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Cine pobre: Antecedentes históricos
Durante la segunda mitad
del pasado siglo XX, en un período que va desde
la derrota del fascismo hasta las postrimerías
de la década del 80, hubo un nacer-renacer, consolidación
y mayoritaria desaparición de un vasto grupo
de cinematografías nacionales que enarbolaban
patrones culturales y necesidades autóctonas
que poco o nada tenían que ver con la univalencia
de pensamiento que preconizaba el cine hollywoodense
a través de su hegemónico control de la
distribución.
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Todo
ello ocurrió en el contradictorio y a menudo
feroz marco de lo que se dio en llamar como la
Guerra Fría a escala mundial. Espacio singularmente
complejo para la actividad cinematográfica
porque se trataba de un enorme ring donde se enfrentaban
dos concepciones antagónicas de la vida
social y cultural que a su vez eran eco, ambas,
del Iluminismo y su prometida Redención.
Esta espectacular contienda de “verdades”
absolutas tenía sus escenarios, tanto en
el Tercer Mundo como en Europa, y todos se enfrentaban,
con mayor o menor virulencia a la omnipotencia
del cine fabricado en Hollywood.
Los macrotemas de esta oposición global
iban desde la anatemización del neocolonialismo
y el rescate de las identidades regionales mancillados
en los países subdesarrollados, hasta el
rechazo y renovación, tanto en la Europa
occidental como en la oriental, de los viejos
u obsoletos postulados de las cinematografías
continentales.
Escenario igualmente feroz, porque el telón
de fondo de esta épica cultural eran las
guerras de Corea, de Vietnam, los movimientos
nacionalistas en África y en América
Latina, con el abominable saldo de millones de
víctimas que negaban esta espúrea
terminología de Guerra Fría, cuando
en la realidad se trataba de una carnicería
organizada en los más disímiles
sectores del planeta. Aún, así,
aquella ilusión (o premonición)
de que el mundo era transformable, diseñó,
en el campo cultural cinematográfico, este
ring de metarelatos cuya sinceridad conceptual
y notable artisticidad propició lo que
es, hasta el momento, el Periodo de Oro de la
cinematografía mundial, con su diversidad
de proyectos, sus imaginerías, sus estéticas
y sus inclaudicables voluntades. Pero a pesar
de la variada gama de intenciones reivindicativas
por doquier, el aspecto que protagonizó
esta época fue la polarización entre
las posiciones antagónicas dentro del legado
enciclopedista, a saber: socialismo versus capitalismo.
Ello condujo a una compleja sucesión de
acontecimientos en la arena cinematográfica,
muchas de ellos evidenciadores de posiciones maniqueas,
pero otros, de tal densidad intelectual, que le
otorgaron finalmente a la cinematografía
su condición de indiscutible preeminencia
como el arte de más amplia repercusión
en las masas.
A la Unión Soviética y sus aliados
(o “satélites”, como se complacía
en caracterizarla la prensa derechista occidental)
le correspondió una esquina de este cuadrilátero,
lo que propició que, aún dentro
de reglamentaciones estrictas, se diera auge al
surgimiento de cinematografías no sólo
en las antiguas repúblicas lejanas de Moscú,
sino también en países en los que
como Rumania, Bulgaria o Hungría, se estructuraban
verdaderas industrias nacionales, inicialmente
diseñadas dentro de los propósitos
de agit-prop o del cine en función de la
propaganda del partido comunista local y liderados,
en una frágil y pasajera etapa inicial,
por las concepciones del realismo socialista proclamado
por Jdanov en la URSS.
Al otro lado del ring estaba Hollywood y su sofisticado
aparataje técnico- teórico consagrado
a publicitar también su recetario del otro
“mundo feliz”, sólo disfrutable
dentro de una pormenorizada y regulada sumisión.
Acompañando esta espectacular contienda
y quizás en los dos extremos restantes
de este cuadrilátero, se ubicaban la Europa
Occidental, Japón, la India y otras entidades
cinematográficas de la periferia hollywodense,
donde también se respiraba disensión
y afán de protagonismo, sobre todo en Italia
y Francia, que si bien intentaban mermar territorialidad
al imperio hollywodense, eran un contradictorio
y secundario segmento de los propósitos
de la cosmogonía liberal.
