos. Pero mira, yo tenía un profesor que se llamaba Carlito Piñeiro, quien me demostró que los mejores actores del mundo son los niños, porque llegan a asumir que el palito es un caballo. El adulto que logre eso y tenga talento como actor, podrá construir los personajes. También me dijo otra cosa: interpretar es más que actuar, interpretar es cuando a la gente se le olvida que tú estás actuando. Entonces, es una mezcla de eso, de creer y lograr proyectar lo que te estás creyendo. Esa es la parte teórica, porque hay miles de preparaciones y de ejercicios, muchos caminos por los que transita un actor. Uno acude, por ejemplo, a la memoria emotiva, a los recuerdos, las vivencias, que pueden ayudarte a conformar una escena en un momento determinado.
"Está la famosa película donde Robert de Niro se roba el show en solo tres minutos en pantalla (ahora no recuerdo el título). Lo único que pasa es que alguien llega y le da una noticia, y De Niro se queda ensimismado en su mundo, su rostro era una mezcla de dolor y rencor. Fue una actuación muy aplaudida. Luego, cuando le preguntaron cómo lo hizo, respondió: 'pensaba en mis tiempos de estudiante de secundaria, cuando había un ejercicio de álgebra que a mí nunca me salía, y eso me daba una tristeza, un dolor...', sin embargo, su cara era un poema. Esas son trampas de las que se auxilia un actor. Pero creer en lo que haces es la clave. Ese es el momento en que la gente exclama: oyeee, ¡qué bien te quedó eso!".

-Protagonizaste Habana, Havana, una película con la cual obtuviste un premio internacional de actuación, y que contaba la historia de un viejo muy pobre que salía en busca de un par de zapatos...
-Chico, un viejo, no, un hombre de mi edad (sonríe)...

-Bueno, un hombre de su edad..., y has dicho que esa historia se parecía a tu vida...

-Mi origen es muy humilde, me crié en un ambiente muy hostil. No sé qué hubiera sido de mí, si no llega el Comandante y manda a parar. Nunca pensé ser artista. Yo no recitaba ni Los Zapaticos de Rosa en la escuela. Para mí eso era una blandenguería. Yo era de Pogolotti, donde vivía la gente dura. No, no, yo no entraba en ese cuento, yo era hombre... hasta que un día me propusieron en el ejército actuar en una obra de teatro. Me negué, por supuesto, y me puse muy bravo con el que me la insinuó, pero me explicó: Mira, es que así podremos salir el fin de semana y quedarnos hasta el lunes en la casa. Apúntame ahí, le dije. Así empezó todo: para salir de pase fue que Porto se hizo actor.
"Después empecé a comprender de que no, que yo estaba lleno de grandes prejuicios, influenciado por mi papá, por mi hermano mayor, por el ambiente familiar en el que me había criado. Eso de pianista, cantante, bailarín, actor... eso era... ¿Cómo un Porto iba a ser un artista?".

-¿Y cómo lograste convencer a tu familia?
-Cuando llegué a la casa vestido de verde olivo, mi papá pensó que me había fugado, y entonces le expliqué: no, es que mañana por la mañana tengo que estar ahí en 23. ¿A la televisión a qué?, me preguntó, y le dije que no sabía. (Éramos un tongón de guardias, sesenta habíamos sido seleccionados por toda Cuba y, por cierto, quedamos solo nueve, porque la prueba fue muy rigurosa. La hicieron Raquel Revuelta, Roberto Garriga, José Antonio Rodríguez, Enrique Santiesteban, las figuras de aquella época). Cuando regresé y le comenté de qué se trataba, ufff, el tipo plantó, y ni atrás ni adelante, claro, ya era un hombre.
"Después cuando me veía entre los extras, llamaba a los amigos para que no se perdieran las Aventuras, que su hijo iba a salir. Total, yo aparecía dos segundos montado arriba de un caballo, pero comenzaba a sentirse orgulloso de que su hijo fuera artista, así se le fueron quitando, como a mí, los prejuicios. Luego llegó mi primer bocadillito, mi primer personajito, fue una etapa muy linda de mi juventud. Y te reitero: el ICRT fue esencial en mi formación como profesional y como persona, me hizo mejor ser humano".

-¿Qué tipo de personajes el que más te atrae?
-Los buenos personajes, hay secundarios que son mucho más atractivos que los protagónicos. Eso de "el bueno" y "el malo" es un cuento, al igual que el planteamiento de que los malvados enganchan más. Eso es cierto en la medida en que estén mejor o peor escritos, mejor o peor concebidos.

-¿Y alguno que te haya marcado y quisieras volver interpretar?
-Muchos. De una forma u otra me han marcado todos los que he interpretado, eso también forma parte de la preparación del actor como ser humano. Uno representa a tanta gente y son tantas las cosas que vives, que eso te va brindando un nivel de información muy grande... No importa si es un personaje chiquito o inmenso, la verdad es que lo añoras después durante un buen tiempo, hasta que aparece otro nuevo. No sé... quizá me gustaría volver a interpretar al ciego de Los tiempos de cada uno, con Miguel Navarro, orque estoy seguro de que con un personaje como ese, todo me va a salir bien, no por mí, sino por increíble Miguel.

José Luis Estrada Betancourt

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Sergio Benvenuto - Director General
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