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AL CAER EL TELÓN DEL CINE POBRE
Lograr año tras año, y ya van cinco, la reunión
del Cine Pobre en Gibara, es una agonía que solo puede
alcanzarse, al cabo, porque mucho milagro anda suelto todavía
en el ambiente, y porque el entusiasmo y los deseos de sus
gestores terminan deshaciendo los más empecinados obstáculos.
Con palabras similares, Humberto Solás hizo el preámbulo
en la mañana del sábado 21, en la sala grande
del Jibá, donde se juntaron la mayoría de los
participantes a la edición del Festival de 2007. Concebida
como una conferencia de prensa en que alzaran la voz directores
y productores, guionistas y actores, los protagonistas en
pleno de la gesta del cine alternativo y de bajos recursos
que promueve el evento, se desenvolvió de un modo muy
sui generis, con Solás y un par de periodistas
delante -y no al revés-, convidando a los presentes
a dar cuenta de su quehacer cinematográfico.
Solás hubiera querido una representación más
nutrida de la gente de cine que envía sus trabajos
al Festival, pero las condiciones de extrema modestia económica
en que este se realiza, antípoda de las opulencias
de Cannes y Berlín, o de Huelva y Biarritz, impiden
que se pueda costear la asistencia de todos ellos.
De entre los que sí estaban, pagando de sus bolsillos
el tour a la Isla, Manuel Iglesias quiso disipar
las preocupaciones de Solás con un elogio a las virtudes
de la cita de Gibara. "Los felicito por la valentía
y el atrevimiento hacer este Festival con tan escasos recursos.
Además, me impresiona ver al pueblo abocado al Festival,
no para tocar a las estrellas, como en los certámenes
de Europa, sino para ir al cine y disfrutar las películas",
afirmó el director español que tiene dos filmes
en concurso (De bares, en largo; y Vecinos,
en corto, ambos de ficción). Luego se sintió
estimulado a hablar de su película: "De bares
es como un libro de relatos, que rompe con la estructura del
cine tradicional, son pequeños dramas humanos; y esto
la acerca a lo que yo entiendo por Cine Pobre. También
por los retos que debimos vencer, tal es el caso de las escenas
que requerían efectos especiales".
El cubano Alejandro Gil, realizador de otro de los largos
en competencia, La pared, contó sobre la espera
de más de cuatro años, guión en mano,
hasta que la coyuntura lo favoreció, después
de filmar Montañas de luz con el ICAIC. De
su película, de tema difícil, coherente con
la intención de no hacer concesiones en función
de un público mayoritario, Gil desentrañó
la esencia: "La pared es metáfora de
la rudeza del mundo exterior y de la coraza con que el individuo
se protege de esa cruda realidad. Solo cuando emergen los
valores esenciales del ser humano puede empezar a caer la
pared y solucionarse este drama del hombre contemporáneo".
"Esa búsqueda de eticidad, alejada del pragmatismo
de las sociedades de consumo, es justamente lo que debe caracterizar
a las producciones del Cine Pobre", enfatizó Solás
y a seguidas llamó a Claudia Rojas, actriz cubana que
Humberto dirgió en Miel para Oshún.
Aclamada en el primer Festival de Gibara, cuando intervino
en La novia de Lázaro, ella habló en
nombre de los intérpretes que se involucran en proyectos
cinematográficos solo por amor, sin recibir un centavo
por su actuación.
Terminado el coloquio, Solás introdujo al representante
de Swiss Effects, firma patrocinadora por quinta ocasión
del premio a maquetas y proyectos en proceso para largos de
ficción. Thomas Krempke presentó unos materiales
didácticos sobre el proceso de postproducción
y el uso de las cámaras digitales disponibles hoy en
el mercado.
A pocas horas de caer el telón de la quinta edición
del Festival, este encuentro, como otros tantos que ocurrieron
por estos días, reveló que Gibara es lugar de
ensueño y esperanza para una forma diferente de asumir
la concreción del audiovisual. Así que bien
vale hagamos un conjuro para que sea posible una Sexta reunión
del Cine Pobre.
Rafael Grillo
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INTERIORIDADES DE MONTEROS Fue
en 1998 cuando el fotógrafo Raúl Cañibano
puso sus pies por primera vez en la Ciénaga de Zapata.