Pero a esta batalla ideológica-cultural
se le iban a integrar, en el suburbio de cada
posición y de manera cuestionadora y paralela,
otras concepciones que disentían de aquella
tan a menudo maniquea bipolaridad. Es así
que dentro del campo socialista surgen las escuelas
estilísticas-teóricas de Praga,
Hungría, Polonia y aún dentro de
algunas repúblicas soviéticas, los
que crearon una saludable desestabilización,
y fueron a menudo anatematizadas desde arriba,
pero finalmente aceptadas en base a su alto saldo
artístico y al prestigio de la “liberalidad”
que ofrecían a los ojos de la prensa especializada
occidental.
Y es también en occidente donde se producía,
sobretodo a nivel periférico, otra saludable
iconoclastía que pretendía barrer
con el recetario dramatúrgico reinante
y que proponía, a veces anárquicamente,
modelos de percibir el cine y la realidad donde
la duda hacia la legitimidad del status quo, sus
espejismos y sus falsas promesas, generó
corrientes estilísticas como el neorrealismo,
la nouvelle vague y el espíritu de generacionalidad
(lo nuevo dentro de lo viejo) en las ya establecidas
antiguas cinematografías. Este vendaval
periférico, encaminado a desprotagonizar
a Hollywood, tuvo también consecuencias
enormes en el Tercer Mundo, con la afirmación
de novedad en el ya esclerotizado cine Latinoamericano
y con el surgimiento de nuevos autores, ya fuera
en África, India o en el resto del universo
neocolonial.
Paralelo a ello y como irrenunciable reivindicación
del carácter intelectual de esta profesión
audiovisual, se consagra la política de
autor, en franca desobediencia al ritual mercantilista
fundacional del cine norteamericano, que sólo
legitimaba la “ política de estudios”
y el “star system”, espaciosa donde
el director asalariado sólo intervenía
en la puesta en escena de guiones donde él
ni siquiera había participado. Esta subversión,
que ocurre tanto en el ámbito metropolitano
así como en el suburbio o periferia, fecunda
en todo el planeta una diversidad de escuelas
cinematográficas que tienen el enorme valor
de descubrirnos otras realidades, otras concepciones
de la existencia y un apego de sus autores a las
necesidades intrínsecas de sus orígenes
nacionales, hecho que contribuía a demoler
el modelo híbrido-existencial que preconizaba
( y aún preconiza en menor escala) el Hollywood
de aquel entonces.
Y es en medio de avances, retrocesos y bifurcaciones
propias de la búsqueda de nuevos credos
en las que transita esta saga de obras-mensajes,
que llegamos a la década de los años
sesenta, donde el cuadrilátero o ring cultural
( y ahora no sólocinematográfico)
llega a su esplendor y donde ya los adversarios
principales (como diría un Millos Tunckso:
“stalinismo versus maccartismo”) resultan
ya obsoletos y dan paso a oleada de autores-realizadores
de ambos lados de la macroideología, dispuestos
a una cruzada por la verdad, a despecho de reglamentaciones
y paranoias, y todo ello es aprovechado también
por las neo-oficialidades en pugna.
Es el período en que Luchiano Visconti,
en Italia, realiza El Gatopardo, arruinando a
su paso a la famiglia-mecenas-cinematográfica
de Godofredo Lombardo y en la que el estado soviético
y Mosfilm quiebran presupuestos con Andrei Rublov,
de Taukovski, joven airado que venía de
obtener la Palma de Oro con su ópera prima
en Cannes.
De manera que las superestructuras de ambos mundos
de la bipolaridad hacen apuestas de prestigio
que convalidan las bases fundacionales de su propia
existencia en la arena internacional y especialmente
a través del entramado festivales-mercado-
crítica especializada.
¿ Cómo explicarnos sino los enormes
presupuestos de un Fellini para Satyricon o de
un Bondarchouk para La Guerra y La Paz, inimaginables
hoy día, fuera de California si no es que
los enmarcamos dentro de aquel pasado de competitividad
extrema, donde cada cosmogonía actuante
quiere demostrar con hechos su adhesión
a la plena autoría del realizador, como
forma de plasmar, a su vez la legitimidad de los
patrones ético-sociales de sus respectivos
patrocinadores?