Entonces comenzó a hacer sus viajes iniciales al campo
de Cuba para tomar instantáneas como las que, un año
después, le dieran el Premio Nacional de Fotografía.
"Hace un año, mientras digitalizaba algunas fotos
de deMoler para Alejandro, le comenté sobre
la historia de Victoriano, pensando que eso le podía
ser interesante para un documental. "Una noche, en
una de las cacerías, encaramado en una especie de cama
que se construye encima de las matas, dormido, se le quedó
un pie afuera que, sin duda, llamó poderosamente la atención
de un cocodrilo, que lo tiró al suelo. Con la ayuda de
un pariente que lo acompañaba pudo liberarse, pero con
una herida que empezaba en los glúteos y terminaba en
la articulación de la rodilla. Menos mal que había
aprendido a coger puntos para auxiliar a sus perros cuando eran
presa de los colmillos de los puercos jíbaros".
Esa historia verídica fue el inicio de Monteros,
que luego se convirtió en un proyecto más ambicioso,
según explica su director, Alejandro Ramírez,
graduado en la especialidad de Dirección en la Facultad
de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del
ISA: "En Santo Tomás, uno de esos parajes contradictoriamente
paradisíacos, porque la belleza de la naturaleza coexiste
con la dureza de la vida de sus habitantes, un grupo de hombres
se dedican a la caza de animales salvajes... En medio de estos
pantanos, ellos discurren sobre la amistad, el amor, la confianza,
la lealtad, temas universales, que hacen a cada uno de ellos
entrañablemente cercanos en criterios, incertidumbres,
anhelos y también desesperanzas". "Más
allá del testimonio o el reportaje etnológico,
Monteros propone un acercamiento poético, sensible,
profundamente humano a estos hombres y mujeres, parte del complejo
y variado mundo cubano", agrega Orlando Pérez, editor
nuevamente de los documentales de Alejandro, con quien se graduó
en el ISA.
Detrás de cada documental de Ramírez (deMoler,
Montaña de luz, Rostros de III siglos,
Permiso a la tierra) hay una profunda investigación
llevada a cabo generalmente por el joven Daniel Álvarez
Durán, sociólogo de la Fundación Fernando
Ortiz, quien se sumó a Alejandro, Cañibano y Senarega
para desarrollar el proceso de prefilmación. "En
un principio nos propusimos ver cómo se comportaban la
reserva cultural en esa zona, las tradiciones y el folclor.
Con toda la información se hizo un análisis sociológico
con el que se armó una especie de escaleta. Después
vino el rodaje. "Alejandro tiene un método
propio de la antropología visual: con una indagación
básica va a la locación y permite, in situ,
que los actores sociales improvisen, sean espontáneos,
aunque haya actuación, para lograr un retrato más
cercano a lo cotidiano", explica Daniel. "Santo
Tomás es una reserva cultural muy específica.
Estos son hombres y mujeres que viven en una especie de involución,
de olvido, de estancamiento, y siempre están en el límite
de la condición humana, aun cuando desarrollen una espiritualidad
muy característica. Sin embargo, se resisten, en primer
lugar, por una cuestión de identidad, que se establece
con el lugar donde se nace, y porque allí están
sus herramientas de subsistencia. Pero Santo Tomás está
destinado a desaparecer, pues no ha logrado una autonomía
económica real que la haga una comunidad próspera.
Por tanto quedan enajenados dentro de la estructura social cubana".
¿Lo más difícil a la hora de rodar
Monteros? Confiesa Alejandro: "Lo que más
me costó fue encontrar las personas que quisieran trabajar
en un proyecto como este, sin ninguna comodidad. A veces filmábamos
con el agua a la cintura o al pecho, y con mucho riesgo por
la cercanía de los cocodrilos. En ocasiones nos quedábamos
en las noches en el medio del monte, sin luz eléctrica,
con lluvia, durmiendo en el piso pantanoso; caminábamos
muchísimo, empujábamos los botes para avanzar,
y con una tensión y un estrés muy grandes. Quizá
por eso, el equipo de realización, que lo integran además
Francisco Álvarez (producción), Yamil Santana
(segunda cámara), Abel Omar Pérez (música
original), Diego Javier Figueroa (sonido directo) y Jorge Luis
Chijona (musicalización y mezcla), fue tan creativo y
estuvo tan cohesionado. José Luis Estrada
Betancourt |
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REALIZADO POR ELLAS, LAS NUEVAS Y EMERGENTES
Mientras se continúa discutiendo a todos los niveles
si existen diferencias sustanciales de estilo y contenido
entre el cine de ficción o documental, escrito y realizado
por mujeres, y el que conciben y llevan a cabo los hombres,
no debe perderse de vista la certeza de que vivimos en una
época favorecedora del discurso femenino y de la entronización
de la mujer en roles tradicionalmente asignados a los varones.
Si bien la historia del cine en todos los países registra
por centenares las mujeres actrices, guionistas, productoras,
diseñadoras de arte e incluso fotógrafas y editoras,
es mucho más raro encontrar a las mujeres en papeles
directrices dentro de una producción de mediano o gran
presupuesto.
El enorme empuje democratizador y dinámico que aportaron
el cine independiente, de bajo presupuesto, alternativo, y
las nuevas tecnologías, ha propiciado el arribo por
oleadas de las mujeres a los diversos oficios del audiovisual,
incluido el de la dirección. Tal es la visibilidad
recién conquistada por el cine femenino que, por ejemplo,
en esta quinta edición del Festival Internacional de
Cine Pobre participan numerosas obras de ficción, entre
otras, han destacado las realizadas por Viviane Candas (Francia,
Suzanne, largometraje), Carla Valencia (Ecuador,
Emilia, cortometraje), Carolina Incola (Cuba, Así
de simple, largometraje de ficción en Muestra
paralela) y Rosamary Berrios (Puerto Rico, Desfloración,
obras experimentales y videoarte).
Las mencionadas no están en solitario ni mucho menos.
Sabido es que el documental constituye una de las vías
más factibles para garantizar el arribo al cine de
una serie de jóvenes y noveles realizadoras, ávidas
por demostrar sus capacidades para descubrir grandes personajes,
contar una historia que suele estar vinculada al mundo femenino,
y decididas a demostrar todo el talento y las capacidades
que una mujer puede aportar al mundo de las imágenes
y el sonido. Algunos de los mejores documentales vistos este
año -y conste que no es sentencia presurosa y promocional,
puesto que los he visto todos- están escritos y dirigidos
por mujeres. Hay dos joyitas brasileñas que tienen
mujeres a cargo de la calidad integral del producto, como
Surfeando favela, de Maximiliano Ezzaoui, Tomás
Crowder y Natalia Bacalini (quien también se encargó
de la espléndida fotografía) y Una odisea
a la brasileña, que dirigió, escribió,
fotografió y editó la talentosa Mariana Vitarelli
Alessi.
Todavía hablando de documental, están las cubanas
Isabel Santos (cuyo debut lo marca, en codirección
con Rafael Solís, San Ernesto nace en La Higuera),
Marina Ochoa (Habanera por Juan Ramón), Lizette
Vila (Rasgando velos) y la brasileña Renata
Meirelles, quien realizó en Cuba y con una temática
tan cubana como el arte de confeccionar puros (Tabaco),
y la lista no termina aquí, pero es demasiado extensa
como para un censo completo de las decenas de directoras que,
no por casualidad, sino por vocación, estrategia, posibilidad
y sentido de pertenencia han enviado sus obras a este Festival.
No se trata de un fenómeno aislado ni aleatorio. La
emergencia de las mujeres realizadoras está considerada
por los teóricos una de las características
fundamentales no solo del cine contemporáneo, sino
del arte, los medios y la literatura universal durante los
últimos veinte años del siglo XX y los primeros
cinco de la presente centuria. Tan es así que en esta
edición del Festival, además de presentar realizadoras
en todas las secciones, competitivas y no, del certamen, se
han introducido sendos premios: el de mejor obra de ficción
realizada por una mujer y su homólogo en el documental.
Ambos premios los otorga la organización no gubernamental
Mugarik Gabe, y consiste en mil dólares, en cada una
de las dos categorías, a la directora cuya obra sea
escogida como la mejor.