Pero digámoslo francamente, fue en este
período, a despecho de la manipulación
en las urdimbres que se plasmaron obras de una
inquietud, de una grandeza que moralizaron la
profesión, la igualaron en envergadura
a las demás artes reconocidas, y donde
un Fellini, en Ocho y Medio, pudo proclamar de
una vez y por todas de que la cinematografía
nada debía, en altura intelectual, filosófica
y cultural a las demás artes que antes
desdeñaban el medio audiovisual. |
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| DECADENCIA |
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Este esplendor con que culmina el
cine del período de la Guerra Fría
comienza a resquebrajarse, ya en la subsiguiente
década, dado que los presupuestos competitivos
han puesto en tela de juicio la supervivencia de
ambos contendientes y es inevitable una avanzada
reaccionaria a escala mundial.
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El atolladero que significó
por las tropas norteamericanas su presencia en
Vietnam generó un movimiento de protesta
que fertilizaron una voluntad rebeldía
que llevó a desenmascarar, en uno u otro
punto del planeta, el llamado ciclo de “concurrencia
de ideas” y dió paso a una escalada
de violencia que impuso dictaduras fascistas en
Latinoamérica, en África, en Asia
e hicieron retornar, en el polémico campo
socialista, la vuelta a las posiciones más
ríspidas, con sus paradigmas o advertencias
en la Primavera de Praga y en los ecos finales
de la Revolución Cultural que venía
transcurriendo en la lejana China.
Por doquier van cayendo como naipes aquellos sueños
de autonomía creativa a través de
las distintas escuelas nacionales cinematográficas.
Este duro golpe tiene consecuencias devastadoras
en América Latina, donde la generación
de un Glauber Rocha se ve condenada a la cárcel,
al exilio y a la disolución.
Y en Cuba sobreviene el quinquenio gris, que
reverdece las posiciones más esquemáticas
y obsoletas en relación al arte y genera
casi una década de esterilidad creativa.
La disolución de este ring cultural benefició
a Hollywood y una vez más los acontecimientos
en el arte se anticiparon premonitoriamente al
devenir macro-social. Resurge entonces la casi
unipolaridad del cine norteamericano que decidido
a preservar este estatus a toda costa, da paso
a toda una generación de jóvenes
cineastas autóctonos que, receptores del
legado multicontinental de aquella pasada euforia
de polivalencias cinematográficas, renovaron
el cine norteamericano con sofisticamiento y cosmopolitismo,
confesandose en sus obras sus abusos deudores
de un pensamiento universal. Es así que
entran en escena un Coppola-Viconti, un Spielberg-Truffaut
, un Luckas-Kurozawa y todo ello constribuye a
devolverle a Hollywood su hegemonía. El
cine, otra vez, será irrealizable fuera
de allí, aún en la propia Norteamérica
y ¿ qué decir para el resto del
mundo?
Y este axioma se consolida con el auge de costosísimos
efectos especiales, que le devuelven definitivamente
a Hollywood su espectro inalcanzable, aparentemente
indestructible... y configura un periodo donde
no existían , de momento, grupúsculos
portadores de novedad y problematicidad temática. |
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| EPÍLOGO |
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A más de 30 años de
aquel patibulario final, el panorama Se nos presenta
aún confuso y desalentador. Cierto es que
el hombre debe aprender a vivir fuera de la habitación
del enciclopedismo e indagar a la intemperie nuevos
objetivos que difieran de los ya inocuos, pero cierto
es también que el cine sobrevive, con una
proliferación mediática ante inimaginable,
al menos en términos cuantitativos. |
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Pero de lo que se trata es de que,
aún realizándose obras fulgurantes
aquí y allá de manera eventual,
ha desaparecido aquella euforia y aquel espíritu
de compromiso y las trincheras de la vanguardia
han cedido el paso, en el mejor de los casos,
al hibridismo de pastiche d la post-modernidad,
a la falta de fe y, sobre todo, a la ausencia
de esos mecenazgos, ya fuesen estables, ya fuesen
independientes, que caracterizaron al ring cultural
y sus esquinas.
Si me permiten hacer una alegoría visual,
veríamos este ring como un espacio polvoriento
y plagado de telarañas, un lunetaje vacío
y carcomido por los insectos de la podredumbre
y el tiempo....