Suele ocurrir que sus películas, las de ellas, llevan
protagonista femenina y se enfrentan a problemas tan típicamente
femeninos como la discriminación sexual, los intercambios
de roles, la maternidad, la desigualdad de oportunidades,
la iconografía y sensibilidad que distinguen a las
mujeres de los varones; pero también, en fechas más
recientes, existen filmes, numerosos, que se han propuesto
sacar de cualquier ghetto temático a las producciones
conducidas por féminas, y entonces no aparece ya ni
un atisbo de feminismo, ni se insiste en cultivar los argumentos
que separan a uno y otro sexo, ni tampoco se recurre a la
protagonista femenina ni al melodrama, ni a los espacios domésticos
ni a la estrecha antinomia madre-puta. Las directoras incursionan
en cualquier género o empresa, desde las más
diversas alturas estéticas o éticas. Ya es imposible
no contar con ellas.
Joel del Río |
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CINE POBRE EN "SIN FRONTERAS" Una
nueva y buena noticia para los gibareños es la creación
del espacio televisivo "Sin fronteras".
El programa tiene como objetivo poner en pantalla las obras
que han estado concursando el primero al cuarto festival.
Hablamos con el periodista y realizador Yuri Sosa, quien está
a cargo de la dirección de este equipo:
-¿Cómo surge este proyecto?
-Se cataliza con la propia creación del telecentro
gibareño. Desde el inicio pensé que era muy
útil. Ocurre que, durante el festival, se exhiben muchas
obras a la vez y es imposible ver la mayoría de ellas.
"Sin fronteras" asumirá la misión
de convertirse en el espacio cinematográfico por excelencia
del festival. Así todo el año el gibareño
tendrá la oportunidad de ver las obras que han concursado,
siempre que los realizadores nos cedan los derechos de reproducción.
Los domingos a partir de las 8 y 30 de la noche, Gibaravisión
se convierte en la gran sala cinematográfica del cine
de bajo presupuesto. Omar González, presidente del
ICAIC, nos comentó la importancia de un espacio como
este:
"Es el único de su tipo que tenemos el país.
Será muy útil porque dotará a los televidentes
de herramientas críticas a la hora de valorar el audiovisual,
a ese gibareño que forma parte del gran jurado del
festival, al otorgar el Premio de la Popularidad. Así
lo más popular se acercará a lo de mayor vuelo
estético."
La Premier del programa se realizó con la puesta en
pantalla de Soñar en Nablus, película
documental, que fue premio Roberto Rosellini del Festival
de Cine Pobre del año pasado. Nos comenta su realizador,
el español Sergi Sandúa: "Me satisface
mucho que hayan tenido la idea de crear un espacio como este.
La sala cinematográfica reduce la cantidad de personas
que puede ver nuestras obras. Esto del cine pobre en la televisión
es un verdadero gesto de altruismo. Mientras más personas
vean nuestras películas, mejor."
Quedan pocas horas para la clausura de este quinto festival,
la despedida se acerca, y con ella el compromiso de alimentar
un cine insurgente y contestatario. Mientras, este pedacito
del mundo que es Gibara, continuará todo el año
disfrutando de un cine rebelde y "Sin fronteras".
Daniela Sosa Vélez |
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ALUCINA EL BRILLO CARIOCA
Probablemente no sean demasiadas las películas de este
Festival que trasmitan tanta energía, evidencien tamaña
amplitud de miras, y transparenten similar comprensión
de idiosincrasias y sicología social que los documentales
de largometraje Una odisea a la brasileña, dirigido,
escrito y fotografiado por Mariana Vitarelli, y Surfeando
Favela, coproducción norteamericano-argentina, codirigida
por Maximiliano Ezzaoui, Natalia Bacalani y Tomas Crowder, quienes
se distribuyeron también diversas funciones en cuanto
a la fotografía y la edición. Ambos filmes se
ambientan en Río, preferentemente en barrios muy humildes,
o favelas, y los dos se parecen no más que en el intencionado
uso de las entrevistas, en el primero muy cortas, y a propósito
de la opinión que tiene mucha gente sobre lo que es Brasil
y será el futuro del gigantesco país, mientras
que el segundo documental se acerca más bien al relato
de una historia en torno a una serie de hombres cuya consagración
al surfing, y a la fabricación de utensilios para esta
actividad marítima, ha conseguido hasta cierto punto
vulnerar las fronteras de la exclusión, la miseria y
la marginalidad. Una
odisea a la brasileña es el clásico documental
pensado y realizado con técnicas de collage y amplio
espectro temático. Mariana Vitarelli se apoyó
en un acontecimiento histórico: el arribo y traspaso
del 2001, año de inicio del nuevo siglo y del tercer
milenio, para explorar el parecer de muchísima gente,
hombres y mujeres, de clase baja y media, sobre todo obreros,
gente humilde, sencilla, pero también intelectuales con
un discurso muy bien articulado, sobre qué significa
Brasil y cuál será el futuro del país habida
cuenta de que se está pasando por encima de una fecha
que promueve la reflexión en torno a lo quiénes
son y a qué aspiran los brasileños. Con este pretexto
instrumental, la realizadora explora, busca respuestas, las
contrapone, las manipula con vivacidad, participa de modo cómplice
y lúcido del discurso autodenigratorio y desencantado,
tan propio de todos nuestros países latinoamericanos,
y al mismo tiempo entrega una acuarela de rostros y pensamientos
con características de mural desbondado y polícromo.
Si bien a veces se inclina demasiado a la planicie didáctica,
el filme consigue sostener muy alto la fibra dramática,
el interés argumental y la ética humanística.
Una odisea a la brasileña juega con los enunciados
de la distopía y la desesperanza, pero su balance no
consigue (ni tampoco intenta) contagiar el desaliento o ganar
prosélitos para el nihilismo, simplemente pone en evidencia,
con una locuacidad -que este cronista quisiera a veces menos
atenta al didactismo y a las estadísticas- y muy apreciable
capacidad de síntesis, ese espíritu barroco y
resentido, carnavalesco y gracioso que forma parte del "Brasil
brasileiro, de samba y pandeiro" como dice la célebre
canción. El fondo, los superobjetivos, los personajes
y los subtextos parecen similares a obras maestras recientemente
llegadas de aquel país como Edificio Máster,
La isla de la flores o Ciudad de Dios, pero
Una odisea a la brasileña adquiere entidad propia
desde el momento en punto en que se decide a parafrasear el
título del célebre filme de Stanley Kubrick, para
regalarle al espectador una de las más terrenales, escaldadas
y dialógicas incursiones, siempre pensadas con la voluntad
de indagar y reafirmar.
Por su parte Surfeando favela sí se adentra
definitivamente en el mundo de la marginalidad y la exclusión,
de las favelas y su violencia diaria. Pero en lugar de exaltar
el marginalismo, la desintegración y la crítica
plagada de obviedades fácilmente sociologistas, Surfeando
favela es fresca y veraniega sin ceder a la frivolidad
ni mucho menos al autoerotismo. Aquí se exalta un proyecto
de vida, se teje una historia que le permite a la gente mejorarse
como seres humanos, sobrevivir en comunidad, aspirar al progreso,
y sentirse persona. Además de todo lo noble que exuda
la divulgación de este empeño surgido espontáneamente
y apoyado por varias personas que se decidieron a contraponer
el deporte y el arte a la miseria y la disgregación,
el documental potencia un lenguaje audiovisual convincentemente
postmoderno, apoyado en recursos de la publicidad, el video
clip, y en la voluntad de recrear lo positivo, lo hermoso, lo
que aporta brillo, color y mejoramiento dentro de ese universo
de las favelas que el cine brasileño ha convertido en
una suerte de símbolo de la identidad nacional.
Una odisea a la brasileña y Surfeando favela
puede enseñarle más a cualquier extranjero sobre
el alma, y la realidad concreta de Río de Janeiro, y
de Brasil, que la más completa y objetiva guía
turística. No menos puede solicitarse a los mejores documentales
que nos han llegado últimamente de aquel país.
Joel del Río |
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Samuel Riera, en Cine Pobre
OXÍGENO PARA EL VIDEOARTE Para
Samuel Riera, el hecho de que un festival de cine ofreciera
plazas para las obras experimentales y de videoarte fue una
gran sorpresa. Profesor de grabado en la escuela de San Alejandro,
él tiene esta visión sobre la inusual especialidad
en que se inscribe Oxígeno: "El videoarte proviene
de las artes plásticas. Y aunque usa maneras del arte
cinematográfico, no es propiamente cine. En el contexto
contemporáneo, donde están tratando de redefinirse
los conceptos del arte, ha irrumpido el videoarte para destruir
las barreras que separan las distintas manifestaciones artísticas.