Esta nueva era, que transcurre fuera de nuestro
eufemístico gimnasio, se caracteriza por
otras modalidades de resistencia, los otrora poderosos
patronazgos lo sustituyen ahora una complicada
red de instituciones donde se mezclan contribuciones
exiguas de origen ministerial que salvo en Francia
y un poco menos en España, sólo
son factibles si se unen a donaciones provenientes
de las ONG (Organizaciones No Gubernamentales)
y cadenas televisoras semi-estatales, algunas
en franco colapso en la era del liberalismo económico.
Este conglomerado de filantropías ordeñan
guiones en su complicado sistema arterial de subversiones.
En lo que se llama apoyos institucionales al
cine de arte, con acápites orientados a
oxigenar el desvalido cuerpo cinematográfico
del Tercer Mundo y cuya praxis se refiere a las
co-producciones internacionales, intento de sobrevivencia
de un cine con valores éticos de difícil
vida, al tener que sortear las contradicciones
que proveenb las distantes y, a veces, irreconciliables
propuestas e intenciones provenientes de los centros
culturales metropolitanos, allí donde se
atesora el capital determinan la existencia de
estos filmes.
Nuevo entramado que respira aún con más
dificultades a partir del 89, con el derrumbamiento
del muro de Berlín, cortina que se cerraba
y se descorría nuevamente para dar paso
a una imprevisible era, donde muchos auguraron
equívocamente el inicio de una paz duradera
y el restablecimiento de la sensatez. Lo cierto
es que, envanecidas ilusiones a un lado, el saldo
del fin oficial de la Guerra Fría, fue,
por un lado, la paulatina desintegración
de un escenario de lucha, que tan buenos dividendos
había reportado a las escaramuzas economicistas
de los movimientos obreros en Europa Occidental
y el resquebrajamiento de las políticas
culturales, tan imbricadas en la competencia de
protagonismos en los grandes festivales, donde
amén que se estimulaba la disidencia y
a despecho de esas manipulaciones estratégicas,
se abrían espacios a rutilantes filmes
que provenían tanto del bloque socialista,
como aquellos que, aún sin la plena conciencia
de participar de estos subterráneos roles,
provenían del occidente tanto europeo como
americano. Y sobre todo, se podría añorar
la pérdida de sutileza de refinamiento
de presupuestos que provocó la aparición
de filmes como Rocco y sus hermanos de Visconti,
Viridiana de Buñuel o Persona, de Bergman,
obras disímiles en su estética,
pero con el aliento común de enriquecer
el legado cultural humanístico, sin establecer
compromiso con las coordenadas de un ring que
les permitía realizarlas excepcionalmente,
aún sin tener que estar obligados sus autores
a mancillar nada a cambio. |
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Vivimos en un mundo donde la informática
y el enorme desarrollo de la computación
no han podido eliminar, como profetizaban glamorosamente
algunos teóricos, el fin de la clase obrera.
Este sigue siendo un mundo donde los de hoy muy
ricos y los hoy muy pobres y donde la lucha de clases,
a despecho de los espejismos de disoluciones clasistas
que se sospechaban dentro de las sociedades post-industriales.
No ha tenido lugar siquiera en los íntimos
espacios destinados a que ella ocurriera.
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Lla liberación de las economías
mundiales, el AICA y la globalización tanto
política como cultural sólo están
propiciando un empobrecimiento nunca antes imaginado.
La recesión de los apoyos estructurales
a la cultura y a la cinematografía se ven
recortados y en visible vía de desaparecer
por todos lados.
Pero, sorpresivamente, y quizás apoyando
la dialéctica que todo MAL o BIEN contienen
dentro de sí el germen de su oposición
y eventual destrucción, la revolución
tecnológica en el audiovisual, desarrollada
únicamente para estimular el consumismo,
ha resultado, paradójicamente, la vía
idónea para la sobre vivencia de la voluntad
cultural cinematográfica en términos
democráticos, desvinculada cada vez más
a esta profesión de dependencia manipuladora
y capaz de existir presupuestalmente y multiplicarse,
con una rapidez y un vigor irresistible. Ha nacido
el CINE POBRE, tribuna para un cine consagrado
a su artisticidad y su libertad. |
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