Toma elementos de la plástica, de la literatura y el
cine, pero no hay nada específico que lo pueda definir,
inclusive ni el tiempo, ni una narrativa, ni conceptos."
Cuando presentó su obra a la competencia, Riera tenía
en mente la utilidad de de la convocatoria: "Es un espacio
más que se abre para el videoarte, en un momento cuando
ni siquiera las galerías y museos han adecuado sus
espacios ni aclarado todavía los criterios curatoriales
para exhibir el video arte". Ya estando dentro del Festival
del Cine Pobre, se le aclaró otra perspectiva: "Las
obras presentadas a este festival tienen la peculiaridad de
haberse realizado con pocos recursos, una experiencia que
es muy afín con la de los videoartistas, quienes tenemos
que trabajar no solo con materiales escasos, sino también
con pocos recursos técnicos, además de la falta
de preparación sobre el uso de las nuevas tecnologías".
Relata que "en la filmación de Oxígeno
preparé el set en la bañadera de mi propia casa,
y como buscaba provocar una sensación de frialdad,
laminé las paredes del baño con planchas de
las que se usan para el grabado".
Esta fue su primera obra como videoartista, un trabajo de
clase, de apenas 2 minutos 15 de duración. Ahora trabaja
en un proyecto de Arte Latinoamericano, Centroamericano y
el Caribe, junto con Alexis de la O (autor de Cuba baila,
otro videoarte que compite en el Festival), donde acude a
las video instalaciones, en que la obra se concibe para el
contexto de exhibición de la galería de arte.
Como las piezas de videoarte suelen ser recibidas con perplejidad
por el público profano, que suele buscar en el audiovisual
una línea narrativa, dejamos que Samuel Riera nos explique
sus intenciones con Oxígeno: "Partí de
la idea del arte efímero. Reflejo un estado de ánimo,
un instante crítico, donde la situación de asfixia,
de encerramiento, impulsa al individuo a dejar un legado,
una huella, para las futuras generaciones".
Rafael Grillo |
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Entrevista a Manuel Porto
INTERPRETAR ES MÁS QUE ACTUAR "El cenaguero
no es guajiro, que es el hombre que cultiva la tierra. El
cenaguero es colector, pescador, carbonero. Él no puede
explotar la tierra porque esta no produce". Tanto tiempo
lleva entre ellos el gran actor Manuel Porto (17 años),
que los ha calado hasta el mismísimo tuétano,
y es que su vida, desde finales de 1989, ha estado muy vinculada
al mayor humedal de Cuba y su gente.
"Llegué a la Ciénaga de Zapata el 7 de
diciembre de 1989, pues en enero del siguiente año
comenzaríamos a filmar la telenovela Cuando el
agua regresa a la tierra. Pero resultó que el
proceso de producción se atrasó un poco, así
que hablé para que me dejaran marchar a un poblado
de la zona con el objetivo de preparar mi personaje, porque
ningún cenaguero vivía en Villa Girón,
con aquellas comodidades.
"Estaba convencido de que debía convivir con esas
personas, conocer su psicología, así que me
trasladé hacia Santo Tomás, en el mismo corazón
de la Ciénaga, donde permanecí ocho meses. Pero
un buen día, mientras se grababa en Los Hondones Cuando
el agua regresa a la tierra, me anunciaron que me andaba
buscando el Comandante. Era Faustino Pérez, que por
ese entonces comenzaba a dirigir el Plan de Desarrollo Victoria
de Girón".
Lo que sucedió después en la carrera de Manuel
Porto, homenajeado en este V Festival del Cine Pobre, es más
conocido: de las entrevistas con el Comandante Faustino Pérez
surgió el Proyecto Artístico Experimental Ciénaga
de Zapata, que con el tiempo se convertiría en el Conjunto
Artístico Comunitario Korimacao, único de su
clase en el país. En pleno período especial
aquel proyecto era una quimera, pero tanto Faustino como Porto
estaban convencidos de que "si bien había que
llenarle el estómago a la gente, había también
que llenarle la mente, el espíritu. Faustino estaba
seguro de que para desarrollar económica y socialmente
a un territorio, a un país, había que desarrollar
la creación artística.
"Korimacao es una obra pura de la Revolución.
Por él han pasado centenares de jóvenes que
han sido salvados por nuestra institución. Quizá
ya no estén con nosotros y ni siquiera toquen la guitarra,
pero tienen otra posición ante la vida. En nuestro
Conjunto los niños han aprendido a bailar, a cantar,
actuar o, al menos, disfrutar de un espectáculo de
calidad. Y eso la gente lo agradece muchísimo, ya no
le preguntan por la pipa de ron, ni por la orquesta que va
a tocar, ahora nos interrogan por lo que vamos a estrenar,
si traemos alguna puesta para los pequeños. Es una
guerra a largo plazo; una guerra del pensamiento, de la cultura
y la educación, cuya victoria no es inmediata, pero
sí posible".
-En casi dos décadas que has estado alejado
de la capital, ¿no extrañas las cámaras?
-Mucho. No hay un solo instante en que no sienta añoranza
por eso. A veces digo: "caballero, si viniera algún
actor amigo mío y se diera una vuelta por aquí
para conversar un rato, porque yo los extraño mucho,
a ellos y al ICRT, la institución que me formó,
primero como joven -entré con 21 años-, y luego
como actor. Por tanto, la mayor parte de mi vida transcurrió
allí. Así que siento nostalgia por mis compañeros,
por las cámaras, por la actuación... Es cierto
que he hecho algunas cosas en los medios estando en la Ciénaga,
pero quizá pude haber hecho muchas más en dependencia
de las veces que se acordaran o no de que yo existía
en ese lugar tan apartado... Veo los programas, las novelas,
y me digo: si yo no estuviera allí es posible que me
tocara un personaje en esa telenovela o en esa serie o en
esa película. Es una añoranza constate, tanta,
que hay veces que las lágrimas se me acercan a los
ojos.
-¿Te arrepientes de haber perdido esas cosas?
-Jamás, me parece que estoy haciendo algo muy importante,
necesario para esa gente y mi país, y no me arrepiento.
Es verdad que añoro, que extraño, pero Korimacao
se ha convertido en la obra de mi vida como creador, como
artista, como revolucionario, como ser humano, porque sé
que es algo que va a quedar para los que vienen después,
y en un territorio donde hace mucha falta.
-Antes de esa etapa, Manuel Porto se hallaba entre
los tres actores cubanos más demandados de la televisión...
-Eso era lo que decían las estadísticas que
me informaron entonces, lo que significaba que estaba entre
los tres, cuatro o cinco mejor pagados. Claro, eso no quería
decir que fuera de los primerísimos...
-Sin embargo, en todos estos años has demostrado que
eres un actor que calas a tus personajes. ¿Cuál
es el secreto?
-Creer en lo que haces, creer y creer. También el guión
te ayuda, la manera como están escritos los personajes...
A veces el actor tiene que esforzarse más para buscarle
una verdad, porque no está en los textos. Pero mira,
yo tenía un profesor que se llamaba Carlito Piñeiro,
quien me demostró que los mejores actores del mundo
son los niños, porque llegan a asumir que el palito
es un caballo. El adulto que logre eso y tenga talento como
actor, podrá construir los personajes. También
me dijo otra cosa: interpretar es más que actuar, interpretar
es cuando a la gente se le olvida que tú estás
actuando. Entonces, es una mezcla de eso, de creer y lograr
proyectar lo que te estás creyendo. Esa es la parte
teórica, porque hay miles de preparaciones y de ejercicios,
muchos caminos por los que transita un actor. Uno acude, por
ejemplo, a la memoria emotiva, a los recuerdos, las vivencias,
que pueden ayudarte a conformar una escena en un momento determinado.
"Está la famosa película donde Robert de
Niro se roba el show en solo tres minutos en pantalla
(ahora no recuerdo el título). Lo único que
pasa es que alguien llega y le da una noticia, y De Niro se
queda ensimismado en su mundo, su rostro era una mezcla de
dolor y rencor. Fue una actuación muy aplaudida. Luego,
cuando le preguntaron cómo lo hizo, respondió:
'pensaba en mis tiempos de estudiante de secundaria, cuando
había un ejercicio de álgebra que a mí
nunca me salía, y eso me daba una tristeza, un dolor...',
sin embargo, su cara era un poema. Esas son trampas de las
que se auxilia un actor. Pero creer en lo que haces es la
clave. Ese es el momento en que la gente exclama: oyeee, ¡qué
bien te quedó eso!".
-Protagonizaste Habana, Havana, una película
con la cual obtuviste un premio internacional de actuación,
y que contaba la historia de un viejo muy pobre que salía
en busca de un par de zapatos...
-Chico, un viejo, no, un hombre de mi edad (sonríe)...
-Bueno, un hombre de su edad..., y has dicho que esa historia
se parecía a tu vida...
-Mi origen es muy humilde, me crié en un ambiente muy
hostil. No sé qué hubiera sido de mí,
si no llega el Comandante y manda a parar. Nunca pensé
ser artista. Yo no recitaba ni Los Zapaticos de Rosa en la
escuela. Para mí eso era una blandenguería.
Yo era de Pogolotti, donde vivía la gente dura. No,
no, yo no entraba en ese cuento, yo era hombre... hasta que
un día me propusieron en el ejército actuar
en una obra de teatro. Me negué, por supuesto, y me
puse muy bravo con el que me la insinuó, pero me explicó:
Mira, es que así podremos salir el fin de semana y
quedarnos hasta el lunes en la casa. Apúntame ahí,
le dije. Así empezó todo: para salir de pase
fue que Porto se hizo actor.
"Después empecé a comprender de que no,
que yo estaba lleno de grandes prejuicios, influenciado por
mi papá, por mi hermano mayor, por el ambiente familiar
en el que me había criado. Eso de pianista, cantante,
bailarín, actor... eso era... ¿Cómo un
Porto iba a ser un artista?".
-¿Y cómo lograste convencer a tu familia?
-Cuando llegué a la casa vestido de verde olivo, mi
papá pensó que me había fugado, y entonces
le expliqué: no, es que mañana por la mañana
tengo que estar ahí en 23. ¿A la televisión
a qué?, me preguntó, y le dije que no sabía.
(Éramos un tongón de guardias, sesenta habíamos
sido seleccionados por toda Cuba y, por cierto, quedamos solo
nueve, porque la prueba fue muy rigurosa. La hicieron Raquel
Revuelta, Roberto Garriga, José Antonio Rodríguez,
Enrique Santiesteban, las figuras de aquella época).
Cuando regresé y le comenté de qué se
trataba, ufff, el tipo plantó, y ni atrás ni
adelante, claro, ya era un hombre.
"Después cuando me veía entre los extras,
llamaba a los amigos para que no se perdieran las Aventuras,
que su hijo iba a salir. Total, yo aparecía dos segundos
montado arriba de un caballo, pero comenzaba a sentirse orgulloso
de que su hijo fuera artista, así se le fueron quitando,
como a mí, los prejuicios. Luego llegó mi primer
bocadillito, mi primer personajito, fue una etapa muy linda
de mi juventud. Y te reitero: el ICRT fue esencial en mi formación
como profesional y como persona, me hizo mejor ser humano".
-¿Qué tipo de personajes el que más
te atrae?
-Los buenos personajes, hay secundarios que son mucho más
atractivos que los protagónicos. Eso de "el bueno"
y "el malo" es un cuento, al igual que el planteamiento
de que los malvados enganchan más. Eso es cierto en
la medida en que estén mejor o peor escritos, mejor
o peor concebidos.
-¿Y alguno que te haya marcado y quisieras
volver interpretar?
-Muchos. De una forma u otra me han marcado todos los que
he interpretado, eso también forma parte de la preparación
del actor como ser humano. Uno representa a tanta gente y
son tantas las cosas que vives, que eso te va brindando un
nivel de información muy grande... No importa si es
un personaje chiquito o inmenso, la verdad es que lo añoras
después durante un buen tiempo, hasta que aparece otro
nuevo. No sé... quizá me gustaría volver
a interpretar al ciego de Los tiempos de cada uno, con Miguel
Navarro, orque estoy seguro de que con un personaje como ese,
todo me va a salir bien, no por mí, sino por increíble
Miguel.
José Luis Estrada Betancourt
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